1519, Cortés en México y la vuelta al mundo… ¿Cómo no conmemorarlo?

vueltaalmundoEl año 1519 es fundamental para la historia de España, de América y del mundo. Hace justo 500 años, dos empresas de envergadura comenzaban en el Nuevo Mundo descubierto menos de 30 años antes: Hernán Cortés llegaba al actual territorio mexicano y, con pocos meses de diferencia, partía desde España la expedición hacia el Maluco que daría con el anhelado paso entre los océanos Atlántico y Pacífico, llegaría a las islas de las Especias y acabaría dando la vuelta al mundo tres años después con El Cano y dieciocho de sus integrantes originales.

Ambos hechos cambiaron y ampliaron la percepción, dimensiones y conocimiento del mundo hasta entonces tenido por cierto. La monarquía hispana, ya global y poderosa entonces, se hizo aún más inmensa y preponderante gracias a hombres como Cortés y El Cano.

En el año 2019, ¿cómo no vamos a conmemorarlo? ¿Cómo desde las instituciones públicas no van a apoyarse y recordarse firmemente estas dos efemérides? Ay amigos, en un caso sí, en otro no… ya saben ustedes los complejos y prejuicios que tenemos con nuestra propia historia.

Respecto a la primera circunnavegación del mundo, empresa española con relevante participación portuguesa (Magallanes era el comandante hasta que falleció y llevó a importantes pilotos portugueses consigo además de allegados), los actos previstos son ya más de un centenar de todo tipo. Dejando al margen las absurdas polémicas entre Portugal y España, parece que todo se va encauzando para conmemorar esta gesta como se merece.

En cuanto a la llegada de los españoles a México al mando de Cortés, la cosa cambia tristemente bastante. El ministro de Cultura español, preguntado por la ausencia de conmemoración de estos hechos en la agenda pública, manifestó que “en México este tema es complicado”, teniendo que echarle un cable Borrell al afirmar que algo se haría, pero sin concretar ni qué ni cómo ni cuándo.

Entran aquí todos los prejuicios, leyendas negras asumidas como verdades, el miedo a molestar, la piel de fumar, las desmedidas vergüenzas propias por lo que sucedió hace 500 años, el temor a poner en valor lo mucho de bueno que supuso la conquista de México, etc.

Hernán Cortés

Retrato de Hernán Cortés

Miren ustedes, precisamente por ser complicado este tema en México como adujo el todavía ministro de Cultura, más empeño debería poner aún el gobierno de España para estrechar lazos con aquél país hermano con el que comparte cultura, idioma y 300 años de una historia común en el que su territorio formó parte España.

A ambos lados del océano hay multitud de historiadores e investigadores serios sobre la enorme figura y empresa que protagonizó Hernán Cortés. Simplemente, es cuestión de voluntad conmemorar esta efeméride -500 años no se cumplen todos los días- para recordar, alejados de prejuicios y versiones maniqueas e impregnadas de ideologías actuales, lo que fue y supuso el encuentro entre aquellos dos mundos tan diferentes entre sí. ¿Con sus luces y sus sombras? Por supuesto, claro que sí, como no podía ser de otra manera.

Valdría mucho la pena hacer un esfuerzo importante para arrojar algo de luz sobre un episodio siempre tan manipulado y a la vez desconocido por la mayoría. Si se hiciera, se podrían comenzar a superar viejas rencillas, rencores absurdos y versiones interesadas sin rigor de lo que ocurrió hace 500 años.

La lástima es que no hay voluntad real, nos da miedo, vergüenza, no queremos molestar,… En fin, llegados a este punto me pregunto cómo harían ingleses o franceses si Hernán Cortés hubiera nacido en Inglaterra o el país galo. Es fácil suponer que todo sería muy diferente.

Escribo estas líneas cuando se acaban de convocar Elecciones Generales en España. No sé quien las ganará y quien o quienes gobernarán finalmente este país –como para hacer quinielas está el patio- Mi única esperanza es que el gobierno que se constituya le dé una vuelta a su política cultural y de acción exterior para incluir a Hernán Cortés en su planes. En 1519 Cortés llegó a México por primera vez y hasta 1521 no conquistó definitivamente Tenochtitlán, la capital mexica. Hay tiempo para recordarlo todavía.

Confío en ello, aunque, para serles sinceros, no mucho… esto es España.

Juan y Pablo, los patagones de la primera vuelta al mundo

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A finales de mayo de 1520, la expedición hacia la Especiería comandada por Magallanes se hallaba casi intacta, con sus más de doscientos treinta hombres a bordo tras superar algunos incidentes. Habían costeado Brasil y ahora habían fondeado en una bahía para refugiarse del mal tiempo y del frío que se cernía sobre ellos tras continuar rumbo sur y acercarse el temible invierno austral. Se hallaban ya en la costa de la actual Argentina y llamaron a ese lugar la bahía de Santa Lucía. Entonces, se produjo el encuentro…

Un  día, cuando menos lo esperábamos, un hombre de figura gigantesca se presentó ante nosotros. Estaba sobre la arena, casi desnudo, y cantaba y danzaba al mismo tiempo, echándose polvo sobre la cabeza. El capitán envío a tierra a uno de nuestros marineros, con orden de hacer los mismos gestos, en señal de paz y amistad… Dio muestra de gran extrañeza al vernos, y levantando el dedo, quería sin duda decir que nos creía descendidos del cielo.”

Quien así nos describe a este hombre es Antonio Pigafetta, cronista italiano de la expedición y quien dejó una completa relación de aquella aventura que duró más de tres años y que supuso circunnavegar el mundo por primera vez. Él fue uno de los 18 hombres que sobrevivieron a tan tremenda aventura. Continúa dándonos más detalles sobre el aspecto de aquél sujeto…

Este hombre era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura. De hermosa talla, su cara era ancha y teñida de rojo, excepto los ojos, rodeados con un círculo amarillo, y dos trazos en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, escasos, parecían blanqueados con algún polvo. Su vestido, o mejor dicho, su manto estaba hecho de pieles muy bien cosidas, de un animal que abunda en este país… este animal tiene cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y cola de caballo; relincha como este último…”

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Guanaco del cono sur. (Foto del autor).

