«De mucho más honor merecedora»

Retomo estas píldoras históricas en mi blog para contarles brevemente sobre mi nuevo libro “De mucho más honor merecedora. Doña Aldonza Manrique, la gobernadora de la isla de las perlas”, publicado por SND editores.

Acaba de salir a la venta y ya se encuentra disponible en librerías, plataformas y en la web de la editorial www.sndeditores.com. Por cierto, hasta el domingo 2 de mayo tienen una oferta de lanzamiento con un 15% de descuento si lo compran en dicha web y ponen el código ARVLANZGOB21 en el proceso de compra.

Lo primero de todo es transmitirles la ilusión que le hace al autor el hecho de que vea la luz su nueva obra, producto de innumerables horas de trabajo, búsqueda de documentos de la época, consulta de bibliografía, redacción y revisión del texto. Tengo la fortuna de contar, además, con una prologuista de primera fila, María José Solano Franco, cofundadora de zendalibros.com y responsable de la editorial Zenda Aventuras.

No les voy a destripar aquí todo el libro, no tendría sentido, pero sí que quiero apuntarles algunas claves fundamentales.

No es una novela, lo que se van a encontrar en este libro es una historia real, de esas sobre las que más me gusta escribir, me refiero a aquellas que mucha gente desconoce y nadie o casi nadie ha llevado al papel hasta la fecha. La Historia de España es inabarcable y en ella abundan episodios y personajes por descubrir y por contar. Lo que yo les relato en el presente libro es uno de estos casos.

Doña Aldonza Manrique o doña Aldonza de Villalobos, como ustedes prefieran, existió, nació en Santo Domingo en 1520, fue gobernadora de la isla Margarita desde que era una niña en tiempos del emperador Carlos y tuvo el mando sobre ese pedacito del Caribe hasta su muerte en 1575, bajo el reinado de Felipe II. Fue, por tanto, la primera gobernadora criolla, española nacida en América, del Nuevo Mundo.

Además, gracias a su tesón, gestiones y peticiones, consiguió del segundo monarca mencionado legar su gobernación a su nieto, Juan Sarmiento de Villandrado, último gobernador de esta saga familiar en la isla y muerto trágicamente en 1593, defendiendo precisamente su ínsula.

Aquel escenario caribeño fue siempre especialmente agitado y complejo. A los indios caribes y otras belicosos que se toparon los españoles en las costas de Tierra Firme y en las islas de su entorno, se unieron muy pronto los amigos de lo ajeno extranjeros en busca de botín, piratas y corsarios franceses, ingleses y holandeses que depredaban por allí con frecuencia para robar y saquear todo cuanto pudieran. El principal imán que les atraía hacia aquellas latitudes era, lógicamente, el que ofrecían las riquezas del Nuevo Mundo, metales preciosos y, en concreto en esta zona, las perlas que se daban en abundancia.

Como no podía ser de otra manera, las perlas están muy presente en el libro, sus métodos de extracción, los esclavos empleados para ello, los “señores de canoas”, el control y valor de las piezas, la legislación de la Corona…, pues aquella fue la primera industria o negocio de aquellas latitudes y lo que motivó en buena media que los españoles, después del tercer periplo colombino, por allí volvieran y se asentaran.

Debo asimismo apuntarles que mi libro tampoco es una biografía sobre doña Aldonza, pues es más lo que aún desconocemos sobre ella que lo que, al menos un servidor, ha podido hallar en su investigación, pero sí que su presencia es preeminente en este libro y arrojo algo de luz sobre su vida y gobierno de la isla Margarita.

Una época de exploraciones y expansión española en el Nuevo Mundo, una mujer muy desconocida, perlas, caribes, esclavos, piratas y corsarios impregnan las páginas de “De mucho más honor merecedora. Doña Aldonza Manrique, la gobernadora de la isla de las perlas”.

Por último, decirles que, sin duda, el título hace justicia a su persona, pues doña Aldonza Manrique merece mucha más atención de la que hasta ahora le hemos prestado. Ya lo apuntó un gran cronista de Indias en aquellos tiempos…

Ahora sólo queda que se animen a leer esta historia.

¡Gracias por su interés y apoyo!

Justicia en las Indias: el español condenado a la horca por matar a una india

Ruinas de León Viejo (Nicaragua).

Quiero narrarles una interesante historia, un pleito judicial que tuvo lugar en la ciudad de León, Nicaragua, en 1541. Es un ejemplo de cómo operaba la justicia en primera instancia en las Indias, ejercida por el cabildo ante las alarmantes noticias llegadas sobre un crimen cometido en su área de jurisdicción. Lo llamativo del caso es que el acusado y finalmente condenado a la horca fue un español por haber quemado y matado a una india, tal y como declararon tres testigos principales de tales hechos, tres indios. El comportamiento del acusado terminó de decantar a las autoridades hacia su condena final.

La justicia, antes y ahora, dista mucho de ser aquella dama con una venda en los ojos y que trata a todos por igual sin tener en cuenta la posición social, económica o su relación con el poder de los demandantes o demandados. Eso es una entelequia ilusa. En el Nuevo Mundo, los indios fueron conociendo y asimilando las instituciones españolas y siendo conscientes de los derechos que les concedía el ser, ellos también, súbditos de la Corona. Esto se vio con especial incidencia en materia judicial, ya que pronto comenzaron a pleitear con insistencia para mejorar sus condiciones laborales, denunciar abusos y maltratos ayudados por clérigos y civiles, y, también, demandaron ante las autoridades a encomenderos por las penosas condiciones laborales que sufrían, la incautación de sus tierras o, posteriormente, para reducir su participación en la mita. Pese a las obvias dificultades que tuvieron para ganar dichos pleitos por el bajo lugar que ocupaban en la sociedad, obtuvieron no pocos éxitos en este sentido.

Pero, el tema es demasiado amplio para lo que me ocupa en este artículo, así que me centraré en contarles como transcurrió este proceso penal, sus inicios y desarrollo hasta llegar a su contundente sentencia final.

El 25 de febrero de 1541, en la ciudad de León (Nicaragua), el alcalde mayor y teniente de gobernador Luis de Guebara tenía noticia de que un tal Andrés Medrano “estanciero de Cristóbal García en Çiguina quemó una india hasta que murió e que el cacique porque le reprehendió le dio de açotes e le echó una soga al pescueço para le ahorcar”. Así, pues, ante la gravedad de dicha información, comienza a tomar declaración a los testigos, comenzando por el cacique agredido, llamado Çital.

Ynesica, india ladina -que domina perfectamente el español- ejercerá de intérprete en el cabildo para los testimonios de varios indios en el proceso. El cacique declara que la india se llamaba Soche y que el citado Medrano la ató y la quemó hasta morir y a él le dio una paliza al reprenderle por su acción.

