La jura de Felipe II como rey en la ciudad de México…

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Carlos V y Felipe II, de Antonio Arias Fernández (Museo del Prado)

“Castilla, Castilla, Nueva España, Nueva España, por el rey don Felipe nuestro señor”. (México, 6 de junio de 1557).

Ya les he comentado en alguna ocasión la importancia de las actas del Cabildo de la ciudad de México como fuente documental de la época virreinal. En sus tomos se encuentran las deliberaciones, asuntos y decisiones que tomaba el ayuntamiento de la capital de la Nueva España para regir y administrar la vida social, económica y judicial en el día a día, así como sus principales protagonistas. También, por supuesto, se encuentran numerosos detalles sobre la organización y celebración de los más variados festejos y ceremonias, entre ellas la que me dispongo a resumirles, la jura al monarca Felipe II que tuvo lugar durante los días 6 y 7 de junio de 1557.

Tras la abdicación del emperador Carlos en Bruselas en octubre de 1555, a su hijo Felipe le dejó “los reynos, señoríos y estados de la corona de Castilla y de León y lo anexo y dependiente a ellos en que se incluyen estos estados de las Indias…” como el propio y achacoso emperador relató en su carta de 16 de enero de 1556, misiva de la que no tuvo conocimiento el Cabildo de México hasta el 9 de abril de 1557.

En ese mismo documento, el emperador ya menciona lo que espera del Cabildo novohispano…

“…y siendo cierto que vosotros siguiendo vuestra lealtad y el amor que a mí y a él habeys tenido y teneys como lo habemos conocido por la obra, le servireys como confío y debéis a la voluntad que ambos os hemos tenido y tenemos y asy os encargamos y mandamos que alzando pendones y haciendo las otras solemnidades que se requieren y acostumbran para la execusion de lo susodicho de la misma manera que si Dios hubiera dispuesto de mi obedescays, sirbays y acceteys y respeteys al dicho serenísimo rey cumpliendo sus mandamientos por escrito y de palabra de aquí adelante como de verdadero señor y rey natural según y como abeys cumplido y debiades cumplir los míos propios y demás de hazer lo que soys obligado me torne por ello muy servido”.

Aquél mismo día, el 9 de abril de 1557, el Cabildo leía la carta que el rey Felipe II les mandaba…

“… lo he acetado confiando en Dios nuestro señor me dará fuerzas para administrar bien lo que su majestad me ha encargado, aliviándole de tantos trabajos y cuidados para que más libremente atienda al descargo de su conciencia que es su principal fin y a la conservación de su salud que se la deseo como la propia mía… no me queda que decir si no certificaros que acordándome de vuestra fidelidad y lealtad y del amor y afición especial que entre vos he conocido, mandaré mirar por lo que general y particularmente os tocare, haciéndoos merced y favor en lo que justo sea como lo merecéis y asy confío que en lo que ocurriere me servireys y ayudareys como lo habeys mostrado por la obra en lo que se ha ofrecido y sobre todo que seays bien gobernados y mantenidos en paz y justicia”.

Como podemos apreciar, al menos formalmente, el emperador pide y manda que se obedezca a su hijo y se alcen pendones por él, mientras que el rey, su hijo Felipe, confía en que le sirvan y solicita la ayuda de sus súbditos de México para cumplir con éxito tan alta misión. Pero vayamos al grano, a las celebraciones que tuvieron lugar tras recibir el cabildo estas nuevas…

Los actos, ya de por sí demorados más de un año por la tardanza con que llegaron las dos cartas antes mencionadas, tuvo que aplazarse todavía tres meses más, ya que por entonces el virrey don Luis de Velasco no se encontraba en la ciudad. Finalmente tuvieron lugar el fin de semana del 6 y 7 de junio de aquél año de 1557…

Todo comenzó a las siete de la mañana del día 6 cuando el pendón real fue llevado de las casas del Cabildo a la iglesia mayor para ser bendecido por el arzobispo de México don Alonso de Montúfar. El pendón llegó acompañado por las más altas autoridades civiles y demás caballeros principales, “… con sus mazas y entre los dos maceros un rey de armas con la cota y armas del rey don Felipe nuestro señor”, en una clara representación del monarca ausente.