No sé si habrán adivinado que el animal así descrito es el guanaco, efectivamente muy presente por aquellas latitudes y aún más al sur. Suponían el principal sustento alimenticio de aquellas gentes y de él aprovechaban las pieles para protegerse del frío y confeccionarse mantos y una especie de mocasines. Los españoles, portugueses y demás hombres que vieron a aquél gigante no daban crédito y le trataron bien desde el principio por indicación de Magallanes. Le regalaron un espejo, objeto por él desconocido… “veía por primera vez su figura, retrocedió tan asustado que derribó a cuatro de nuestros hombres que le rodeaban”. También le ofrecieron cascabeles, un peine y cuentas de vidrio.

Pronto se juntaron otros hombres y mujeres de aquellas latitudes en la orilla y también se les invitó a subir a bordo. Pigafetta nos deja una descripción muy curiosa de las mujeres y de su belleza o ausencia de ella más bien…

Las mujeres no son tan grandes como los hombres, pero en compensación, son más gordas. Sus tetas, colgantes, tienen más de un pie de longitud. Van pintadas y vestidas del mismo modo que sus maridos, pero se tapan sus partes naturales con una piel delgada. Nos parecieron bastante feas, sin embargo, los maridos mostraban estar muy celosos.”

Tras este primer encuentro con aquellas gentes tan extrañas a ojo de los occidentales y viceversa, hubo otros en días posteriores. Siempre de manera amistosa, se intercambiaban comida y objetos e incluso a uno de ellos se le enseñó a pronunciar el nombre de Jesús, recitar el padrenuestro,… siendo bautizado con el nombre de Juan. Sin embargo, pronto la situación se tornó más tensa al querer Magallanes llevar a varios de ellos consigo para continuar la travesía y poder llegar con esos extraños seres a España, capturando finalmente a dos de ellos.

¿Qué pasó con aquellos dos hombres a los que Magallanes denominó patagones, por sus grandes pies? Los barcos zarparon en agosto de la bahía Santa Lucía que les había servido de refugio durante varios meses. Con ellos a bordo, uno en la San Antonio y otro en la Trinidad, continuaron rumbo sur hasta llegar el 21 de octubre de 1520 al que denominaron cabo de las Once mil Vírgenes, entrada al estrecho tan deseado que comunicaba ambos océanos, aunque entonces todavía no lo supieran.

En la fase de exploración de aquellos canales que se abrían por aquellas aguas en busca de una salida, la nao San Antonio, al mando del portugués Esteban Gómez, decidió desertar y regresar a España, llevando en su bodega a uno de los patagones. Pigafetta nos cuenta sobre él que no llegó a España vivo… “supimos a nuestro regreso que murió al acercarse a la línea equinoccial por no poder soportar el calor”.

Tras la deserción de la San Antonio y el naufragio previo de la Santiago, tres naos cruzaron el estrecho y dieron con la Mar del Sur de Balboa: la Trinidad, la Victoria y la Concepción. Magallanes dio el nombre de océano Pacífico a aquellas aguas, tras hallarlas muy calmadas después de sufrir tremendas tormentas y tempestades en los días anteriores. El Estrecho de Magallanes era un hecho, habían descubierto el anhelado paso entre ambos océanos para poder continuar la singladura hacia el Maluco navegando hacia el oeste.

¿Qué fue del otro patagón? De nuevo el cronista Pigafetta nos deja más detalles sobre el patagón a bordo de la Trinidad y de su postrero fin en aquellos días de descubrimiento y exploración…

Durante el viaje entretuve lo mejor que pude al gigante patagón que llevábamos en nuestro navío, y por medio de una especie de pantomima le preguntaba el nombre patagón de muchos objetos, de manera que llegué a formar un pequeño vocabulario… Cuando se sintió en las últimas en su postrera enfermedad, pidió la cruz, la besó y nos rogó que le bautizáramos, lo que hicimos, poniéndole el nombre de Pablo”.

En fin, esta es la breve y triste historia de aquellos dos patagones, de aquellos gigantes de más de dos metros de altura, los bautizados como Juan y Pablo

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Junto a mi hija, en Punta Arenas, cumpliendo con la tradición.

Escribiendo estas líneas he evocado mi viaje de hace justo un año por aquellas latitudes, tan lejanas y espectaculares. La ciudad chilena de Punta Arenas, cosmopolita y abierta, americana y europea, es el centro neurálgico del Estrecho de Magallanes. En su plaza principal, una gran estatua del navegante portugúes otea el horizonte mientras a sus pies se encuentra la monumental figura de un  patagón. Todo aquél que visita este lugar y quiere regresar debe tocar y besar el enorme pie del indio. A tenor de cómo está el pie citado muchos seremos los que quizás volveremos por estas tierras… ¡Ojalá!

Prestos a conmemorar como se merecen los 500 años del descubrimiento del Estrecho de Magallanes les recomiendo visitar la web www.rutaelcano.com No dejen de consultarla si quieren conocer mejor aquellos hechos de una manera didáctica y consultar las principales fuentes que narran aquella extraordinaria aventura. Desde estas líneas, le mando a su creador mi más sincera enhorabuena.

Diez claves sobre «Conquistadores olvidados»

portadaComo algunos de ustedes ya conocen, acaba de ver la luz mi nuevo libro “Conquistadores olvidados. Personajes y hechos de la epopeya de las Indias”. Sin alargarme en exceso ni destripar en demasía lo que en sus páginas contiene sí que me gustaría darles diez claves sobre lo que van a encontrar en él, esperando con ello despertar sus ganas de leerlo…

1.- Este blog, “Historias de América”, está en el origen del libro, ya que he retomado algunas de las historias aquí esbozadas con anterioridad para ampliarlas y plasmarlas en el libro, documentándolas con un mínimo de rigor exigible. Además, incluyo otras inéditas.

2.- “Conquistadores olvidados. Personajes y hechos de la epopeya de las Indias” es un libro de Historia o, si lo prefieren, de historias. Independientes entre sí, los 22 capítulos reflejan la realidad de lo que vivieron conquistadores y otros personajes que hoy casi nadie recuerda. Además, también rescato algunos acontecimientos que he conocido y que han llamado especialmente mi atención. Todo ello de una manera espero que amena y también breve (cada capítulo merecería un libro).

3.- Documento estos capítulos con fuentes primarias cuando es posible –textos que nos dejaron escritos sus protagonistas o quienes les conocieron- y secundarias -documentos y bibliografía-.

4.- Hay miles de historias sobre el Descubrimiento y Conquista de América. Mi libro recoge algunos de esos episodios y personajes que hoy yacen en el olvido y que vivieron hechos extraordinarios en aquél Nuevo Mundo tan lejano, fascinante y también lleno de peligros.