Dos indios más -Guayanolo y Algad- declaran en este mismo sentido y uno de ellos también lo vio con sus propios ojos. Tres testimonios de indios, dos de ellos testigos y uno que lo sabe de oídas, son lo suficientemente claros y coincidentes para que don Luis de Guebara de orden al alguacil para que vaya a detener al acusado y se le incauten todos sus bienes de manera preventiva.

A los pocos días Andrés Medrano estaba ya preso y con cepo. Se le toma declaración y lo niega todo: “no ató la dicha yndia ni la quemó ni le hizo mal ninguno e que ay quedó en el pueblo cuando este confesante prendieron”. Tras su contundente y exculpatorio testimonio, aparece en escena Pedro Martín Zembrano. Vecino de la ciudad y posiblemente amigo del acusado, se presenta como su fiador, ofrece garantías y pide que se le saque del cepo, pues no va a escapar; él se hará cargo como “carcelero comentariense” de que eso no ocurra y también de ponerle a disposición de la justicia cuando así sea demandado.

Vista dicha garantía, Medrano fue liberado del cepo, pero, pocos días después, sucedió algo que podía ser previsible: huye de la cárcel y desaparece. El alcalde mayor comunica a Pedro Martín Zambrano este hecho y le da tres días, para que, como fiador suyo, le traiga ante la justicia. Al mismo tiempo, emite su primera “carta de crédito”, pregonada en plaza pública para que el fugado regrese en un máximo de nueve días para continuar el proceso.

Pasado dicho periodo, ante su “rebeldía y contumaçia”, pues no se ha presentado y sigue huido, se escribe y pregona una segunda notificación dándole otros nueve días de plazo para presentarse. Eso sí, sus incautados bienes -una yegua y algún otro- iban a ser ya vendidos en almoneda pública para sufragar los costes del proceso. El animal fue rematado a “Juan Griego, marinero calafate como mayor pujador en veinte pesos de oro”.

El alcalde y teniente de gobernador dio un tercer plazo para que el rebelde fugado se presentara ante las autoridades, pero nada cambió. El proceso, pues, debía continuar en ausencia del acusado, quien con su huida y desaparición había dejado ya su credibilidad e inocencia sin ningún crédito.

Así, se llamó de nuevo a los principales testigos, varios indios, para que se ratificaran en sus testimonios, cosa que hicieron todos ellos.

Finalmente, el 25 de junio de 1541, se dictó sentencia:

Fallo que debo de condenar e condeno al dicho Andrés Medrano por aver cometido el dicho delito de aver quemado la india Soche de que murió, que le devo de condenar y condeno en que sea traydo cavalgando en una bestia, sacado de la cárcel pública desta çibdad e traydo que sea a ella, sea traydo por las calles públicas acostumbradas desta çibdad de León por voz de pregonero que manifieste su delito e sea llevado a la horca desta çibdad e della sea hahorcado e colgado hasta tanto que naturalmente muera…”

Por supuesto, dicha sentencia fue pregonada en ausencia del condenado. No sé qué fue del infame Andrés Medrano, si fue capturado y ahorcado pasado un tiempo o si mudó su identidad y continuó su vida en otras partes de las Indias donde no se le pudiera identificar como el vil asesino que era.

La Justicia en la América hispana trató siempre de atender y proteger a sus ciudadanos, fueran estos españoles, indios o mestizos. Todos podían acudir a ella y, los indios, lo hicieron en numerosas ocasiones, como demandantes y testigos. En este caso, los testimonios de varios de ellos y la huida precipitada del acusado, fueron definitivos para la sentencia dictada.

Una mujer india fue la víctima y tres indios fueron los principales testigos, declarando ante la justicia para que, finalmente, el fugado español fuera condenado a la horca.  

El mapa del «mar de España»

Mapa de autor desconocido. (AGI//MP-BUENOS_AIRES).

Seguramente no es el mejor mapa realizado sobre el Nuevo Mundo. Tampoco el más bello ni adornado, pero sí que resulta muy curioso y atractivo por los detalles que en él se recogen y la nomenclatura que su desconocido autor incluyó sobre algunos accidentes o espacios geográficos. Por todo ello, merece la pena detenerse en él, ampliarlo por partes para que lo aprecien mejor y contarles algunos de esos jugosos pormenores de este dibujo en el que se muestran la mayoría de los dominios españoles en América.

Debo decirles que me topé con él por casualidad, como suelen ocurrir estas cosas. Bueno, por azar en parte, ya que me hallaba consultando en el AGI/PARES mapas de esa misma época, pero de otras latitudes, concretamente del Caribe. Las sucesivas búsquedas, a la par que mi curiosidad, hicieron que abriera la imagen cuya descripción era: “Mapa y derroteros del Océano Atlántico y costas aledañas”.

Tal y como indica el AGI, por la letra y otros detalles, parece hecho en el siglo XVI y lleva una rúbrica no identificada. Además, el autor incluía al dorso esta humilde disculpa por su “mala mano” al realizarlo, ya que él no era un profesional del arte de pintar o reproducir mapas con exactitud o acierto, pero su boceto sí que podría ser útil para que en España se rehiciera de mejor manera:

«Perdone vuestra señoría la mala mano que házelo como nunca me enseñaron el oficio de pintor, pero allá se podría por esa traza hazer pintar bien a quien lo supiese hazer«

En el capítulo de detalles a tener en cuenta, uno sobresale por encima de todos los demás: el océano Atlántico es denominado “mar de España” en varias ocasiones, y no le falta razón al autor. Como apunta acertadamente Tomás Mazón, autor del recomendable «Elcano, viaje a la historia», dicha expresión era empleada por los marinos cuando echaban la sonda para medir la profundidad de las aguas que surcaban y no daban con el fondo.

Pero la interpretación que más me cuadra en este caso es otra, por la fecha más avanzada de realización del citado mapa y el conocimiento que ya se tenía de aquellas aguas. Las flotas de galeones surcan sus aguas desde España a América y viceversa transportando personas y bienes y, pese a los ataques de piratas y corsarios -sobre todo en el Caribe- el inmenso océano era, sin duda, ese “mar de España” que él refiere. Al igual que todos recordamos aquello del “lago español” para identificar al océano Pacífico, el dibujante ocasional refleja el pleno dominio del otro océano por España.

Para aproximarnos a una datación más concreta, lo mejor es prestar atención a los lugares (ciudades, cabos, ríos…) que figuran mencionados en el mapa. Sobre todo, en los de la parte más meridional, pues la expansión y asentamiento castellano en aquella zona fue posterior al de las Antillas, Centroamérica y norte de Sudamérica. La Florida y el resto de Norteamérica apenas están esbozadas.

