El náufrago de la Felicísima Armada…

“Creo se admirará V. m. [Vuestra merced] viendo esta carta, por la poca seguridad que se puede haber tenido de que yo soy vivo, y porque dello sea V. m. bien cierto, la escribe, y algo larga, porque hay harta causa para que lo sea, por los muy grandes trabajos y infortunios que por mí han pasado desde que salió la Armada de Lisboa para Inglaterra, de los cuales Nuestro Señor, por su voluntad infinita, me ha librado; y porque no he hallado ocasion más há de un año para escribir á V. m., no lo he hecho hasta agora, que Dios me ha traído á estos estados de Flándes, donde llegué habrá doce días con los españoles que escaparon de las naos que se perdieron en Irlanda y Escocia y Setelanda, que fueron más de veinte, las mayores de la Armada, en las cuales venía mucha gente de infantería muy lucida, muchos capitanes y alférez y maesos de campo y otros oficiales de guerra, muchos caballeros y otros mayorazgos, de todos los cuales, que serian más de docientos no se escaparon cinco cabales, porque murieron ahogados, y los que nadando pudieron venir en tierra, fueron hechos pedazos por mano de los ingleses que de guarnición tiene la Reina en el reino de Irlanda.

Yo me escapé de la mar y destos enemigos por encomendarme muy de veras á Nuestro Señor y á la Vírgen Santísima madre suya, con trecientos y tantos soldados que también se supieron guardar y venir nadando á tierra, con los cuales pasé harta desventura, desnudo, descalzo todo el invierno, pasado más de siete meses por montañas y bosques, entre salvajes, que lo son todos en aquellas partes de Irlanda donde nos perdimos, y porque me parece que no es bien dejar de contar á V. m., ni que se queden atrás la sinrazón y tan grandes agravios que tan injustamente y sin haber en mi falta de no haber yo hecho lo que me tocaba me quisieron…”

Así comienza la carta que el capitán español Francisco de Cuéllar escribió al rey Felipe II un año después del desastre de la Gran Armada o Felicísima Armada –lo de Armada Invencible fue invento posterior anglosajón- contra Inglaterra en 1588. En ella describe con crudeza su infortunio y peripecias sufridas tras naufragar su galeón San Pedro en las costas de Irlanda y ser arrojado semidesnudo a unas tierras en las que las tropas inglesas acechaban para ahorcar y dar muerte al invasor católico español –cosa que hicieron con centenares de los que también dieron con sus huesos en aquellas costas salvajes-.

Cuéllar sobrevivió a esa cacería desatada por los ingleses contra los españoles indefensos y náufragos tan lejos de su patria. En su huida por tierra, recorrió buena parte del noroeste de una Irlanda húmeda, oscura y fría, siendo asaltado, apaleado, desnudado y herido pero también ayudado por algunos católicos irlandeses que le escondieron y dieron algo de abrigo y comida para después continuar atravesando bosques, prados, castillos y ensenadas en una lucha por sobrevivir que sería digna del mejor guión de Hollywood.

Singladura Armada

Pese a que los hechos suceden en torno a Inglaterra, Irlanda, Escocia y Flandes, tiene mucho sentido incluir en mi blog a este personaje, ya que el capitán Cuéllar navegó varias veces por las Indias en diferentes singladuras antes y después del desastre de la Armada y también porque entre las causas que motivaron la formación e intento de conquista de Inglaterra estuvo la de poner freno a los asaltos del pirata Drake a nuestros principales puertos y ciudades de América, amenazando también la flota que atravesaba el Atlántico entre España y las Indias.

Dos han sido los libros que me han sumergido en esta apasionante historia protagonizada por un soldado anónimo, uno más de los que luchaban en los confines del imperio español de entonces por una escasa soldada, mala comida y padecimientos de todo tipo lejos de su casa: “La fuga del náufrago” de Miquel Silvestre, en el que el conocido viajero y escritor recorre Irlanda siguiendo las huellas de Francisco de Cuéllar y de los cientos de españoles que allí naufragaron y que en su mayoría encontraron allí la muerte; y “El náufrago de la Gran Armada”, novela histórica de Fernando Martínez Laínez, muy bien documentada y en la que cobran protagonismo los principales personajes de aquellos hechos hoy apenas recordados.

Entre los dos rescatan la epopeya vivida por Francisco de Cuéllar, tomando como referencia la carta que él mismo escribió a Felipe II e ilustran sobre algunos de los motivos que causaron el desastre de la Felicísima Armada: el ataque previo del pirata Drake al puerto de Cádiz y a parte de la flota; la muerte del almirante de la Felicísima Armada Don Álvaro de Bazán, marqués de Santacruz y nuestro mejor marino, poco antes de zarpar los barcos; su sustitución por el inútil Duque de Medina Sidonia, nada experto en la mar ni en gobernar una flota de tal tamaño, además de sufrir mareos y reuma como él mismo reconocía; la escasa y dificultosa comunicación entre la flota y las tropas de tierra de Alejandro de Farnesio que aguardaban para embarcarse en Flandes; la labor de los espías ingleses y del ínclito Antonio Pérez que anularon el factor sorpresa; las dudas y confianza ciega en nuestro destino divino del monarca Felipe II; y, cómo no, “los elementos”, las inclemencias metereológicas que no ayudaron precisamente en aquellos días del verano de 1588.

Naufragios Gran Armada

El capitán Francisco de Cuéllar se salvó de milagro de aquél desastre en Irlanda en el que perecieron cientos de sus compatriotas, siguió su vida de soldado en Flandes durante años y más tarde a bordo de alguno de nuestros navíos… Muchos de nuestros mejores marinos Oquendo, Leyva, Recarte no lo contaron y el incapaz Duque de Medina Sidonia se retiró a sus amplias posesiones de Andalucía junto a su esposa, Ana Gómez de Silva y Mendoza, hija de la siempre misteriosa princesa de Éboli… y, quizás también, del propio monarca Felipe II.

4 comentarios en “El náufrago de la Felicísima Armada…

  1. Muy interesante. Estuve en Irlanda y , sobre todo, en Fair Isle, con los restos de El Gran Grifón. También en Noruega, buscando los restos de las urcas de la Liga Hanseática que pidieron permiso para volver a sus bases de Rostok.

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