5.- Lógicamente, mi pasión por la Historia y, en concreto, por el encuentro entre dos mundos tan diferentes y su realidad a lo largo de los tres siglos en los que buena parte de América formó parte de España me han incitado a leer, investigar, escribir y plasmarlo en este libro.

6.- Si aquellos hechos hubieran sido protagonizados por ingleses o franceses los tendríamos hasta en la sopa y se contarían de manera muy diferente a lo que se hace ahora. Aquí, o los obviamos directamente o los demonizamos sin rigor, esa es la triste realidad.

7.- Es un libro sin prejuicios ni vergüenzas. Invito al lector inteligente a acercarse a él de la misma manera. Todo es mucho más complejo de lo que nos han contado y, en muchos casos, hemos asumido como verdad absoluta.

8.- Con sus luces y sus sombras, como no podía ser de otra manera, aquellos hombres y mujeres vivieron infinidad de aventuras y desventuras, protagonizando auténticas hazañas y también hechos abyectos. Sólo aspiro a recordarlos.

9.- Escribo sobre Gonzalo Pizarro, Bernal Díaz del Castillo, Alonso de Ercilla, la monja alférez, Lope de Aguirre, Luis de Velasco,… pero también sobre cómo se celebró en el México virreinal el triunfo en la batalla de Lepanto o cómo escribían a sus esposas y familiares aquellos primeros indianos del siglo XVI.

10.- Les recomiendo leer con atención el prólogo, lo último que se escribe de un libro y, a menudo, lo que nunca se lee. Háganlo, en esas páginas hago algunas reflexiones sobre lo que supuso algo que sin duda cambió la Historia de la Humanidad.

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Hoy, por diferentes motivos, apenas se recuerda este episodio clave en la Historia de España, de América y del Mundo. Y cuando se menciona, suele hacerse para denigrarlo, dominado como sigue por una poderosa leyenda negra que todo lo envuelve por razones ideológicas ajenas al más mínimo rigor con el que deberíamos todos aproximarnos a lo que comenzó hace ya más de 500 años, tratando de comprender y sin juzgar con nuestra mentalidad del siglo XXI…

“Conquistadores olvidados. Personajes y hechos de la epopeya de las Indias” está ya a la venta y lo pueden encontrar o pedir en las principales librerías. Ahora que se acercan las fiestas navideñas, no se me ocurre un mejor regalo para sus familiares y amigos… jajaja, pero qué les voy a decir yo…

Gracias a todos y un abrazo.

Encuentro en París…

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El conde de Aranda (1719-1798).

En aquél frío anochecer de finales de 1776, don Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda y embajador de España en París, aguardaba impaciente una visita muy especial. El encuentro debía realizarse con la máxima discreción, dada la procedencia de sus visitantes y la comprometida situación en la que quedaría España si aquélla cita salía a la luz pública, en especial si llegaba a conocimiento de los ingleses.

Pese a su experiencia diplomática, el carácter secreto de esta entrevista le tenía particularmente nervioso, así como el hecho de no saber mucho sobre sus interlocutores, salvo lo que había oído sobre el más famoso de ellos: Benjamin Franklin. Hombre hecho a sí mismo, leído y viajado, era conocido por sus diversos descubrimientos y aportaciones científicas, conferencias y artículos publicados. Un hombre ilustrado, como el propio Aranda, aunque muy diferente en sus principios y concepciones políticas.

  • “Todo un personaje ese Franklin –musitaba el conde de Aranda mientras apuraba un habano en su biblioteca-, un tipo inteligente, polifacético y carismático, sin duda”.

Benjamin Franklin, Silas Deane y Arthur Lee eran los emisarios a los que esperaba un inquieto Aranda. El Congreso de Filadelfia del 26 de septiembre de 1776 les había enviado a Europa para defender su causa, recabar el reconocimiento de los Estados Unidos y conseguir lo más urgente, mayor ayuda financiera y una directa implicación militar de las potencias europeas para tener posibilidades reales de vencer en la ya declarada guerra abierta.

Se habían dirigido a París para recabar el apoyo de Francia y, de paso, tantear a España por medio de su embajador. Dicha elección no era casualidad, para tener posibilidades de derrotar a la poderosa Inglaterra, debían ganarse el apoyo de las dos grandes potencias del viejo continente que podían decantar la balanza a su favor.

Ambas naciones, aliadas por los Pactos de Familia, tenían muchas cuentas pendientes con los ingleses, algunas muy frescas en la memoria… La Guerra de los Siete años (1756-1763) les había supuesto una derrota en toda regla. Francia había sido humillada al perder el Canadá y la Luisiana -siendo prácticamente echada de América salvo algunas pequeñas islas en el Caribe que pudo conservar- mientras que España quería recuperar Gibraltar, Menorca y Florida, en manos inglesas.

El Conde de Aranda apuraba su habano, repasaba sus notas y recordaba como hace pocos meses, antes de que los Estados Unidos proclamaran unilateralmente su independencia (4 de julio de 1776), él ya había escrito desde París para que España ayudara a los colonos.

Así se había hecho, Francia y España habían financiado con un millón de libras tornesas cada una los fusiles, cañones, uniformes, plomo, tiendas de campaña y algunos oficiales para instruir a las milicias… El objetivo era debilitar a los ingleses en una guerra que se alargara pero sin entrar directamente en ella, de ahí el carácter confidencial de aquél encuentro. España no quería provocar a Inglaterra y entrar en guerra, no al menos de momento…

Poco después de las ocho de la noche, tres sombras bajaban del coche de caballos y salvaban un gran charco para alcanzar con paso firme el zaguán de la residencia del embajador español en París.

  • Toc, toc, toc, toc, toc. (los cinco golpes convenidos)

Aranda, ensimismado en sus pensamientos sobre la reunión y el papel que debía jugar en ella –sobre todo escuchar y sacar información sobre el devenir de la causa de aquellos Estados Unidos-, se sobresaltó y apagó con rotundidad el habano en el cenicero de plata.