Mirando, pues, hacia el sur del continente y fijándonos en las ciudades o pueblos marcados y las fechas de sus fundaciones por los españoles, nos encontramos con el estrecho de Magallanes (1520), Santiago (1541), Santiago del Estero (1553), Tucumán (1565), Buenos Aires (1580, la segunda fundación por Juan de Garay, ya que la anterior de 1536 por Mendoza tuvo una vida efímera) y Salta (1582).

Detalle Sudamérica.

Las fechas anteriores, en especial las dos últimas referidas a Buenos Aires y Salta, hacen pensar en que el mapa fue hecho, seguramente, en los últimos años del siglo XVI o primeros del siglo XVII.

Otra cuestión muy interesante son los cinco derroteros marcados y que surcan ese “mar de España”: «de Nombre de Dios a España», «de España a Nombre de Dios», «de España al Campo y al Paraguay», «derrota al Río de la Plata» y, «derrota al Estrecho de Magallanes». Incluso marca una sexta que no menciona, al sur de la isla de Tierra del Fuego, bordeando el cabo de Hoces o de Hornos.

El “Campo” citado aparece dibujado en casi todas las tierras de Brasil y hasta Uruguay, donde figura “guaranís”, indios habitantes de aquellas latitudes. La línea equinoccial aparece claramente señalada y no demasiado lejana a su ubicación real. Por su parte, la costa pacífica aparece apenas definida pues su objetivo es marcar las rutas, ríos, islas y cabos de las costas del océano Atlántico. Llama también la atención que siga denominando mar del Sur al que ya la expedición de Magallanes y Elcano nombró como océano Pacífico.

Lo más conocido es lo que realmente aparece peor dibujado, me refiero a la propia España y a Europa. No interesaban tanto unos perfiles perfectos o muy realistas de aquellas tierras y el dibujante aficionado -que ya tenía sus propias limitaciones para ilustrar con mayor acierto- no se esmeró demasiado en ello. Otro interesante detalle es que, en en nuestro país, sólo señala dos ciudades: Sevilla y La Coruña. La primera no extrañará a nadie, ya que fue el gran puerto de entrada y salida hacia las Indias; la segunda, fue sede la Casa de la Especiería de 1522 a 1529 y tuvo una relación especial con el Nuevo Mundo.

Perdón, en España hay tres lugares señalados, no dos. El nombre de Gibraltar puede leerse, dando paso al estrecho y al mar Mediterráneo.

Detalle «mar de España».

En fin, un mapa que no me dejó indiferente pese a sus lógicas inexactitudes y donde el océano Atlántico es el “mar de España”, pues España, con sus navíos y marinos valientes fue la que navegó, exploró y cartografió medio mundo en aquel siglo XVI.

Les dejo su referencia en AGI/PARES para que lo amplíen a su antojo y disfruten de mil y un detalles más. AGI//MP-BUENOS_AIRES,5

Feliz 2021

Encuentro en París…

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El conde de Aranda (1719-1798).

En aquél frío anochecer de finales de 1776, don Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda y embajador de España en París, aguardaba impaciente una visita muy especial. El encuentro debía realizarse con la máxima discreción, dada la procedencia de sus visitantes y la comprometida situación en la que quedaría España si aquélla cita salía a la luz pública, en especial si llegaba a conocimiento de los ingleses.

Pese a su experiencia diplomática, el carácter secreto de esta entrevista le tenía particularmente nervioso, así como el hecho de no saber mucho sobre sus interlocutores, salvo lo que había oído sobre el más famoso de ellos: Benjamin Franklin. Hombre hecho a sí mismo, leído y viajado, era conocido por sus diversos descubrimientos y aportaciones científicas, conferencias y artículos publicados. Un hombre ilustrado, como el propio Aranda, aunque muy diferente en sus principios y concepciones políticas.

  • “Todo un personaje ese Franklin –musitaba el conde de Aranda mientras apuraba un habano en su biblioteca-, un tipo inteligente, polifacético y carismático, sin duda”.

Benjamin Franklin, Silas Deane y Arthur Lee eran los emisarios a los que esperaba un inquieto Aranda. El Congreso de Filadelfia del 26 de septiembre de 1776 les había enviado a Europa para defender su causa, recabar el reconocimiento de los Estados Unidos y conseguir lo más urgente, mayor ayuda financiera y una directa implicación militar de las potencias europeas para tener posibilidades reales de vencer en la ya declarada guerra abierta.

Se habían dirigido a París para recabar el apoyo de Francia y, de paso, tantear a España por medio de su embajador. Dicha elección no era casualidad, para tener posibilidades de derrotar a la poderosa Inglaterra, debían ganarse el apoyo de las dos grandes potencias del viejo continente que podían decantar la balanza a su favor.

Ambas naciones, aliadas por los Pactos de Familia, tenían muchas cuentas pendientes con los ingleses, algunas muy frescas en la memoria… La Guerra de los Siete años (1756-1763) les había supuesto una derrota en toda regla. Francia había sido humillada al perder el Canadá y la Luisiana -siendo prácticamente echada de América salvo algunas pequeñas islas en el Caribe que pudo conservar- mientras que España quería recuperar Gibraltar, Menorca y Florida, en manos inglesas.

El Conde de Aranda apuraba su habano, repasaba sus notas y recordaba como hace pocos meses, antes de que los Estados Unidos proclamaran unilateralmente su independencia (4 de julio de 1776), él ya había escrito desde París para que España ayudara a los colonos.

Así se había hecho, Francia y España habían financiado con un millón de libras tornesas cada una los fusiles, cañones, uniformes, plomo, tiendas de campaña y algunos oficiales para instruir a las milicias… El objetivo era debilitar a los ingleses en una guerra que se alargara pero sin entrar directamente en ella, de ahí el carácter confidencial de aquél encuentro. España no quería provocar a Inglaterra y entrar en guerra, no al menos de momento…

Poco después de las ocho de la noche, tres sombras bajaban del coche de caballos y salvaban un gran charco para alcanzar con paso firme el zaguán de la residencia del embajador español en París.

  • Toc, toc, toc, toc, toc. (los cinco golpes convenidos)

Aranda, ensimismado en sus pensamientos sobre la reunión y el papel que debía jugar en ella –sobre todo escuchar y sacar información sobre el devenir de la causa de aquellos Estados Unidos-, se sobresaltó y apagó con rotundidad el habano en el cenicero de plata.

Se apresuró a abrir para hacerles entrar con celeridad, echando un vistazo a ambos lados de la calle para cerciorarse de que nadie había seguido a sus visitantes. Sin mayores preámbulos les condujo hasta la biblioteca donde podrían hablar tranquilos. En aquél palacete de tres plantas, sólo su esposa se encontraba en su gabinete de la segunda planta. No quería testigos incómodos y todo el servicio tenía la noche libre…

  • Mister Aranda, nice to meet you. Let me introduce you to Mr. Dean and Mir. Jale, my colleagues in this mission…
  • Excuse moi, mister Franklin…

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Benjamin Franklin (1706-1790).

