El criado oriental de Don Luis de Velasco «el joven»

“… Luis de Velasco, yndio natural de la provincia de Corea, convecina al Japón y a la China, me ha servido mucho años y aunque le he socorrido y dado lo necesario para su vestido, y por ser extranjero y haberme servido muy bien y con mucha fidelidad, mando que de mis bienes se le den 500 ducados de Castilla, y encargo a mis hijos le amparen y favorezcan en todo lo que se le ofreciere y porque ha tenido a su cargo cosas de mi recámara, quiero y es mi voluntad, que habiendo dado cuenta de las joyas y cosas de plata y oro, de lo demás, no se le pida cuenta más de aquella que Alonso de Lafuente dijere que debe dar”.

Esta curiosa cláusula aparece en el testamento dado en Madrid el 29 de abril de 1617 por Don Luis de Velasco y Castilla o Don Luis de Velasco “el joven” como se le conoce en historiografía para diferenciarlo de su padre Don Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón, Don Luis de Velasco “el viejo”.

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Si su padre fue virrey en la Nueva España entre 1550 y 1564, él le superó con creces en el desempeño de elevados puestos de gobierno y administración en las Indias. Así, fue virrey de la Nueva España entre 1590 y 1595, virrey del Perú 1595-1603, nuevamente virrey de la Nueva España 1607-1611 y, como colofón a tan exitosa carrera política bajo los reinados de Felipe II y Felipe III, presidente del Consejo de Indias de 1611 a 1617, año de su fallecimiento.

Presentado mínimamente tan elevado personaje, volvamos a la enigmática cláusula de su testamento. Sabemos y debernos fiarnos de lo que un enfermo Don Luis de Velasco nos dice sobre su amado criado: su origen oriental, “de la provincia de Corea”; que le ha servido muchos años –lo que nos hace dar por seguro que entró a su casa y servicio durante sus largos años en América (en México o en el Perú)-; le deja la nada despreciable suma de quinientos ducados de la época; pide a sus hijos que “le amparen y favorezcan”; y, encargado de sus joyas, pide que no se le pida cuenta “más de aquella que Alonso de Lafuente dijere que debe dar” (Alonso de Lafuente era su mayordomo o jefe de su casa).

Vemos en el anciano presidente del Consejo de Indias y tres veces virrey un agradecimiento sincero a este criado oriental y también una máxima confianza en él. Su nombre no nos da muchas pistas –era frecuente que los criados indios o, en este caso orientales, adoptaran el nombre de su señor- y, en un primer vistazo no he encontrado más referencias sobre él…

Bueno, a decir verdad sí que he encontrado otra referencia en el segundo codicilo incorporado al testamento por Don Luis de Velasco y Castilla apenas un mes antes de morir, el 10 de agosto de 1617 “… A Luis de Velasco mi criado, demás de lo que tengo mandado en mi testamento, le mando agora trescientos ducados más por una vez”.

Ya tenemos 800 ducados para aquél criado Luis de Velasco “yndio natural de la provincia de Corea, convecina al Japón y a la China” y quien seguramente llegó a la Nueva España en el galeón de Manila, aquella singladura establecida con regularidad en 1573 y que unía América y Asia, Acapulco y Manila, para llevar sobre todo plata de la Nueva España a las islas Filipinas y traer productor orientales (especias, cerámica, sedas, marfil,…), bienes exóticos muy apreciados en España y también en la propia América, donde buena parte de ellos se quedaban.

En dicho galeón de Manila iban bienes y también personas, comerciantes que iban y venían, mercaderes, marineros, frailes, tripulación y también criados o sirvientes orientales. Chinos, filipinos, malayos, indios, coreanos… llegaban al puerto de Acapulco donde algunos de ellos eran vendidos como esclavos, otros trabajaban como carpinteros, barberos,… unos se convertían en artesanos o comerciantes, y algunos entraban al servicio doméstico de personajes notables de la vida novohispana. Si los bienes orientales eran un lujo exótico y símbolo de poder en la América hispana, también algo había de eso en tener a su servicio algún criado oriental…

Como seguiré investigando en los próximos meses sobre Don Luis de Velasco “el joven”, tres veces virrey y presidente del Consejo de Indias, no pierdo la esperanza de encontrar y desenmarañar algo más de la vida de este enigmático criado oriental tan favorecido por su señor a la hora de testar y repartir sus bienes y que se encontró sin casa ni dueño en la Sevilla del año 1617…

¿Quién era? ¿Cuándo entró a servir al virrey? ¿Cuándo y cómo llegó a América? ¿Qué fue de su vida tras la muerte de su señor? ¿Cobró los 800 ducados que éste  le dejó? ¿Sus hijos le favorecieron o se ocuparon de él? ¿Se casó? ¿Tuvo descendencia?