Se apresuró a abrir para hacerles entrar con celeridad, echando un vistazo a ambos lados de la calle para cerciorarse de que nadie había seguido a sus visitantes. Sin mayores preámbulos les condujo hasta la biblioteca donde podrían hablar tranquilos. En aquél palacete de tres plantas, sólo su esposa se encontraba en su gabinete de la segunda planta. No quería testigos incómodos y todo el servicio tenía la noche libre…

  • Mister Aranda, nice to meet you. Let me introduce you to Mr. Dean and Mir. Jale, my colleagues in this mission…
  • Excuse moi, mister Franklin…
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Benjamin Franklin (1706-1790).

Aquél encuentro no iba a ser fácil. Aranda, curtido diplomático, hablaba bien francés pero no inglés, todo lo contrario que Franklin. Los otros dos apenas contaban ni intervinieron; Dean no sabía casi francés y Lee ni pajolera idea. Hablar en español tampoco era una opción.

Chapurreando el inglés Aranda y el francés Franklin, a veces escribiendo pequeñas notas y otras interpretando las palabras y gestos del contrario, Aranda y Franklin, se tantearon mutuamente y acabaron entendiéndose, al menos en lo fundamental.

Tras ese primer encuentro y otros celebrados en 1777 –ya con traductor- Aranda escribió a la Corte exponiendo su convencimiento de la futura grandeza de aquellos Estados Unidos, la oportunidad de establecer relaciones de amistad dadas las posesiones españolas en América y el apoyo que España debía darles sin reservas en la guerra contra Inglaterra.

Pese al entusiasmo de Aranda, en Madrid se mantenía una prudente distancia. La ayuda española continuó de manera indirecta y encubierta, enviándose armas, mantas, quinina y pertrechos a través de Francia, España y desde la América española- La Habana y Nueva Orleans-. España sólo entró en guerra en 1779, a rebufo de Francia, aunque dicha intervención jugó un papel decisivo para decantar la contienda.

En 1783, reconocidos los Estados Unidos por Inglaterra y recuperadas Menorca y la Florida para España –no así Gibraltar que ahí sigue- el conde de Aranda escribía desde París una vez pasado su fervor inicial por aquella nueva nación, avisando de su inquietante papel hegemónico en el futuro.

  • “Esta república federal nació pigmea por decirlo así, y ha necesitado del apoyo y fuerzas de dos estados tan poderosos como España y Francia para conseguir la independencia. Llegará un día en que crezca y se torne gigante y un coloso temible en aquellas regiones. Entonces olvidará los beneficios que ha recibido de las dos potencias, y sólo pensará en su engrandecimiento…”.

Mateo Alemán, el «bestseller» que murió pobre en la Nueva España…

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Mateo Alemán (Sevilla, 1547 – México, 1614).

Mateo Alemán (Sevilla, 1547 – México, 1614) es un personaje sumamente atractivo que hoy casi nadie recuerda. Este sevillano judeoconverso escribió el primer gran “bestseller” de la literatura del siglo de Oro, alcanzando un éxito brutal con su “Guzmán de Alfarache”, novela picaresca que se difundió muy pronto masivamente por España y por Europa. Sin embargo, su origen, las envidias, sus negocios turbios, las deudas y otros factores hicieron que se embarcara hacia las Indias y que muriera pocos años después, pobre y olvidado, en la capital de la Nueva España

Con Miguel de Cervantes le unen varias coincidencias y muchos ven en el “Guzmán de Alfarache” una influencia decisiva en la inmortal novela que dio vida al ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. Ambos autores nacieron el mismo año, 1547, los dos estuvieron presos en Sevilla por las mismas fechas –puede que hasta se conocieran en su cautiverio-, publicaron sus novelas en dos partes (Mateo Alemán en 1599 y 1604; Cervantes en 1605 y 1615) y ambos vieron con enojo como veían la luz versiones apócrifas de sus novelas entre ambas entregas.

Un último factor que les une es que los dos pidieron licencia para pasar a las Indias. Cervantes lo intentó en dos ocasiones sin conseguirlo. Alemán también, una primera en 1582 y la segunda, en 1607, cuando finalmente la obtuvo aunque para ello tuviera que ceder sus propiedades a Pedro Ledesma, secretario del Consejo de Indias, y también sus derechos sobre el “Guzmán de Alfarache” en Castilla y Portugal. Su falta de limpieza de sangre pesó mucho en estas decisiones para que no se le impidiera viajar a las Indias…

La licencia consta en la Casa de Contratación del Archivo de Indias para pasar junto “con sus hijos Francisca, Margarita y Antonio Alaeman, y con su sobrina Catalina Alemán, hija de Juan Agustín de Alemán, todos naturales y vecinos de Sevilla, a Nueva España”. También le acompañaron dos criados. Hoy se sabe que la tal Francisca no era su hija sino su amante Francisca Calderón, con quien llevaba años de relaciones, pues su matrimonio previo con Catalina de Espinosa había sido un mero trámite de extrema necesidad para saldar unas deudas y evitar la cárcel.

Pese al fulgurante éxito de su novela, Mateo Alemán no se benefició más que de una ínfima parte debido a su origen, sus pleitos, deudas y negocios poco claros, llevándose la mayor parte del caudal los impresores, tanto españoles como europeos que tradujeron su obra con celeridad y sin su permiso a los principales idiomas (italiano, francés, alemán, inglés,…). El tema del respeto a la autoría no se seguía mucho en aquellos tiempos…

Su decisión de trasladarse a la Nueva España junto a su amante e hijos quizás se debió a su hartazgo de Sevilla y las sombras que siempre se cernían sobre él por su origen y condición, la usurpación de su principal obra y, finalmente, el deseo de vivir tranquilo junto a sus seres queridos en aquél Nuevo Mundo, huyendo de un pasado muy agitado y de un matrimonio de conveniencia.

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Fray García Guerra, arzobispo (1608-1612) y virrey (1611-1612) de la Nueva España

En la flota que finalmente le llevó a América en 1608 coincidió con Fray García Guerra, quien viajaba como nuevo arzobispo de México y con él que trabó una fluida relación de amistad.

De hecho, Fray García Guerra se convirtió en su protector, primero como arzobispo y luego como virrey, aunque fuera por poco tiempo. En 1611 asumió el cargo de virrey tras la marcha a Madrid del veterano Luis de Velasco, pero la mala fortuna hizo que una fatídica caída del carruaje complicara su salud y acabara con su vida apenas un año después.

No mucho se sabe con certeza de los poco más de cinco años que un sexagenario Mateo Alemán vivió en la Nueva España. Sí que allí publicó su “Ortografía castellana” en 1609 y un par de obras para narrar la trayectoria vital del citado Fray García Guerra y su lastimera muerte.