Aquél encuentro no iba a ser fácil. Aranda, curtido diplomático, hablaba bien francés pero no inglés, todo lo contrario que Franklin. Los otros dos apenas contaban ni intervinieron; Dean no sabía casi francés y Lee ni pajolera idea. Hablar en español tampoco era una opción.

Chapurreando el inglés Aranda y el francés Franklin, a veces escribiendo pequeñas notas y otras interpretando las palabras y gestos del contrario, Aranda y Franklin, se tantearon mutuamente y acabaron entendiéndose, al menos en lo fundamental.

Tras ese primer encuentro y otros celebrados en 1777 –ya con traductor- Aranda escribió a la Corte exponiendo su convencimiento de la futura grandeza de aquellos Estados Unidos, la oportunidad de establecer relaciones de amistad dadas las posesiones españolas en América y el apoyo que España debía darles sin reservas en la guerra contra Inglaterra.

Pese al entusiasmo de Aranda, en Madrid se mantenía una prudente distancia. La ayuda española continuó de manera indirecta y encubierta, enviándose armas, mantas, quinina y pertrechos a través de Francia, España y desde la América española- La Habana y Nueva Orleans-. España sólo entró en guerra en 1779, a rebufo de Francia, aunque dicha intervención jugó un papel decisivo para decantar la contienda.

En 1783, reconocidos los Estados Unidos por Inglaterra y recuperadas Menorca y la Florida para España –no así Gibraltar que ahí sigue- el conde de Aranda escribía desde París una vez pasado su fervor inicial por aquella nueva nación, avisando de su inquietante papel hegemónico en el futuro.

  • “Esta república federal nació pigmea por decirlo así, y ha necesitado del apoyo y fuerzas de dos estados tan poderosos como España y Francia para conseguir la independencia. Llegará un día en que crezca y se torne gigante y un coloso temible en aquellas regiones. Entonces olvidará los beneficios que ha recibido de las dos potencias, y sólo pensará en su engrandecimiento…”.

Don Blas de Lezo en la Casa de América… en su casa

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Don Blas de Lezo. (Foto del autor).

Sobre Don Blas de Lezo y Olavarrieta, insigne marino y héroe en la defensa de Cartagena de Indias en 1741, escribí hace un tiempo (Ver https://wp.me/p485gT-J) con motivo de la inauguración de su estatua en la plaza de Colón de Madrid. Hoy lo vuelvo a hacer, aunque sea brevemente, tras visitar la última exposición que sobre su figura y la gesta americana que protagonizó se muestra estos días en la Casa de América de Madrid.

Lo primero, por supuesto, es recomendarles que se acerquen a verla. Es gratuita, se ve en un rato y saldrán de allí con mejores nociones de aquellos años de la primera mitad del siglo XVIII y de cómo este vasco tullido, a la par que tenaz e inteligente, pudo rechazar a una flota inglesa de dimensiones nunca antes vistas pese a la inferioridad numérica y de recursos que disponía entonces.

La exposición se centra en resumir los hechos por los que hoy es mayormente recordado y reivindicado tras permanecer muchos años en el cajón del olvido: la heroica defensa que comandó del estratégico enclave de Cartagena de Indias en el marco de la Guerra del Asiento o Guerra de la Oreja de Jenkins.

Precisamente, el recorrido de la muestra comienza por situar al visitante en aquellos años previos a la defensa de Cartagena protagonizada por Blas de Lezo en 1741. Un periodo de tensiones con los ingleses por el control de las rutas comerciales con América, en el que los primeros trataban de romper el monopolio español con el contrabando y la piratería mientras los segundos inspeccionaban y requisaban las mercancías que de una manera ilícita transportaban dichos navíos.

De ahí surge la mecha que prendió todo, aunque en realidad el caldo de cultivo de la enemistad y hostilidad entre ambos países era ya amplio y recurrente, acrecentada tras la firma del tratado de Utrech que puso fin a la guerra de Sucesión española en 1713 y por el que España perdió Gibraltar y Menorca a manos de la pérfida Albión. La isla mediterránea la recuperó España en 1782, en cuanto a Gibraltar, pues ahí está, cuestión perdida me temo…

También se incluyen unos paneles explicativos sobre la trayectoria vital y sobre todo militar de don Blas de Lezo: las contiendas en las que participó y las misiones y cargos encomendados hasta llegar a Cartagena de Indias. Por último, un mapa de situación y más paneles narran los principales hechos de la defensa de Cartagena.

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Maqueta del navío Galicia. (Foto del autor).

En cuanto a los apoyos o piezas expositivas me quedo con las estupendas maquetas de la fortaleza de San Felipe de Barajas y de otros dos baluartes defensivos más pequeños. También, la maqueta del navío Galicia, nave capitana de los seis barcos con los que contaba Blas de Lezo y que fueron inteligentemente utilizados para defender de la mejor manera posible la ciudad ante una flota inglesa impresionante de más de 150 barcos de todos los tipos.

Varios magníficos cuadros –me encanta el que representa la retirada inglesa- uniformes militares, bustos y algunos manuscritos sobre el insigne marino –creo que sólo uno de don Blas de Lezo si no mal recuerdo- acompañan también al visitante en su recorrido.

Visitando esta exposición en la Casa de América recordé otra que hubo en el Museo Naval hace unos tres años. Aquélla era más amplia y contaba con una recreación audiovisual extraordinaria en la que se explicaban con detalle las vicisitudes y principales hechos del asedio infructuoso de los ingleses y la inteligente y brava defensa del enclave español por don Blas de Lezo y los suyos.

En cualquier caso, les recomiendo visitar esta nueva oportunidad de acercarnos a la figura de este gran marino para recordar los hechos por él protagonizados en la defensa de Cartagena de Indias… Al fin y al cabo, don Blas de Lezo está en la Casa de América… en su propia casa.

Tienen hasta el 16 de marzo para visitarla, no se la pierdan… Luego irá a Boadilla del Monte, San Sebastián de la Gomera y otros destinos.

Tienen más información en la web de la Asociación Cultural Blas de Lezo, http://www.acblasdelezo.es/

Por el Estrecho de Magallanes, 500 años después…

La ciudad chilena de Punta Arenas, cosmopolita y abierta, americana y europea, es el centro neurálgico del Estrecho de Magallanes. Fundada a mediados del siglo XIX, es además el campamento base de multitud de expediciones antárticas. De hecho, próximamente allí se ubicará el Centro Antártico Internacional, dado su enclave y puerto estratégico.

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Un servidor en Punta Arenas, ante Fernando de Magallanes.

