Inés de Atienza: la reina de El Dorado…

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La bella Gabriela Roel como Inés de Atienza en la película «El Dorado» de Carlos Saura.

Era regia, muy regia, dotada de esa belleza muy difícilmente igualable que confiere la mezcla de sangres y que hace que su color de piel no sea idéntico al de ninguna otra… Hija de español e india, Inés de Atienza atrapaba sin ella pretenderlo las miradas y deseos de todos los varones de su tiempo, tal era su sensualidad, sonrisa, mirada, aroma y silueta…

Así me imagino yo a esta mujer, el amor profundo de Pedro de Ursúa, aquél capitán navarro que se embriagó de sueños, de lujuria y de ambición hasta perder la razón en su quimérica y desesperada búsqueda de El Dorado… Para nosotros ella siempre será una joven y linda Gabriela Roel en aquella película dirigida por Carlos Saura que trató de reflejar aquella trágica historia.

Inés de Atienza era, en efecto, hija del conquistador español Blas de Atienza y de una princesa india. Su padre participó en diferentes campañas con Pizarro, siendo el primer alcalde de la localidad peruana de San Miguel. Premiado con encomiendas y haciendas por sus servicios, su hija mestiza Inés heredó un importante caudal y posición, incremetado tras la muerte de su esposo Pedro de Arcos, quien la dejó viuda tras batirse en duelo con el sobrino del virrey del Perú… ¿Defendiendo su honor? Probablemente.

La viuda Inés era joven, rica, bella y mestiza, algo que despertaba pasiones entre los hombres y celos despreciativos entre las españolas afincadas junto a sus esposos en el Perú. Así la conoció Ursúa en torno a 1560, quedándose prendado de ella y comenzando a vivir una pasión frenética, como si se le fuera la vida…

“De repente, pareció olvidarse de la expedición, del virrey, de sus cuantiosas deudas y hasta de la sinuosa ciudad de la selva que era su delirio. La bella Inés parecía ser suficiente tesoro, con ese rostro que tenía algo de la intensidad de los moros pero también la distancia indescifrable de los rostros indios, con esos ojos grandes y profundos, la sonrisa espontánea dibujada en su cara, y el cuerpo lleno de secretos y promesas, que exhalaba un perfume de flores.”

Así lo cuenta el colombiano William Ospina en la muy recomendable “La serpiente sin ojos”. Inés fue el freno que retrasó a Ursúa en su loca empresa, aunque más tarde quizás fue también uno de los principales motivos para continuar adelante, con ella, hasta un final agónico y trágico, inundado de sangre como todos sabemos…

“Por apacible que sea el jardín, tarde o temprano entra la serpiente. La propia Inés se levantó algún día con el himno de la realidad en los labios, y Ursúa recordó que era un conquistador, un hombre necesitado de riquezas. No podía seguir mostrándole a su mestiza por todo paraíso su propia casa, porque el refugio de amor terminaría por parecer una prisión. Ella, que no se proponía romper la magia, se arrepintió de haberle mencionado sus deberes, pero Ursúa sintió que despertaba de un sueño. Comprendió que ahora necesitaba el reino de la selva por razones más imperiosas: tenía que ponerlo a los pies de aquella mujer. El país fabuloso de Omagua, el reino de las amazonas, el tesoro incalculable de la oculta ciudad de Eldorado todavía no existían, pero ya tenían su reina”.

La expedición partió al fin con Ursúa e Inés, quien colaboró financiando pertrechos y caballos, y con más de docsientos españoles que confiaban en su capitán para lograr ansiadas fortunas. Sin embargo, todo salió mal desde el principio como no podía ser de otra manera… El río Marañón, las tormentas, los dañados bergantines, la selva espesa e impenetrable, los indios, la dureza con sus hombres de un Ursúa cada vez más embebido de tiranía, su posterior dejadez de funciones cuando la cosa se complicó de veras, las envidias, los celos que despertaba por su bella india, los muchos rufianes enrolados para aquella delirante expedición… todo contribuyó para que Aguirre, Salduendo, Vargas y otros de sus hombres clavaran finalmente sus espadas en el cuerpo de Ursúa.

Salduendo, profundamente enamorado de Inés, logró salvarla de una muerte segura por “bruja y puta” que reclamaban el resto de conspiradores. Interpuso su pecho ante las espadas y logró yacer con ella, con la regia mestiza que, rota por el dolor de la pérdida de su amado, no tenía otro remedio que entregarse a su salvador, uno de los asesinos de su hombre… Imagino el dolor y el sufrimiento de esta mujer en aquellos días y noches, aunque fue sólo temporal, ya que el loco Aguirre eliminó como a tantos otros a Salduendo cuando ya le estorbaba en su loco destino, también a aquella endiablada mujer e incluso a su propia hija, una bella y jovencísima Inés Sastre en la película antes citada…

Entiendo profundamente a Ursúa, sus ansias, su pasión, su desaforado amor y su trágico final… Ante una mujer así un servidor querría hacerla su reina sin dudarlo, aunque ese lugar, ese reino, ni siquiera existiera todavía y quizás no fuera de este mundo…