En 1614, el autor del primer gran “bestseller” de la literatura en castellano moría pobre la ciudad de México. Con una vida agitada y no exenta de claroscuros, el autor del “Guzmán de Alfarache” no fue un héroe por sus hechos de armas pero sí lo fue de las letras en los albores del siglo de Oro.

Termino con una de sus citas más célebres. “Deben buscarse los amigos como los buenos libros. No está la felicidad en que sean muchos ni muy curiosos; sino pocos, buenos y bien conocidos”.

Seguramente ya han adivinado cuál será una de mis próximas lecturas…

Pedro de Candía, el artillero de «los trece de la Fama»

Pedro de Candía es sin duda uno de los personajes más emblemáticos de los “trece de la Fama” por todo lo que vivió y especialmente por su papel clave en la conquista del Perú y sucesos posteriores. Junto a otros doce hombres decidió apostar todo por Francisco Pizarro cuando lo más prudente hubiera sido volver a Panamá desde aquella minúscula isla del Gallo en la que se habían refugiado tras padecer tremendas calamidades.

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Fragmento de las capitulaciones entre Francisco Pizarro y la reina Isabel, esposa del emperador Carlos. 26-07-1529. Aparecen los nombres de los «trece de la Fama». Fuente: PARES, Archivo General de Indias.

¿Era griego? Así lo asegura la historiografía, situando su origen en la isla de Creta, aunque algunos autores lo pongan en duda, pues se casó en Extremadura donde dejó a su mujer tras viajar a las Indias. Lo que sí parece más evidente es que era un experimentado soldado, artillero para más señas, y que se había fogueado convenientemente en el norte de África (Orán, Trípoli) e incluso en la batalla de Pavía (1525).

De fortaleza imponente y alta talla, era de esos soldados que impresionaban al verle con su celada, cota de malla, espada, rodela y arcabuz. Cuando el piloto Bartolomé Ruiz regresó de Panamá con socorro y refuerzos para los “trece de la Fama”, la expedición continuó hacia el sur y dieron con Tumbes, primer asentamiento que les mostró las primeras señales claras de la riqueza y magnitud del imperio inca. Pedro de Candía fue de los primeros en desembarcar e hizo una demostración de fuego con su arcabuz, quedando los naturales impresionados ante el estruendo y poder de aquél artefacto.

Luego acompañó en su viaje a España a Francisco Pizarro en 1529 y narró con elocuencia lo visto en Tumbes y las riquezas que prometía el Perú, contribuyendo así a recabar el apoyo de la Corte y del Consejo de Indias a la definitiva empresa de conquista del capitán extremeño.

Su presencia en Toledo la aprovechó para conseguir algunos nombramientos y ventajas por encima de las recibidas por sus compañeros de fatigas de la isla del Gallo. Así, se le nombró artillero mayor del Perú con salario de 60.000 maravedíes anuales y también regidor de Tumbes. El archivo de Indias también nos dice que obtuvo exención de almojarifazgo –impuesto sobre las mercancías- para él y su mujer además de permiso para llevar dos esclavos negros y un caballo.

Pedro de Candía regresó a Panamá junto a Pizarro y tuvo una destacada participación en la conquista definitiva de los dominios incas. Estuvo presente en Cajamarca junto a unos 170 castellanos que realizaron la celada a las huestes de Atahualpa. Los cronistas de aquellos hechos coinciden en que el estruendo provocado por los disparos de dos falconetes y algunos arcabuces dispuestos por él en la techumbre de un templo de la plaza principal provocó el caos y el pánico entre los incas, factor clave para atrapar al aturdido mandatario.

De hecho, su importante papel entre la tropa y la confianza que en él tenía Pizarro hicieron que en el reparto del botín del célebre rescate de Atahualpa Pedro de Candía fuera uno de los que recibió un mayor lote de oro y plata, sólo por detrás de lo asignado a Francisco Pizarro, Hernando Pizarro, Hernando de Soto y Juan Pizarro. Consta en el reparto oficial consignado por Pedro Sancho de la Hoz en junio de 1533 que al artillero se le pagaron 407,2 marcos de plata y 9909 pesos de oro, una considerable suma.

Candía participó luego en la refundación de Cuzco y fue uno de sus dos primeros alcaldes ordinarios en 1534. En 1536 también combatió en la defensa de dicha ciudad ante al cerco y ataque de Manco Inca. Tras encabezar sin éxito una exploración de conquista de otros territorios del inmenso incario y gastar en ella buena parte de su fortuna, el artillero se vio envuelto como casi todos en las guerras intestinas que se desataron entre almagristas y pizarristas.

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Así representó el asesinato de Francisco Pizarro por parte de Diego de Almagro «el mozo» el cronista indígena Felipe Guamán Poma de Ayala a comienzos del siglo XVII.

Fiel a los hermanos Pizarro, estuvo en su bando frente al de Diego de Almagro pero todo cambió tras el posterior asesinato  de Francisco Pizarro por Diego de Almagro “el mozo” en junio de 1541. Candía, obligado en parte seguro por las circunstancias, se enroló en la tropa de éste quien, ya en abierta rebelión, se oponía a la autoridad de Vaca de Castro, enviado del emperador para poner orden en el Perú.

Al mando de la artillería de Diego de Almagro “el mozo”, dada su valía y experiencia acreditadas, fundió muchos cañones, falconetes y arcabuces para constituir una poderosa arma de artillería y vencer a las tropas de Vaca de Castro.

Así se llegó a la decisiva y sangrienta batalla de Chupas entre ambas fuerzas que tuvo lugar en septiembre de 1542. ¿Qué ocurrió? La poderosa artillería al mando de Pedro de Candía falló estrepitosamente, errando el tiro la mayoría de sus cañones. Todo apunta a que las dudas de última hora sobre su papel en la contienda hicieron que deliberadamente inutilizara un arma tan poderosa a su cargo capaz de desnivelar la contienda en un último intento por congraciarse con la autoridad del enviado del emperador. También puede que simplemente fuera una equivocación en la orientación o ángulo de disparo de los cañones, aunque dado su dominio sobre aquellas armas no parece muy verosímil que cometiera dichos fallos de una manera involuntaria.

El caso es que en plena batalla, al ver Almagro lo que acontecía y la nula efectividad de su poderosa artillería, arremetió al galope y hecho una furia contra su capitán Candía matándole de varias lanzadas al considerar que le estaba traicionando en aquellos momentos decisivos de la lucha.