En su plaza principal, una gran estatua de Fernando de Magallanes otea el horizonte en recuerdo de su gesta y la de poco más de 200 hombres que partieron desde San Lúcar de Barrameda en noviembre de 1519 con la misión de costear el sur del continente americano hasta dar con un acceso natural que les comunicara con el Mar del Sur para continuar travesía hacia el este, hacia las islas de las Especias.

A los pies del navegante portugués está la figura de un indio patagón, así llamado por Magallanes al ver su estatura y, sobre todo, sus grandes pies. Todo aquél que visita este lugar y quiere regresar debe tocar y besar el pie del indio… A tenor de cómo está el pie citado muchos seremos los que quizás volveremos por estas tierras… ¡Ojalá!

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Cumpliendo la tradición junto a mi hija…

Hallado dicho paso tras dos años de travesía plagados de penalidades, frío helador, hambre y motines entre los cinco barcos que componían la expedición, casi un mes les llevó atravesarlo desde el Atlántico hasta el Mar del Sur, denominado por Magallanes “Oceáno Pacífico” al encontrarlo en calma tras sufrir numerosas tormentas y vendavales infernales en su larga singladura anterior.

Sólo tres de los cinco navíos llegaron al Pacífico -uno había naufragado previamente y otro desertó- y continuaron viaje hasta llegar a las islas Filipinas primero –donde murió Magallanes a manos de los indios- y más tarde a las Molucas. Finalmente, casi tres años después de su partida, en septiembre de 1522, sólo 18 hombres al mando de Juan Sebastián El Cano pudieron regresar a España en la nao Victoria para dar cuenta de su hazaña.

Aquellos 18 hombres habían sido los primeros en circunnavegar la tierra al hallar el anhelado paso entre ambos océanos y regresar a España para dar cuenta de ello. Supervivientes casi milagrosos de mil peligros y penalidades, tres años después de su partida volvían débiles y enfermos pero cargados de especias y de mil aventuras que contar.

Prestos a conmemorar como se merece los 500 años del descubrimiento del Estrecho de Magallanes, he querido recordar brevemente su gesta pues he tenido la fortuna de viajar recientemente por aquellas lejanas tierras y de surcar las aguas del mítico Estrecho de Magallanes.

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Cruzando el Estrecho de Magallanes desde Tierra del Fuego.

Lo hice de norte a sur y viceversa –por dos lugares diferentes- desde la ciudad chilena de Punta Arenas hasta la isla grande de Tierra del Fuego, en concreto a Puerto Porvenir en la parte chilena de dicha isla mítica (actualmente el 52% pertenece a Chile y el 48% a Argentina).

En este inolvidable viaje me impresionó sobremanera rememorar su historia y tratar de imaginar sus temores, angustias, peligros, enfermedades, fríos, tempestades, hambre y dificultades de todo tipo que protagonizaron en sus carnes aquellos hombres intrépidos hace 500 años. Pese a haber estado allá durante el verano austral, los fríos vientos te acompañan siempre y la temperatura se eleva apenas unos cuantos grados sobre 0, lo que obligó a un servidor a hacerse con un gorro y guantes para tapar su cabeza, orejas y manos… Imagínense hace 500 años como sería la cosa para aquellos hombres.

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Telesilla del Club andino, en el cerro Mirador. Punta Arenas, el mar y al fondo la isla de Tierra del Fuego.

 

 

 

 

 

 

 

De Punta Arenas, aprovecho para recomendarles un paseo por la costanera, azotada siempre por una más que fresca brisa, patear sus calles principales y subir a dos miradores: el del cerro de la Cruz, en la propia ciudad y el del Club Andino, en el cerro Mirador donde en invierno se puede esquiar con vistas al mar. Tras tomar el telesilla y ascender hasta allí el panorama que se divisa es espectacular, con Punta Arenas abajo, el mar del Estrecho de Magallanes a continuación y al fondo la isla grande de Tierra del Fuego. Lógicamente, con la altura el viento se hace más presente pero la visión que uno tiene merece mucho la pena, pues además estás rodeado de bellos bosques de lengas, árbol aclimatado a dicho clima y latitudes extremas.

Si quieren comer bien pidan el cordero magallánico, muy presente en esta zona, y pescado, sobre todo pejerrey, merluza austral y congrio. Nada es barato en Punta Arenas y el extremo sur de Chile, su lejanía y riguroso clima hacen que casi todo tenga que traerse del resto del país, lo que sin duda encarece su precio (frutas, verduras,…) pero merece mucho la pena llegar hasta el fin del mundo…

En una próxima entrega les contaré lo que hallé en la isla grande de Tierra del Fuego

«Oro», como hacer de la historia una ficción…

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El otro día fui a ver “Oro”, película dirigida por Agustín Díaz Yanes y basada en un relato inédito de Arturo Pérez Reverte. Me gustó verla –lo que no quiere decir que me resultara totalmente satisfactoria- y tiene escenas muy dignas, recreadas con cuidado y esfuerzo para resultar efectistas en la gran pantalla. Bebe claramente de algunos episodios y hechos acaecidos en la conquista de América, pero es una película de ficción, la traslación al cine del texto escrito de Reverte, un relato o novela histórica.

La conquista de América, olvidada y sobre todo vilipendiada en estos tiempos de zozobra histórica, sectarismo y apología de lo políticamente correcto, fue un hecho impresionante que tuvo como protagonistas a rufianes, frailes corruptos y sanguijuelas varias pero también a hombres de honor, religiosos defensores de los indios y gentes de diferente condición que trataban de buscarse la vida en el Nuevo Mundo en unos tiempos difíciles y duros para casi todos.

“Oro” es una película de ficción que mezcla o toma prestados episodios diferentes de aquellos tiempos. Inevitable no recordar nada más comenzar y durante toda la película la sangrienta expedición de Pedro de Ursúa y el “loco” Lope de Aguirre en la búsqueda de El Dorado, a Francisco Pizarro en la isla del Gallo cuando se plantean si seguir o retroceder, a Gonzalo Guerrero en el personaje interpretado por Juan Diego, a Núñez de Balboa en el final de la película, etc.

El relato de Pérez Reverte –que imagino será publicado en unos meses bajo el mismo título de la película o similar, ya saben “la novela sobre la conquista de América que inspiró “Oro”– habrá que leerlo cuando se publique para ver en cuánto y en cómo se parece a la película visionada, en una interesante inversión de papeles no habitual. Seguramente será mejor.

Como he dicho al principio, me gustó ver la película y aprecio el esfuerzo invertido por recrear aquella época, circunstancias y personajes de la conquista de América. Por supuesto, los que más abundan son los personajes oscuros, los rufianes, la sangre por doquier y el único religioso que aparece es un corrupto libidinoso, como no podía ser de otra manera. Se tiende a jugar a favor de obra  y a reflejar lo que más se resalta hoy en día de aquellos hechos, que todos o casi todos eran hombres viles… cuando no era así, simplemente eran hombres y mujeres de su tiempo, de toda condición, también con honor, y con una mentalidad, códigos y leyes muy diferentes a los actuales.