A continuación, tras la bendición y misa, el pendón real se situó en el tablado o cadalso construido a tal efecto junto a la iglesia para que allí, “en un libro misal, sobre los Evangelios y una Cruz en que pusieron sus manos derechas juraron que de aquí en adelante tendrán por su señor y rey natural al rey don Felipe nuestro señor que Dios Nuestro Señor dexe vivir y reynar por largos y felices tiempos en su santo servicio…”. Así procedieron el virrey de la Nueva España, don Luis de Velasco, el presidente de la Audiencia, don Alonso de Zurita y demás oidores, el arzobispo antes mencionado, los alcaldes ordinarios de la ciudad Antonio de la Cadena y Alonso de Aguilar, el tesorero Hernando de Portugal y demás autoridades y caballeros principales.

Tras concluir el juramento de las más importantes personalidades de aquella sociedad novohispana, la máxima autoridad, el virrey don Luis de Velasco alzó el pendón real y gritó a la multitud Castilla, Castilla, Nueva España, Nueva España, por el rey don Felipe nuestro señor, palabras que repitió a continuación el rey de armas y que fueron seguidas por gran salva de artillería, música de trompetas y otro instrumentos. También, las armas del rey se colocaron en la residencia del virrey y en las casas del Cabildo en forma de banderas y pendones.

Aquí termina la narración de aquellos hechos por parte del escribano Melchor de Legazpi, hijo de Miguel López de Legazpi, el famoso navegante que pocos años después viajaría a las islas Filipinas y que junto a Fray Andrés de Urdaneta inauguraron el “tornaviaje” para regresar a América desde el Oriente. Melchor de Legazpi se acababa de estrenar como escribano de la ciudad de México en sustitución de su padre y nos dejó estas últimas palabras sobre la jura del rey Felipe II…

Y la misma solemnidad e juramento arriba contenidos fue tomado y recibido de don Cristóbal, yndio gobernador de México y don Hernando Pimentel, yndio gobernador del pueblo de Tescuco e don Antonio, yndio gobernador del pueblo de Tacuba e don Diego de Mendoza, yndio gobernador de Tlaltlelulco y Santiago, que son las cuatro cabezas desta provincia los cuales siendo presentes por lengua de Juan, frayle intérprete, lo hicieron en forma…”.

Vemos como los indios principales, a los que los castellanos premiaron con privilegios para así tener más control sobre el resto de la comunidad india, juraron obediencia y fidelidad al monarca a través de un fraile intérprete. Me pregunto si sabían realmente de qué trataba todo aquello aunque imagino que ya estarían bien aleccionados… Cuesta imaginar sus caras y expresiones en aquél momento tan solemne…

Aunque el escribano concluya aquí su narración, sabemos por las propias actas del Cabildo que tras la ceremonia de jura descrita hubo otras celebraciones durante la tarde y noche de aquél día 6 de junio y al día siguiente. Así, hubo “regocijo y mitote de los indios naturales de la ciudad en la plaza pública” además de pregonarse la noticia por toda la ciudad, luminarias y fuegos por la noche “en señal de verdadera alegría” y, al día siguiente, juego de cañas y toros, habitual manera de celebrar cualquier buena nueva en aquellos tiempos…

Como ocurrió con ocasión de natalicios, matrimonios y exequias fúnebres de la Corona, así como con motivo de sonadas victorias en Europa y en las muchas festividades religiosas que se celebraban entonces, el Cabildo de la ciudad de México deliberaba y organizaba con detalle las celebraciones oportunas, ocasiones para reafirmar el poder del rey, virrey y demás autoridades civiles y religiosas ante la sociedad y para que esta compleja y diversa sociedad novohispana tomara parte en dichas fiestas. Eran claramente un ejercicio de propaganda del poder, pero también eventos vertebradores y aglutinadores de tan variopinta y mestiza sociedad.

La jura de Felipe II en la ciudad de México en junio de 1557 fue la primera de un monarca hispano en territorio americano… Por eso la he querido recordar.

El criado oriental de Don Luis de Velasco «el joven»

“… Luis de Velasco, yndio natural de la provincia de Corea, convecina al Japón y a la China, me ha servido mucho años y aunque le he socorrido y dado lo necesario para su vestido, y por ser extranjero y haberme servido muy bien y con mucha fidelidad, mando que de mis bienes se le den 500 ducados de Castilla, y encargo a mis hijos le amparen y favorezcan en todo lo que se le ofreciere y porque ha tenido a su cargo cosas de mi recámara, quiero y es mi voluntad, que habiendo dado cuenta de las joyas y cosas de plata y oro, de lo demás, no se le pida cuenta más de aquella que Alonso de Lafuente dijere que debe dar”.