En esto coinciden todas las crónicas de aquellos hechos y tal parece que fue el trágico fin de uno de los mayores protagonistas de los “trece de la Fama” en la conquista del Perú… Por supuesto, la batalla de Chupas la perdió el bando de Diego de Almagro “el mozo”, siendo ajusticiado con celeridad.

 

Antón de Carrión, uno de «los trece de la Fama»

Hoy me centraré en contarles lo que sé y he encontrado sobre Antón de Carrión, uno de “los trece de la Fama” que siguieron a Francisco Pizarro cuando peor pintaba su empeño en continuar hacia el Perú. Este hidalgo fue uno de los pocos que permanecieron fieles al extremeño, apostando por el sueño de alcanzar el mítico y rico dominio de los incas.

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Como muchos de ustedes, conocía grosso modo el episodio histórico en cuestión pues es uno de los más célebres de la Conquista del Perú. Un agradable paseo por la bella Carrión de los Condes, localidad palentina cargada de historia, me hizo reparar en la placa de cerámica con la que se recuerda a este hijo suyo que vivió una aventura sin igual y fue uno de “los trece de la fama”. Hoy, como sus otros doce compañeros, yace en el baúl del olvido…

En 1527, en la segunda expedición comandada por el extremeño hacia el Perú, las fuerzas flaqueaban, el hambre abundada, las flechas de los naturales habían hecho estragos diezmando la expedición y las riquezas prometidas brillaban por su ausencia. Tan sólo unas pocas decenas de hombres sobrevivían como podían junto a Pizarro en la isla del Gallo –entre ellos nuestro Antón de Carrión– muchos querían volverse a Panamá y el capitán, tenaz y orgulloso, se negaba a abandonar su empresa pese a las calamidades sufridas hasta la fecha.

Es entonces, en una situación límite ante las adversidades y el descontento de muchos de sus hombres, cuando Pizarro traza una raya en el suelo con su acero toledano y pronuncia aquella mítica frase:

“Por aquí se va a Panamá a ser pobres, por este otro al Perú a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más le estuviere”

Así al menos es la versión más extendida que ha llegado hasta nuestros días por mor de los cronistas e historiadores, apoyándose en múltiples documentos de la época que confirman los hechos. Ahora bien, entre los detalles que nos cuentan los investigadores hay ciertas variaciones, tanto en el número de los que pasaron la raya con Pizarro (doce, trece, catorce o dieciséis según la fuente que se consulte) como en la propia identidad de alguno de aquellos aventureros.

En cuanto a la escenografía concreta de aquél instante del verano de 1527 –la raya en el suelo trazada con la espada y las palabras de Pizarro– es imposible saber si fue exactamente así, aunque suena más bien a una recreación idealizada de aquél momento realizada por cronistas posteriores.

Si han pasado a la historia como “los trece de la Fama” ha sido sobre todo por la capitulación hecha por Francisco Pizarro con la reina Isabel en julio de 1529 y en la que se reconoce el esfuerzo y padecimientos de 13 de sus hombres, para los que Pizarro pide mercedes. A continuación, en el mismo documento, se citan sus nombres: Bartolomé Ruiz (piloto), Cristóbal de Peralta, Pedro de Candia, Domingo de Soraluce, Nicolás de Ribera, Francisco de Cuéllar, Alonso de Molina, Pedro Alcon, García de Jérez, Antón de Carrión, Alonso Briceño, Martín de Paz y Juan de la Torre.

La reina les concede la hidalguía a aquellos hombres o, en el caso de que la tengan, el título de caballero de espuelas doradas…

“… porque vos me lo suplicasteis e pedistes por merced, en nuestra voluntad de les hacer merced, como por la presente vos la hacemos a los que de ellos no son idalgos, que sean idalgos notorios de solar conocido en aquellas partes, e que en ellas y en todas las nuestras Indias, islas y tierra firme del mar Océano, gocen de las preeminencias e libertades, e otras cosas de que gozan, y deben ser guardadas a los hijosdalgo notorios de solar conocido dentro nuestros reinos, e a los que de susodicho son idalgos, que sean caballeros de espuelas doradas, dando primero la información que en tal caso se requiere”.

Antón de Carrión, hidalgo natural de Carrión de los Condes, era uno de aquellos que se enroló en las expediciones del extremeño que partieron de Panamá a partir de 1524. Poco se sabe de él pero algunos documentos del archivo de Indias nos dan algunas pistas…

Declaró como testigo en las probanzas de sus compañeros García Jarén, Cristóbal de Peralta y Pedro de Candía en 1528, declarando que era el alférez real de la expedición y resaltando los muchos padecimientos de los “trece de la fama”.

Por otros documentos que a continuación citaré, no parece que Antón de Carrión se enrolara de nuevo en la tercera y definitiva expedición de Francisco Pizarro a partir de 1531, la que concluyó con la conquista del Perú.

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En 1532 se le cita como “vecino de Panamá” al otorgarle el emperador escudo de armas: “un escudo colorado con vna torre blanca sobre vnas hondas de mar e quatro ruedas de carros de oro e vna orla verde con ocho g[r]anos de oro”. (Muy parecido al que se representa en la placa de cerámica de su pueblo y que aquí les muestro con mayor detalle).

También de ese año, 1532, la reina Juana de Castilla a Francisco Pizarro “le recomienda a Antón de Carrión y le manda que le favorezca y dé repartimiento de tierras y solares, como a los demás vecinos de la provincia del Perú”. Documento que viene a respaldar al anterior y la hipótesis de que no formó parte de la tercera expedición del extremeño.

Por último, una real cédula sobre su persona datada en septiembre de 1538 nos viene a dar la razón más poderosa para que Antón de Carrión no continuara enrolado en la conquista del Perú…

“Real Cédula de D. Carlos a Francisco Pizarro, gobernador del Perú, por la que le manda tenga por muy encomendado en los repartimientos a Antón de Carrión, descubridor de Tierra Firme y del Perú, donde fue uno de los 10 que desembarcaron con Pizarro en Túmbez, en cuyo descubrimiento quedó ciego.”