Mi principal crítica no es a la película en sí –recomiendo que vayan a verla- sino al cine español en general. Teniendo a personajes impresionantes como Cabeza de Vaca, Cortés, Ojeda, Balboa, Orellana, Pizarro –cualquiera de los hermanos-, Valdivia, El Cano, Coronado y un largo etcétera, nadie se atreve a tratar de reflejar en la gran pantalla lo que vivieron estos tipos de carne y hueso. No habría que inventarse nada, todo está escrito, y sus peripecias, hazañas, luces y sombras no dejarían indiferente a nadie.

Si los citados, y otros muchos que no menciono por no cansarles, fueran ingleses, franceses o no digo ya estadounidenses las películas sobre ellos serían abundantes, con un despliegue de medios tremendo y obteniendo seguramente un gran éxito de público y crítica… pero todos tuvieron la mala fortuna de ser españoles. Ajo y agua.

Por ponerles sólo un ejemplo, no conozco mayor gesta y aventura que la protagonizada por Alvar Núñez Cabeza de Vaca, un tipo que en 1528 desembarca en la Florida, fracasa la expedición entre mil penalidades y sobrevive como puede entre los indios, siendo esclavizado primero, luego convirtiéndose en médico o curandero, más tarde en mercader entre los indios de la costa y el interior para acabar escapando y recorriendo gran parte de Norteamérica a pie en un ejercicio de supervivencia brutal. Así pasó más de ocho años, contándolo luego en “Naufragios”…

¿Para cuándo una película sobre Cabeza de Vaca? A ver si alguien afronta el reto, aunque lo dudo, no vaya a ser que se nos caiga el mito de que los castellanos de aquél tiempo eran únicamente hombres sanguinarios y violadores sedientos de oro…

Ver… https://wp.me/p485gT-2L

La india Catalina…

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La india Catalina. Cartagena de Indias. (Foto del autor).

Me topé con ella dos veces durante mi reciente visita a la bella Cartagena de Indias y eso me animó a leer y conocer algo de la historia que se esconde detrás de esa regia india de torso desnudo, escueto taparrabos y pluma en la cabeza que preside majestuosa un parque y representa también el premio, la estatuilla que se entrega a los galardonados cada año en el Festival Iberoamericano de Cine de Cartagena de Indias.

¿Quién era esta mujer? Como ocurre con otros personajes históricos, el mito o la leyenda envuelven a la india Catalina, aunque varios cronistas y diversos documentos prueban su existencia, situándola como un personaje clave en la llegada y asentamiento de los españoles en territorio colombiano.

Se desconoce su verdadero nombre -Catalina fue el que le dieron los españoles tras ser bautizada- pero sí se sabe que fue raptada de su aldea de Zamba por Diego de Nicuesa en torno a 1509, en una de aquellas incursiones sangrientas que Nicuesa, Alonso de Ojeda y otros hacían en aquellos primeros años del siglo XVI por la costa caribeña de la actual Colombia.

Los indios de la zona no se mostraban muy pacíficos ante la llegada de aquellos extraños barbudos sedientos de oro, así que se sucedieron los enfrentamientos, las flechas envenenadas que acabaron con muchos castellanos –entre ellos con el célebre cosmógrafo Juan de la Cosa– y las represalias crueles de los hispanos que arrasaban con las aldeas y poblados.

Catalina, apenas una adolescente de 14 años, fue enviada a Santo Domingo, donde fue educada en la lengua, religión y cultura españolas. Casi veinte años después la encontramos de nuevo en su tierra natal, donde ya los españoles se iban asentando y expandiendo tras la fundación de Santa Marta por Rodrigo de Bastidas en 1525.

En 1533, cuando un arrogante y ambicioso Pedro de Heredia funda Cartagena de Indias, se sirve de la india Catalina para ver facilitadas sus misiones de conquista y exploración en aquellas tierras. De hecho, sirvió como lengua o intérprete con numerosas tribus de indios para que aceptaran la llegada de los hombres blancos, frenar su encarnizada resistencia y recibir la palabra de un Dios que ella ya sentía como suyo desde hacía años. Amancebada con el conquistador madrileño, no tuvo reparos sin embargo en declarar contra él en 1537 acusándole de haber robado el oro del rey en el primero de los juicios de residencia a los que tuvo que hacer frente Heredia.

Parece que poco después tuvo una relación o incluso de casó con Alonso Montes, sobrino de Pedro de Heredia, y algunos autores sostienen incluso que vivió largos años en Sevilla, donde murió casi centenaria… aunque este extremo no ha podido ser demostrado y es puesto en serias dudas.

Traductora, pacificadora y evangelizadora son tres de los calificativos más usados para referirse a esta enigmática mujer, raptada de entre los suyos cuando era apenas una niña para pasar a asimilar la cultura y modo de vida de los españoles.

Aunque su recuerdo está muy vivo en Colombia, esta mujer despierta ciertas controversias, no tantas como la célebre Malinche pero sí las lógicas de quien siendo una india contribuyó a asentar la conquista de los españoles en el territorio colombiano, aplacando la resistencia de numerosas tribus indias de aquellos duros territorios.

Sin duda fue lo que le tocó vivir, ella no lo eligió y su papel fue fundamental para ahorrar más víctimas entre españoles e indios, ya que procuró y a veces logró un mayor entendimiento pacífico entre ambos pueblos.

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La india Catalina. Cartagena de Indias. (Foto del autor).

La imagen que hoy vemos de ella, idealizada como india regia y adulta sin duda nunca se dio en realidad, ya que tras ser raptada de niña adoptó las costumbres de los españoles en su vida posterior.

Sería más correcto representarla a la manera hispana, con su vestido, calzado y demás, pero entonces ya no veríamos a la india Catalina

El hábito no hace al monje, pero ayuda…

 

 

 

Carlos III en el Museo Arqueológico

 

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Carlos III niño (1727), Biblioteca Nacional. Foto del autor.

Deberían ir a ver la exposición “Carlos III. Proyección exterior y científica de un reinado ilustrado” que acoge hasta el próximo día 26 de marzo el remozado Museo Arqueológico de Madrid. Quedan pocos días y les aseguro que merece mucho la pena.

Miguel Luque Talaván -profesor mío en el máster de Historia y Antropología de América de la Universidad Complutense que cursé el año pasado- es el comisario de esta magnífica muestra que ofrece un acercamiento al reinado de uno de nuestros monarcas más célebres y el que mejor crítica ha recibido con el paso de los años.

La exposición está dividida en cuatro bloques: “España e Italia. Relaciones e intereses internacionales (1716-1759); “El trono de España y los reinos ultramarinos”; “La proyección internacional de la monarquía. España en el sistema internacional”; y, “Un mundo por conocer. Cultura y Exploraciones científicas”.