Esta curiosa cláusula aparece en el testamento dado en Madrid el 29 de abril de 1617 por Don Luis de Velasco y Castilla o Don Luis de Velasco “el joven” como se le conoce en historiografía para diferenciarlo de su padre Don Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón, Don Luis de Velasco “el viejo”.

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Si su padre fue virrey en la Nueva España entre 1550 y 1564, él le superó con creces en el desempeño de elevados puestos de gobierno y administración en las Indias. Así, fue virrey de la Nueva España entre 1590 y 1595, virrey del Perú 1595-1603, nuevamente virrey de la Nueva España 1607-1611 y, como colofón a tan exitosa carrera política bajo los reinados de Felipe II y Felipe III, presidente del Consejo de Indias de 1611 a 1617, año de su fallecimiento.

Presentado mínimamente tan elevado personaje, volvamos a la enigmática cláusula de su testamento. Sabemos y debernos fiarnos de lo que un enfermo Don Luis de Velasco nos dice sobre su amado criado: su origen oriental, “de la provincia de Corea”; que le ha servido muchos años –lo que nos hace dar por seguro que entró a su casa y servicio durante sus largos años en América (en México o en el Perú)-; le deja la nada despreciable suma de quinientos ducados de la época; pide a sus hijos que “le amparen y favorezcan”; y, encargado de sus joyas, pide que no se le pida cuenta “más de aquella que Alonso de Lafuente dijere que debe dar” (Alonso de Lafuente era su mayordomo o jefe de su casa).

Vemos en el anciano presidente del Consejo de Indias y tres veces virrey un agradecimiento sincero a este criado oriental y también una máxima confianza en él. Su nombre no nos da muchas pistas –era frecuente que los criados indios o, en este caso orientales, adoptaran el nombre de su señor- y, en un primer vistazo no he encontrado más referencias sobre él…

Bueno, a decir verdad sí que he encontrado otra referencia en el segundo codicilo incorporado al testamento por Don Luis de Velasco y Castilla apenas un mes antes de morir, el 10 de agosto de 1617 “… A Luis de Velasco mi criado, demás de lo que tengo mandado en mi testamento, le mando agora trescientos ducados más por una vez”.

Ya tenemos 800 ducados para aquél criado Luis de Velasco “yndio natural de la provincia de Corea, convecina al Japón y a la China” y quien seguramente llegó a la Nueva España en el galeón de Manila, aquella singladura establecida con regularidad en 1573 y que unía América y Asia, Acapulco y Manila, para llevar sobre todo plata de la Nueva España a las islas Filipinas y traer productor orientales (especias, cerámica, sedas, marfil,…), bienes exóticos muy apreciados en España y también en la propia América, donde buena parte de ellos se quedaban.

En dicho galeón de Manila iban bienes y también personas, comerciantes que iban y venían, mercaderes, marineros, frailes, tripulación y también criados o sirvientes orientales. Chinos, filipinos, malayos, indios, coreanos… llegaban al puerto de Acapulco donde algunos de ellos eran vendidos como esclavos, otros trabajaban como carpinteros, barberos,… unos se convertían en artesanos o comerciantes, y algunos entraban al servicio doméstico de personajes notables de la vida novohispana. Si los bienes orientales eran un lujo exótico y símbolo de poder en la América hispana, también algo había de eso en tener a su servicio algún criado oriental…

Como seguiré investigando en los próximos meses sobre Don Luis de Velasco “el joven”, tres veces virrey y presidente del Consejo de Indias, no pierdo la esperanza de encontrar y desenmarañar algo más de la vida de este enigmático criado oriental tan favorecido por su señor a la hora de testar y repartir sus bienes y que se encontró sin casa ni dueño en la Sevilla del año 1617…

¿Quién era? ¿Cuándo entró a servir al virrey? ¿Cuándo y cómo llegó a América? ¿Qué fue de su vida tras la muerte de su señor? ¿Cobró los 800 ducados que éste  le dejó? ¿Sus hijos le favorecieron o se ocuparon de él? ¿Se casó? ¿Tuvo descendencia?

En fin, infinidad de preguntas vienen a mi cabeza… espero dar con alguna respuesta en el futuro.