La monja alférez

Catalina de Erauso "la monja alférez"

“Su aspecto es hermético y de claros rasgos masculinos. Doña Catalina luce golilla blanca con el alzacuello de hierro que usaban los soldados. El coletillo de ante pardo y mal atascado le da un cierto aire descuidado. Sus ojos grandes, tienen la mirada perdida, lejana, no miran al pintor. Inteligentes y fríos, parecen estar contemplando algo que a todos los demás se nos escapa. En su boca, caída y amarga, hay un gesto irónico, un esbozo de sonrisa imposible. Sólo en su barbilla leve y redondeada, puede adivinarse algo de femenino”.

Quien mejor que quien la retrató, Francisco Pacheco, para describirnos a este personaje enigmático y legendario que vivió mil aventuras en América durante el primer tercio del siglo XVII, una mujer travestida en hombre o un hombre en el cuerpo de una mujer…

Catalina de Erauso pasó a la posteridad como “la monja alférez”, pues su vida o lo que se conoce de ella bien merecieron dicho título. Ella misma dejó unos apuntes autobiográficos que hoy constituyen la base de su historia y peripecias en España primero y luego, en el Nuevo Mundo.

Catalina nació en 1592, aunque ella apunta que fue en 1585, lo que puede indicar un error del copista o que fuera bautizada con 7 años de edad. A los cinco años fue ingresada por sus padres en un convento de San Sebastián bajo la tutela de la priora, una tía carnal suya, junto a dos de sus hermanas para que allí fueran criadas, educadas y tomaran los hábitos cuando llegara la edad apropiada para ello.

Pronto, sin embargo, su espíritu rebelde creció y el ansia de salir de aquel encierro se fue apoderando de su alma. Ella no había nacido para vivir enclaustrada y dedicar sus días a rezar y trabajar en la huerta del convento. Las severas condiciones que vivía y su escasa vocación religiosa la empujaron a idear una huida a los quince años de edad. Ahí es cuando comienza su aventura que la hará pasar a la posteridad pues, disfrazada de hombre, escapó de allí para no regresar jamás y nunca volver a vestir como mujer. Su aspecto no muy agraciado, las ropas holgadas de la época y la escasez de formas femeninas la hicieron pasar como varón el resto de su vida.

Adoptando diversos nombres inició un periplo por varias ciudades de España (Vitoria, Valladolid,…) sirviendo como paje o mozo para varias familias sin ser nunca descubierto su ardid. Así, llegó hasta San Lúcar de Barrameda donde, movida por sus ansias de viajar y de iniciar una nueva vida, se embarcó como grumete en uno de aquellos navíos que partían hacia el Nuevo Mundo.

Su apariencia masculina y su soledad en un mundo de hombres hicieron que su carácter se fuera haciendo más y más duro, más varonil para enfrentarse a un entorno repleto de rufianes y pendencieros. Así, establecida como mozo de un tendero al llegar al Perú, tuvo su primer rifirrafe con un tal Reyes en una pelea de la que salió ariosa dejando al sujeto y su amigo heridos de gravedad. Como consecuencia pasó sus primeras horas en la cárcel, de donde salió gracias a la mediación del tendero quien, sin embargo, la conminó a buscarse otro lugar donde vivir.

Parece que nuestra curiosa y brava protagonista conquistó a varias mujeres, metiéndose en diversos líos de faldas y escapando en el último momento de la furia de varios maridos deshonrados, así como del lecho de alguna moza antes de que se descubriera su íntimo secreto. Sin embargo, su verdadera identidad y condición se mantuvo siempre a salvo pese a haber amado a varias mujeres, lo que no deja de llamar la atención…

Deseosa de nuevas aventuras y seguramente huyendo de algún entuerto, Catalina de Erauso se enroló como Alonso Díaz y Ramírez de Guzmán en la tropa que se estaba formando para combatir en la siempre difícil e inacabada guerra de Arauco en Chile. Allí fue donde su valentía y sus dotes con las armas le hicieron cobrar gran fama, ascendiendo al grado de alférez por una acción heróica en la que recibió serias heridas. Participó en numerosos episodios bélicos contra los mapuches irreductibles pero su brutalidad con los naturales le jugaron una mala pasada, siendo amonestada y trasladada en varias ocasiones hasta que, hastiada, se licenció del ejército.

El cómo pudo pasar desapercibida tanto tiempo en aquella dura vida militar y rodeada de hombres en el sur de Chile escapa a nuestro raciocinio, pero lo consiguió y siguió con su disfraz con éxito. Tras abandonar la milicia se convirtió en un capitán Alatriste, un soldado veterano más, un bravucón y pendenciero de taberna dispuesto a ofrecer su espada al mejor postor. Envuelto en riñas y peleas frecuentes por su afición a los naipes fue condenado a muerte en varias ocasiones, pudiendo escapar en el último momento hasta que en el Perú, herida y apresada confesó su secreto mejor guardado a un obispo para salvarse de una muerte segura. El obispo no daba crédito a su relato, aunque finalmente se comprobó la veracidad del mismo y que, en efecto, era mujer y virgen para más señas.

A partir de ahí su fama y su apodo de “monja alférez” se extendió como un reguero de pólvora y viajó a España en 1623, adonde pudo viajar dos años después de permanecer en un convento en el Perú. Fue incluso recibida por el Papa Ubano VIII quien la autorizó a seguir vistiendo ropas de hombre si ese era su deseo. Obtenida una pensión real y refrendado su cargo de alférez, regresó a América donde se dedicó a diversos negocios y tuvo un final incierto parece que en algún lugar de Méjico.

En fin, así parece que fue la historia de esta mujer, mucho más alférez que monja y también mucho más hombre que mujer…

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s