En todos ellos, destaca la riqueza visual plasmada en algunos de los mejores cuadros que se conservan de Carlos III y sobre hechos significativos de sus reinados -primero en Nápoles (1735-1759) y después en España (1759-1788)-. Majestuosos e impresionantes son los cuadros de la visita de Carlos III como rey de Nápoles al Papa Benedicto XIV en 1746 o el que muestra la partida de la flota real desde la ciudad italiana para viajar a España y asumir la corona que había dejado vacante su hermanastro Fernando VI en 1759.

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Carlos III visita al Papa Benedicto XIV (1746). Palacio Real de Capodimonte (Nápoles). Foto del autor.

También guían al visitante las litografías, monedas, medallas, piezas de cerámica, mapas, objetos y lienzos sobre acontecimientos y personajes importantes en su reinado como Bernardo de Gálvez, el Conde de Aranda, el Marqués de Floridablanca, George Washington, etc.

Acompañan a todos los elementos visuales textos precisos y explicativos de cada uno de ellos, destacando la pormenorizada descripción de algunas alegorías del reinado de Carlos III, así como de los elementos que componen cada retrato, tema en el que se nota la mano experta del comisario de la exposición.

Como en casi toda exposición, se puede echar en falta algo más de espacio y de desarrollo de algunos contenidos que son solamente esbozados a lo largo de la muestra, pero su valor más importante es que condensa y refleja acertadamente el título de la misma “Carlos III: Proyección exterior y científica de un reinado ilustrado”.

Uno sale de ella con la impresión de que Carlos III fue un monarca global, con amplia experiencia de gobierno tras ser duque de Parma y, sobre todo, rey de Nápoles y Sicilia durante más de veinte años. La proyección exterior de España fue muy importante en su época, extendiendo su influencia en Italia y todo el mediterráneo y, por supuesto, en América.

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Carlos III, de Salvador Maella. Banco de España.(Fotografía del autor).

Bajo el reinado de Carlos III, la monarquía hispana se resistía a perder influencia y poder, reforzando así su poderío naval, tratando de tener un mayor control de sus vastos territorios americanos –económico, militar, administrativo- participando en la Guerra de los Siete años (1756-1763) en virtud de los Pactos de Familia con los franceses, recuperando Menorca aunque no Gibraltar, apoyando la independencia de los Estados Unidos para atacar los intereses británicos en el continente americanos, expulsando a los jesuitas, etc.

No todo le salió bien, ni mucho menos, aunque parece claro que no fue un monarca pasivo, un mero “rey cazador” como otros, y que intentó siempre defender y fortalecer la posición de España en aquél mundo cambiante del siglo XVIII, rodeándose para ello de hábiles y preparados consejeros. Por otra parte, contribuyó a forjar la identidad nacional con la adopción de una nueva bandera de España, la que hoy con ligeras variaciones nos representa.

También, por supuesto, fue un monarca ilustrado. Mecenas de las artes y de la arqueología –disciplina de la que muchos le consideran uno de sus fundadores- célebres fueron las excavaciones de Herculano y Pompeya en Italia o la de la ciudad maya de Palenque en la Nueva España. Llevadas cabo bajo el impulso de su reinado, influyeron en otras investigaciones como la del obispo de Trujillo Baltasar Jaime Martínez Compañón sobre las culturas moche y chimú del norte de Perú.

Las expediciones científicas se sucedieron también en este periodo, destacando entre ellas la de José Celestino Mutis que se extendió durante cerca de 30 años y que comenzó en 1783 para estudiar y recoger muestras de la flora americana tras la creación en 1781 del Real Jardín Botánico en Madrid. Hubo otras muchas a lo largo de todo el continente americano, llevando a los españoles hasta Tahití y la isla de Pascua, y hasta Alaska en el norte.

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Mapa que muestra las múltiples expediciones españolas durante el reinado de Carlos III. (Foto del autor).

También, en 1771 se creó el Real Gabinete de Historia Natural, precedente de los actuales Museo de Ciencias Naturales, Museo Arqueológico y del Museo de América, al dividirse posteriormente las colecciones.

En fin, tras un recorrido de lo más ameno por los cuatro bloques antes citados, la exposición concluye con “Carlos III y la posteridad” en la que, brevemente, se destaca la positiva imagen que dejó el reinado de este monarca en España y en toda Europa. Para ello, recurre al “Elogio de Carlos III” proclamado por Gaspar Melchor de Jovellanos en 1788: “Ciencias útiles, principios económicos, espíritu general de ilustración… ved aquí lo que España deberá al reinado de Carlos III”.

Con sus luces, muchas más que sus sombras, Carlos III dejó como legado su impronta de rey ilustrado, mecenas de las artes, arquitecto urbano, arqueólogo, científico, y artífice de una modernización sin precedentes en la administración y gobierno de España y sus territorios. No siempre acertó, como ocurrió especialmente en América con sus reformas centralizadoras borbónicas, pero fue mucho lo que aportó este monarca en sus 30 años de reinado…

Anímense y vayan a ver la exposición. Quedan pocos días, abre el sábado hasta las 20 horas y el domingo hasta las 15 horas… Y no se apuren, encima es gratis y sólo el cuidado folleto que se lleva uno ya merece la pena…

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El conspirador de México ejecutado en Flandes…

“Sea sacado encima de una mula, atado pies y manos, con pregón público que manifieste su delito y traído por las calles públicas donde se hiciere la ejecución desta sentencia hasta llegar a la horca y le sea cortada la cabeza y apartada de los hombros, la cual mandamos que se ponga en la horca, demás en perdimiento de todos sus bienes aplicados para la cámara y fisco de Su Majestad”.

(México, 12 de enero de 1568).

Las peripecias del infortunado Bernardino Maldonado son dignas de relatarse pues, tras ser condenado a muerte por participar en la conspiración de Martín Cortés en México (1566) –sobre la que escribí hace un tiempo, ver http://wp.me/p485gT-3J -, sobrevivió casi diez años gracias a su ingenio y a las lagunas de la justica de aquél tiempo, aunque finalmente fuera ejecutado en Flandes en el verano de 1575, en un ejemplo significativo de la eficaz maquinaria diplomática y del poder de la propia Monarquía Hispana…

Natural de Salamanca, Bernardino Maldonado pasó al Perú en la década de 1550 y tras probar allí fortuna un tiempo anduvo también por Guatemala para recabar finalmente en México en 1565. En estos lugares se juntó con personajes digamos que inquietos y sospechosos de andar en conspiraciones y rebeldías contra la autoridad real de oficiales y oidores, aunque su perdición final llegaría al estar “ocioso” en México y juntarse en las tabernas con algunos de los participantes en la conspiración de Martín Cortés además de asistir a diversas reuniones con algunos de los conjurados, incluido con su cabecilla el citado marqués del Valle.

