Juan y Pablo, los patagones de la primera vuelta al mundo

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A finales de mayo de 1520, la expedición hacia la Especiería comandada por Magallanes se hallaba casi intacta, con sus más de doscientos treinta hombres a bordo tras superar algunos incidentes. Habían costeado Brasil y ahora habían fondeado en una bahía para refugiarse del mal tiempo y del frío que se cernía sobre ellos tras continuar rumbo sur y acercarse el temible invierno austral. Se hallaban ya en la costa de la actual Argentina y llamaron a ese lugar la bahía de Santa Lucía. Entonces, se produjo el encuentro…

Un  día, cuando menos lo esperábamos, un hombre de figura gigantesca se presentó ante nosotros. Estaba sobre la arena, casi desnudo, y cantaba y danzaba al mismo tiempo, echándose polvo sobre la cabeza. El capitán envío a tierra a uno de nuestros marineros, con orden de hacer los mismos gestos, en señal de paz y amistad… Dio muestra de gran extrañeza al vernos, y levantando el dedo, quería sin duda decir que nos creía descendidos del cielo.”

Quien así nos describe a este hombre es Antonio Pigafetta, cronista italiano de la expedición y quien dejó una completa relación de aquella aventura que duró más de tres años y que supuso circunnavegar el mundo por primera vez. Él fue uno de los 18 hombres que sobrevivieron a tan tremenda aventura. Continúa dándonos más detalles sobre el aspecto de aquél sujeto…

Este hombre era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura. De hermosa talla, su cara era ancha y teñida de rojo, excepto los ojos, rodeados con un círculo amarillo, y dos trazos en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, escasos, parecían blanqueados con algún polvo. Su vestido, o mejor dicho, su manto estaba hecho de pieles muy bien cosidas, de un animal que abunda en este país… este animal tiene cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y cola de caballo; relincha como este último…”

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Guanaco del cono sur. (Foto del autor).

No sé si habrán adivinado que el animal así descrito es el guanaco, efectivamente muy presente por aquellas latitudes y aún más al sur. Suponían el principal sustento alimenticio de aquellas gentes y de él aprovechaban las pieles para protegerse del frío y confeccionarse mantos y una especie de mocasines. Los españoles, portugueses y demás hombres que vieron a aquél gigante no daban crédito y le trataron bien desde el principio por indicación de Magallanes. Le regalaron un espejo, objeto por él desconocido… “veía por primera vez su figura, retrocedió tan asustado que derribó a cuatro de nuestros hombres que le rodeaban”. También le ofrecieron cascabeles, un peine y cuentas de vidrio.

Pronto se juntaron otros hombres y mujeres de aquellas latitudes en la orilla y también se les invitó a subir a bordo. Pigafetta nos deja una descripción muy curiosa de las mujeres y de su belleza o ausencia de ella más bien…

Las mujeres no son tan grandes como los hombres, pero en compensación, son más gordas. Sus tetas, colgantes, tienen más de un pie de longitud. Van pintadas y vestidas del mismo modo que sus maridos, pero se tapan sus partes naturales con una piel delgada. Nos parecieron bastante feas, sin embargo, los maridos mostraban estar muy celosos.”

Tras este primer encuentro con aquellas gentes tan extrañas a ojo de los occidentales y viceversa, hubo otros en días posteriores. Siempre de manera amistosa, se intercambiaban comida y objetos e incluso a uno de ellos se le enseñó a pronunciar el nombre de Jesús, recitar el padrenuestro,… siendo bautizado con el nombre de Juan. Sin embargo, pronto la situación se tornó más tensa al querer Magallanes llevar a varios de ellos consigo para continuar la travesía y poder llegar con esos extraños seres a España, capturando finalmente a dos de ellos.

¿Qué pasó con aquellos dos hombres a los que Magallanes denominó patagones, por sus grandes pies? Los barcos zarparon en agosto de la bahía Santa Lucía que les había servido de refugio durante varios meses. Con ellos a bordo, uno en la San Antonio y otro en la Trinidad, continuaron rumbo sur hasta llegar el 21 de octubre de 1520 al que denominaron cabo de las Once mil Vírgenes, entrada al estrecho tan deseado que comunicaba ambos océanos, aunque entonces todavía no lo supieran.

En la fase de exploración de aquellos canales que se abrían por aquellas aguas en busca de una salida, la nao San Antonio, al mando del portugués Esteban Gómez, decidió desertar y regresar a España, llevando en su bodega a uno de los patagones. Pigafetta nos cuenta sobre él que no llegó a España vivo… “supimos a nuestro regreso que murió al acercarse a la línea equinoccial por no poder soportar el calor”.

Tras la deserción de la San Antonio y el naufragio previo de la Santiago, tres naos cruzaron el estrecho y dieron con la Mar del Sur de Balboa: la Trinidad, la Victoria y la Concepción. Magallanes dio el nombre de océano Pacífico a aquellas aguas, tras hallarlas muy calmadas después de sufrir tremendas tormentas y tempestades en los días anteriores. El Estrecho de Magallanes era un hecho, habían descubierto el anhelado paso entre ambos océanos para poder continuar la singladura hacia el Maluco navegando hacia el oeste.

¿Qué fue del otro patagón? De nuevo el cronista Pigafetta nos deja más detalles sobre el patagón a bordo de la Trinidad y de su postrero fin en aquellos días de descubrimiento y exploración…

Durante el viaje entretuve lo mejor que pude al gigante patagón que llevábamos en nuestro navío, y por medio de una especie de pantomima le preguntaba el nombre patagón de muchos objetos, de manera que llegué a formar un pequeño vocabulario… Cuando se sintió en las últimas en su postrera enfermedad, pidió la cruz, la besó y nos rogó que le bautizáramos, lo que hicimos, poniéndole el nombre de Pablo”.

En fin, esta es la breve y triste historia de aquellos dos patagones, de aquellos gigantes de más de dos metros de altura, los bautizados como Juan y Pablo

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Junto a mi hija, en Punta Arenas, cumpliendo con la tradición.

Escribiendo estas líneas he evocado mi viaje de hace justo un año por aquellas latitudes, tan lejanas y espectaculares. La ciudad chilena de Punta Arenas, cosmopolita y abierta, americana y europea, es el centro neurálgico del Estrecho de Magallanes. En su plaza principal, una gran estatua del navegante portugúes otea el horizonte mientras a sus pies se encuentra la monumental figura de un  patagón. Todo aquél que visita este lugar y quiere regresar debe tocar y besar el enorme pie del indio. A tenor de cómo está el pie citado muchos seremos los que quizás volveremos por estas tierras… ¡Ojalá!

Prestos a conmemorar como se merecen los 500 años del descubrimiento del Estrecho de Magallanes les recomiendo visitar la web www.rutaelcano.com No dejen de consultarla si quieren conocer mejor aquellos hechos de una manera didáctica y consultar las principales fuentes que narran aquella extraordinaria aventura. Desde estas líneas, le mando a su creador mi más sincera enhorabuena.

2 comentarios en “Juan y Pablo, los patagones de la primera vuelta al mundo

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