En fin, infinidad de preguntas vienen a mi cabeza… espero dar con alguna respuesta en el futuro.

El galeón de Manila

Hoy no hablaré de personajes caídos en el olvido sino de una gesta bastante desconocida y de la que el año próximo oiremos hablar algo más, coincidiendo con los 200 años de su final. Me refiero al “galeón de Manila”, la ruta comercial española que conectaba las Indias que no lo eran (América y en concreto el puerto mejicano de Acapulco) con las Indias auténticas (Manila, en Filipinas), atravesando para ello el inmenso océano pacífico en una ardua singladura que supuso la ruta comercial marítima más longeva con dos siglos y medios de duración (desde 1565 hasta 1815).

Personajes como Andrés de Urdaneta y Miguel de Legazpi fueron fundamentales en esta aventura, tras descubrir el “tornaviaje” utilizando para ello la  corriente de Kuro-Siwo que favorecía el trayecto entre Manila y Acapulco. Había que dar un considerable rodeo hacia el norte, pero era la mejor manera de llegar a tierras americanas. La travesía se prolongaba de 4 a 6 meses, siendo frecuentes los casos de escorbuto y otras epidemias a bordo, causando importantes víctimas mortales entre sus tripulaciones. En sentido contrario, de Acapulco a Manila, el trazado seguía una línea recta ya conocida desde tiempos de Magallanes y Elcano, acortando el viaje a los tres meses y con la ventaja de poder hacer escala en la isla de Guam.Ruta galeón de Manila

De Manila llegaba la seda china, producto número uno, otros tejidos, las especias estrella (pimienta, clavo, nuez moscada y canela), té, ruibarbo… Estos productos eran casi todos de las costas chinas que comerciaban con Manila. De la propia Filipinas sólo procedían cadenas de oro muy labradas, marfiles para crucifijos y poca cosa más. Los comerciantes sólo podían ser los españoles asentados en el archipiélago filipino; los barcos eran públicos, de la Corona pero, a diferencia de las flota de Indias dotada de escolta armada para frenar los posibles ataques de piratas, los galeones tenían que autodefenderse, por lo que iban fuertemente armados.

Una parte de ese cargamento se quedaba en Méjico, algo iba destinado al Perú y la inmensa mayoría continuaba su periplo por tierra hasta llegar a Veracruz, donde era embarcado en la flota de las Indias que se dirigiría hasta España.

¿Qué venía de Acapulco hasta Manila? Como recordaba el catedrático de Historia Moderna de la UNED y Académico de Número de la Real Academia de la Historia, Carlos Martínez Shaw en una reciente conferencia a la que asistí hace unas semanas, “plata y frailes fundamentalmente”. La plata mejicana y peruana sostuvo todo el tráfico en el Pacífico y suponían el 96% de la mercancía que llegaba a Manila. También, venían otros artículos que allí no se encontraban y destinados a la administración y vida en aquella lejana colonia (papel sellado, naipes, papel tabaco, vino…).

De toda la plata que se extraía de América, recientes cálculos cifran que durante el siglo XVIII tres cuartas partes llegaban a Sevilla y la otra cuarta parte tenía como destino Manila, aunque poca se quedaba allí ya que era moneda de pago para que los comerciantes españoles pagaran a los chinos por sus productos enviados en el anterior galeón. De hecho, sobre todo desde mediados del siglo XVII, la plata española fue fundamental para el desarrollo y crecimiento de China.

En la segunda mitad del siglo XVIII nuevas rutas y compañías comenzaron a llegar a Manila y en 1.790 se rompió el monopolio del galeón de Manila, ya muy tocado de facto en los años anteriores. Sin embargo, eso no supuso su decadencia, ya que Manila fue puerto franco desde entonces y se abrió a barcos extranjeros y a comerciar con otros puertos regionales, potenciándose también la producción y exportación en Filipinas de otros artículos como el azúcar y el añil.

El galeón de Manila concluyó su andadura como tal en 1815 con la independencia progresiva de las colonias americanas, aunque en realidad en 1820 salió el último barco desde Acapulco y otro desde el puerto peruano de El Callao, pues ya se había abierto el comercio con Manila al Pacífico sur.

En 2015 se conmemoran los 200 años del fin de esta ruta comercial que unía las posesiones españolas a ambos lados del enorme Pacífico, una buena oportunidad sin duda para continuar aprendiendo más sobre este tema y, cómo no, sobre las injustamente olvidadas y exóticas Islas Filipinas.