Cuando en el verano de 1566 se destapó la conspiración, decenas fueron los arrestados y algunos los ejecutados sin demora en una Nueva España agitada y sin virrey en aquél momento. Sin embargo, Bernardino Maldonado prolongó su libertad al enrolarse en las fuerzas que luchaban en las campañas frecuentes contra los fieros indios chichimecas al norte del virreinato. Así pasó más de un año hasta que, camuflado entre la tropa, no pudo evitar ser arrestado en octubre de 1567.

Aunque al principio lo negó todo, confesó tras aplicársele el tormento oportuno y se convirtió de hecho en uno de los principales testigos contra Martín Cortés pues comunicó directamente sus intenciones a las autoridades, cosa que no hicieron otros arrestados…

“… que habían de matar a todos los oidores e oficiales del rey e a sus oficiales e alzarse con la tierra y hacerse rey”.

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El marqués de Falces, virrey de la Nueva España (1566-1568)

Condenado a muerte en México el 12 de enero de 1568, poco después, el 3 de febrero los jueces de la Audiencia decidieron aplazar su ejecución para tratar de sonsacar más información al reo y, el marqués de Falces, virrey de la Nueva España decidió trasladarlo a España junto a Martín Cortés, con el doble objetivo de quitarse un marrón de encima y aliviar las tensiones existentes en el virreinato con estos procesos…

Así pues, la odisea penal de Bernardino Maldonado continuó en España donde tras pasar seis años a la sombra en Madrid, el Consejo de Indias revisó su caso en 1574 y terminó por conmutarle la pena de muerte por otra de destierro y servicio de armas a su costa en el presidio de La Goleta, en Túnez.

So pena de ser ejecutada su primera sentencia y ser por tanto decapitado, Maldonado solicitó seis meses para llegar a La Goleta y dio garantías de cumplir con ello, dejando fianza de 10.000 ducados, merced al supuesto compromiso rubricado ante notario por varios familiares y amigos suyos de Salamanca. Así, Maldonado salió libre de la cárcel de Madrid en julio de 1574 para dirigirse hacia Cartagena y desde allí embarcarse hacia el presidio de La Goleta en el norte de África…

Todo, sin embargo, fue obra de un ardid de Maldonado que fue descubierto poco después. Para su desgracia, España perdió la posesión de la fortaleza de la Goleta y, por tanto, su destino final para cumplir su pena debía ser otro. Al tratar la Justicia de comunicárselo a sus fiadores para que fuera avisado el condenado, resultó que los fiadores no eran tales y ni siquiera el notario había rubricado el documento… Todo había sido objeto de una burda pero eficaz falsificación tramada por Bernardino con alguna ayuda externa y que había conseguido engañar al todopoderoso Consejo de Indias.

Del condenado nada se sabía y ningún rastro había dejado de su supuesto viaje a Cartagena… ¿Dónde estaba el prófugo Jerónimo Maldonado? Los acontecimientos dan ahora un giro inesperado, pues nuestro protagonista aparece en París en la primavera de 1575, casi un año después de su salida de la cárcel. Se presenta ante el embajador, Diego de Zúñiga, ocultando su condena y con la intención de que le ayude a llegar a Flandes para unirse a los tercios. Una vez más, al igual que hizo en México al buscar refugio en las tropas que combatían en el norte a los chichimecas, Maldonado opta por las armas para pasar desapercibido y servir así al rey, tratando de ocultar su pasado.

Maldonado confiaba en que el embajador de España en Francia no tuviera noticias de su oscuro historial, pero ese fue su mayor error. Tras la traición de un cura que le había confesado y que informó al embajador, éste le retuvo hasta la llegada desde Madrid de Juan de Arce para hacerse cargo de él. Con instrucciones desde España, el embajador pidió audiencia al monarca francés Enrique III y a su madre Catalina de Médicis, con el objetivo de que apresaran a Bernardino y le escoltaran hasta Cambrais, última fortaleza neutral antes de llegar a Flandes donde los españoles se harían cargo de él.

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Enrique III, rey de Francia

El embajador Zúñiga alegó ante el monarca francés el necesario apoyo que ambos reyes debían prestarse ante casos como aquél de delitos de “lesa majestad”. En su carta a Felipe II explica cómo argumentó en este sentido ante Enrique III:

“…este era uno de los casos en que los reyes estaban muy obligados a corresponderse y que yo tenía por cierto que si un caballero suyo hubiera cometido semejantes delitos e ido a esa Corte, V.M. era tan grande amigo suyo que se le mandara entregar…”

Así fue como, por interés mutuo o solidaridad entre ambos monarcas ante un traidor contra la autoridad real, “dos días después por la mañana, el Prevoste que es como el alcalde de Corte, con ocho archeros del Rey y el secretario de don Diego, prendieron al dicho Bernardino Maldonado en su cámara que tenía junto a la posada de don Diego…”.

A los pocos días una curiosa comitiva formada por diez soldados franceses y dos castellanos salía de París custodiando al rebelde Maldonado en su trayecto hasta Cambrais. Una vez allí, los españoles se hicieron cargo de él y lo trasladaron a una prisión de Flandes, donde tras un breve periodo de encierro, fue finalmente decapitado en Amberes la mañana del 23 de agosto de 1575 por “traición e insurrección contra el servicio del rey en Nueva España”.

Curioso el caso de Bernardino Maldonado, un infortunado castellano que emigró a las Indias a mediados del siglo XVI, un tiempo convulso tanto en el Perú como en la Nueva España por la aplicación de las Leyes Nuevas que restaban poder a los encomenderos y primeros conquistadores. Rebeliones y motines se sucedieron y pillaron a Bernardino allí, tratando de buscar fortuna  entre los descontentos con la autoridad real, tanto de los poderosos encomenderos como de los españoles como él que no tenían mucho más que hacer que apostar fuerte y unirse a una de aquellas conspiraciones para tratar de mejorar así su posición y futuro… Apresado y sentenciado a muerte, sobrevivió casi diez años más con suerte y astucia a partes iguales, aunque seguramente no contaba con ser de nuevo hecho preso por el rey francés y ser entregado a los españoles para que finalmente su cabeza fuera separada de su cuerpo… Los tentáculos y el poder de la Monarquía Hispana eran enormes en aquél tiempo y no iba a perdonar a un traidor contra la autoridad real que, además, se había burlado de la Justicia y del Consejo de Indias

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He conocido este caso concreto gracias al muy interesante libro de Gregorio Salinero, “Hombres de mala corte. Desobediencias, procesos políticos y gobierno de Indias en la segunda mitad del siglo XVI”, en el que repasa los múltiples casos de sublevaciones, conspiraciones o rebeldías que tuvieron lugar en la América hispana en aquellos tiempos…

Muy recomendable.