Así es amigos, resulta que Antón de Carrión quedó ciego cuando, tras el episodio de la isla del Gallo, Bartolomé Ruiz llegó con un barco, víveres y refuerzos para socorrer a aquellos “trece de la fama”. Continuaron hacia el sur y dieron con la ciudad de Tumbes, primer lugar donde tuvieron vestigios claros de la riqueza de los dominios incas. Él fue uno de los que desembarcaron a explorar y, en algún incidente o contienda, perdió la visión…

He querido rescatarlo del olvido y me alegro de que Carrión de los Condes por lo menos dedique y conserve esa placa en su recuerdo…

Don Blas de Lezo en la Casa de América… en su casa

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Don Blas de Lezo. (Foto del autor).

Sobre Don Blas de Lezo y Olavarrieta, insigne marino y héroe en la defensa de Cartagena de Indias en 1741, escribí hace un tiempo (Ver https://wp.me/p485gT-J) con motivo de la inauguración de su estatua en la plaza de Colón de Madrid. Hoy lo vuelvo a hacer, aunque sea brevemente, tras visitar la última exposición que sobre su figura y la gesta americana que protagonizó se muestra estos días en la Casa de América de Madrid.

Lo primero, por supuesto, es recomendarles que se acerquen a verla. Es gratuita, se ve en un rato y saldrán de allí con mejores nociones de aquellos años de la primera mitad del siglo XVIII y de cómo este vasco tullido, a la par que tenaz e inteligente, pudo rechazar a una flota inglesa de dimensiones nunca antes vistas pese a la inferioridad numérica y de recursos que disponía entonces.

La exposición se centra en resumir los hechos por los que hoy es mayormente recordado y reivindicado tras permanecer muchos años en el cajón del olvido: la heroica defensa que comandó del estratégico enclave de Cartagena de Indias en el marco de la Guerra del Asiento o Guerra de la Oreja de Jenkins.

Precisamente, el recorrido de la muestra comienza por situar al visitante en aquellos años previos a la defensa de Cartagena protagonizada por Blas de Lezo en 1741. Un periodo de tensiones con los ingleses por el control de las rutas comerciales con América, en el que los primeros trataban de romper el monopolio español con el contrabando y la piratería mientras los segundos inspeccionaban y requisaban las mercancías que de una manera ilícita transportaban dichos navíos.

De ahí surge la mecha que prendió todo, aunque en realidad el caldo de cultivo de la enemistad y hostilidad entre ambos países era ya amplio y recurrente, acrecentada tras la firma del tratado de Utrech que puso fin a la guerra de Sucesión española en 1713 y por el que España perdió Gibraltar y Menorca a manos de la pérfida Albión. La isla mediterránea la recuperó España en 1782, en cuanto a Gibraltar, pues ahí está, cuestión perdida me temo…

También se incluyen unos paneles explicativos sobre la trayectoria vital y sobre todo militar de don Blas de Lezo: las contiendas en las que participó y las misiones y cargos encomendados hasta llegar a Cartagena de Indias. Por último, un mapa de situación y más paneles narran los principales hechos de la defensa de Cartagena.

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Maqueta del navío Galicia. (Foto del autor).

En cuanto a los apoyos o piezas expositivas me quedo con las estupendas maquetas de la fortaleza de San Felipe de Barajas y de otros dos baluartes defensivos más pequeños. También, la maqueta del navío Galicia, nave capitana de los seis barcos con los que contaba Blas de Lezo y que fueron inteligentemente utilizados para defender de la mejor manera posible la ciudad ante una flota inglesa impresionante de más de 150 barcos de todos los tipos.

Varios magníficos cuadros –me encanta el que representa la retirada inglesa- uniformes militares, bustos y algunos manuscritos sobre el insigne marino –creo que sólo uno de don Blas de Lezo si no mal recuerdo- acompañan también al visitante en su recorrido.

Visitando esta exposición en la Casa de América recordé otra que hubo en el Museo Naval hace unos tres años. Aquélla era más amplia y contaba con una recreación audiovisual extraordinaria en la que se explicaban con detalle las vicisitudes y principales hechos del asedio infructuoso de los ingleses y la inteligente y brava defensa del enclave español por don Blas de Lezo y los suyos.

En cualquier caso, les recomiendo visitar esta nueva oportunidad de acercarnos a la figura de este gran marino para recordar los hechos por él protagonizados en la defensa de Cartagena de Indias… Al fin y al cabo, don Blas de Lezo está en la Casa de América… en su propia casa.

Tienen hasta el 16 de marzo para visitarla, no se la pierdan… Luego irá a Boadilla del Monte, San Sebastián de la Gomera y otros destinos.

Tienen más información en la web de la Asociación Cultural Blas de Lezo, http://www.acblasdelezo.es/

«Oro», como hacer de la historia una ficción…

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El otro día fui a ver “Oro”, película dirigida por Agustín Díaz Yanes y basada en un relato inédito de Arturo Pérez Reverte. Me gustó verla –lo que no quiere decir que me resultara totalmente satisfactoria- y tiene escenas muy dignas, recreadas con cuidado y esfuerzo para resultar efectistas en la gran pantalla. Bebe claramente de algunos episodios y hechos acaecidos en la conquista de América, pero es una película de ficción, la traslación al cine del texto escrito de Reverte, un relato o novela histórica.

La conquista de América, olvidada y sobre todo vilipendiada en estos tiempos de zozobra histórica, sectarismo y apología de lo políticamente correcto, fue un hecho impresionante que tuvo como protagonistas a rufianes, frailes corruptos y sanguijuelas varias pero también a hombres de honor, religiosos defensores de los indios y gentes de diferente condición que trataban de buscarse la vida en el Nuevo Mundo en unos tiempos difíciles y duros para casi todos.

“Oro” es una película de ficción que mezcla o toma prestados episodios diferentes de aquellos tiempos. Inevitable no recordar nada más comenzar y durante toda la película la sangrienta expedición de Pedro de Ursúa y el “loco” Lope de Aguirre en la búsqueda de El Dorado, a Francisco Pizarro en la isla del Gallo cuando se plantean si seguir o retroceder, a Gonzalo Guerrero en el personaje interpretado por Juan Diego, a Núñez de Balboa en el final de la película, etc.

El relato de Pérez Reverte –que imagino será publicado en unos meses bajo el mismo título de la película o similar, ya saben “la novela sobre la conquista de América que inspiró “Oro”– habrá que leerlo cuando se publique para ver en cuánto y en cómo se parece a la película visionada, en una interesante inversión de papeles no habitual. Seguramente será mejor.

Como he dicho al principio, me gustó ver la película y aprecio el esfuerzo invertido por recrear aquella época, circunstancias y personajes de la conquista de América. Por supuesto, los que más abundan son los personajes oscuros, los rufianes, la sangre por doquier y el único religioso que aparece es un corrupto libidinoso, como no podía ser de otra manera. Se tiende a jugar a favor de obra  y a reflejar lo que más se resalta hoy en día de aquellos hechos, que todos o casi todos eran hombres viles… cuando no era así, simplemente eran hombres y mujeres de su tiempo, de toda condición, también con honor, y con una mentalidad, códigos y leyes muy diferentes a los actuales.

Mi principal crítica no es a la película en sí –recomiendo que vayan a verla- sino al cine español en general. Teniendo a personajes impresionantes como Cabeza de Vaca, Cortés, Ojeda, Balboa, Orellana, Pizarro –cualquiera de los hermanos-, Valdivia, El Cano, Coronado y un largo etcétera, nadie se atreve a tratar de reflejar en la gran pantalla lo que vivieron estos tipos de carne y hueso. No habría que inventarse nada, todo está escrito, y sus peripecias, hazañas, luces y sombras no dejarían indiferente a nadie.

Si los citados, y otros muchos que no menciono por no cansarles, fueran ingleses, franceses o no digo ya estadounidenses las películas sobre ellos serían abundantes, con un despliegue de medios tremendo y obteniendo seguramente un gran éxito de público y crítica… pero todos tuvieron la mala fortuna de ser españoles. Ajo y agua.

Por ponerles sólo un ejemplo, no conozco mayor gesta y aventura que la protagonizada por Alvar Núñez Cabeza de Vaca, un tipo que en 1528 desembarca en la Florida, fracasa la expedición entre mil penalidades y sobrevive como puede entre los indios, siendo esclavizado primero, luego convirtiéndose en médico o curandero, más tarde en mercader entre los indios de la costa y el interior para acabar escapando y recorriendo gran parte de Norteamérica a pie en un ejercicio de supervivencia brutal. Así pasó más de ocho años, contándolo luego en “Naufragios”…

¿Para cuándo una película sobre Cabeza de Vaca? A ver si alguien afronta el reto, aunque lo dudo, no vaya a ser que se nos caiga el mito de que los castellanos de aquél tiempo eran únicamente hombres sanguinarios y violadores sedientos de oro…

Ver… https://wp.me/p485gT-2L

La india Catalina…

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La india Catalina. Cartagena de Indias. (Foto del autor).

Me topé con ella dos veces durante mi reciente visita a la bella Cartagena de Indias y eso me animó a leer y conocer algo de la historia que se esconde detrás de esa regia india de torso desnudo, escueto taparrabos y pluma en la cabeza que preside majestuosa un parque y representa también el premio, la estatuilla que se entrega a los galardonados cada año en el Festival Iberoamericano de Cine de Cartagena de Indias.

¿Quién era esta mujer? Como ocurre con otros personajes históricos, el mito o la leyenda envuelven a la india Catalina, aunque varios cronistas y diversos documentos prueban su existencia, situándola como un personaje clave en la llegada y asentamiento de los españoles en territorio colombiano.

Se desconoce su verdadero nombre -Catalina fue el que le dieron los españoles tras ser bautizada- pero sí se sabe que fue raptada de su aldea de Zamba por Diego de Nicuesa en torno a 1509, en una de aquellas incursiones sangrientas que Nicuesa, Alonso de Ojeda y otros hacían en aquellos primeros años del siglo XVI por la costa caribeña de la actual Colombia.

Los indios de la zona no se mostraban muy pacíficos ante la llegada de aquellos extraños barbudos sedientos de oro, así que se sucedieron los enfrentamientos, las flechas envenenadas que acabaron con muchos castellanos –entre ellos con el célebre cosmógrafo Juan de la Cosa– y las represalias crueles de los hispanos que arrasaban con las aldeas y poblados.

Catalina, apenas una adolescente de 14 años, fue enviada a Santo Domingo, donde fue educada en la lengua, religión y cultura españolas. Casi veinte años después la encontramos de nuevo en su tierra natal, donde ya los españoles se iban asentando y expandiendo tras la fundación de Santa Marta por Rodrigo de Bastidas en 1525.

En 1533, cuando un arrogante y ambicioso Pedro de Heredia funda Cartagena de Indias, se sirve de la india Catalina para ver facilitadas sus misiones de conquista y exploración en aquellas tierras. De hecho, sirvió como lengua o intérprete con numerosas tribus de indios para que aceptaran la llegada de los hombres blancos, frenar su encarnizada resistencia y recibir la palabra de un Dios que ella ya sentía como suyo desde hacía años. Amancebada con el conquistador madrileño, no tuvo reparos sin embargo en declarar contra él en 1537 acusándole de haber robado el oro del rey en el primero de los juicios de residencia a los que tuvo que hacer frente Heredia.

Parece que poco después tuvo una relación o incluso de casó con Alonso Montes, sobrino de Pedro de Heredia, y algunos autores sostienen incluso que vivió largos años en Sevilla, donde murió casi centenaria… aunque este extremo no ha podido ser demostrado y es puesto en serias dudas.

Traductora, pacificadora y evangelizadora son tres de los calificativos más usados para referirse a esta enigmática mujer, raptada de entre los suyos cuando era apenas una niña para pasar a asimilar la cultura y modo de vida de los españoles.

Aunque su recuerdo está muy vivo en Colombia, esta mujer despierta ciertas controversias, no tantas como la célebre Malinche pero sí las lógicas de quien siendo una india contribuyó a asentar la conquista de los españoles en el territorio colombiano, aplacando la resistencia de numerosas tribus indias de aquellos duros territorios.

Sin duda fue lo que le tocó vivir, ella no lo eligió y su papel fue fundamental para ahorrar más víctimas entre españoles e indios, ya que procuró y a veces logró un mayor entendimiento pacífico entre ambos pueblos.

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La india Catalina. Cartagena de Indias. (Foto del autor).

La imagen que hoy vemos de ella, idealizada como india regia y adulta sin duda nunca se dio en realidad, ya que tras ser raptada de niña adoptó las costumbres de los españoles en su vida posterior.

Sería más correcto representarla a la manera hispana, con su vestido, calzado y demás, pero entonces ya no veríamos a la india Catalina

El hábito no hace al monje, pero ayuda…