La india Catalina…

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La india Catalina. Cartagena de Indias. (Foto del autor).

Me topé con ella dos veces durante mi reciente visita a la bella Cartagena de Indias y eso me animó a leer y conocer algo de la historia que se esconde detrás de esa regia india de torso desnudo, escueto taparrabos y pluma en la cabeza que preside majestuosa un parque y representa también el premio, la estatuilla que se entrega a los galardonados cada año en el Festival Iberoamericano de Cine de Cartagena de Indias.

¿Quién era esta mujer? Como ocurre con otros personajes históricos, el mito o la leyenda envuelven a la india Catalina, aunque varios cronistas y diversos documentos prueban su existencia, situándola como un personaje clave en la llegada y asentamiento de los españoles en territorio colombiano.

Se desconoce su verdadero nombre -Catalina fue el que le dieron los españoles tras ser bautizada- pero sí se sabe que fue raptada de su aldea de Zamba por Diego de Nicuesa en torno a 1509, en una de aquellas incursiones sangrientas que Nicuesa, Alonso de Ojeda y otros hacían en aquellos primeros años del siglo XVI por la costa caribeña de la actual Colombia.

Los indios de la zona no se mostraban muy pacíficos ante la llegada de aquellos extraños barbudos sedientos de oro, así que se sucedieron los enfrentamientos, las flechas envenenadas que acabaron con muchos castellanos –entre ellos con el célebre cosmógrafo Juan de la Cosa– y las represalias crueles de los hispanos que arrasaban con las aldeas y poblados.

Catalina, apenas una adolescente de 14 años, fue enviada a Santo Domingo, donde fue educada en la lengua, religión y cultura españolas. Casi veinte años después la encontramos de nuevo en su tierra natal, donde ya los españoles se iban asentando y expandiendo tras la fundación de Santa Marta por Rodrigo de Bastidas en 1525.

En 1533, cuando un arrogante y ambicioso Pedro de Heredia funda Cartagena de Indias, se sirve de la india Catalina para ver facilitadas sus misiones de conquista y exploración en aquellas tierras. De hecho, sirvió como lengua o intérprete con numerosas tribus de indios para que aceptaran la llegada de los hombres blancos, frenar su encarnizada resistencia y recibir la palabra de un Dios que ella ya sentía como suyo desde hacía años. Amancebada con el conquistador madrileño, no tuvo reparos sin embargo en declarar contra él en 1537 acusándole de haber robado el oro del rey en el primero de los juicios de residencia a los que tuvo que hacer frente Heredia.

Parece que poco después tuvo una relación o incluso de casó con Alonso Montes, sobrino de Pedro de Heredia, y algunos autores sostienen incluso que vivió largos años en Sevilla, donde murió casi centenaria… aunque este extremo no ha podido ser demostrado y es puesto en serias dudas.

Traductora, pacificadora y evangelizadora son tres de los calificativos más usados para referirse a esta enigmática mujer, raptada de entre los suyos cuando era apenas una niña para pasar a asimilar la cultura y modo de vida de los españoles.

Aunque su recuerdo está muy vivo en Colombia, esta mujer despierta ciertas controversias, no tantas como la célebre Malinche pero sí las lógicas de quien siendo una india contribuyó a asentar la conquista de los españoles en el territorio colombiano, aplacando la resistencia de numerosas tribus indias de aquellos duros territorios.

Sin duda fue lo que le tocó vivir, ella no lo eligió y su papel fue fundamental para ahorrar más víctimas entre españoles e indios, ya que procuró y a veces logró un mayor entendimiento pacífico entre ambos pueblos.

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La india Catalina. Cartagena de Indias. (Foto del autor).

La imagen que hoy vemos de ella, idealizada como india regia y adulta sin duda nunca se dio en realidad, ya que tras ser raptada de niña adoptó las costumbres de los españoles en su vida posterior.

Sería más correcto representarla a la manera hispana, con su vestido, calzado y demás, pero entonces ya no veríamos a la india Catalina

El hábito no hace al monje, pero ayuda…

 

 

 

Carlos III en el Museo Arqueológico

 

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Carlos III niño (1727), Biblioteca Nacional. Foto del autor.

Deberían ir a ver la exposición “Carlos III. Proyección exterior y científica de un reinado ilustrado” que acoge hasta el próximo día 26 de marzo el remozado Museo Arqueológico de Madrid. Quedan pocos días y les aseguro que merece mucho la pena.

Miguel Luque Talaván -profesor mío en el máster de Historia y Antropología de América de la Universidad Complutense que cursé el año pasado- es el comisario de esta magnífica muestra que ofrece un acercamiento al reinado de uno de nuestros monarcas más célebres y el que mejor crítica ha recibido con el paso de los años.

La exposición está dividida en cuatro bloques: “España e Italia. Relaciones e intereses internacionales (1716-1759); “El trono de España y los reinos ultramarinos”; “La proyección internacional de la monarquía. España en el sistema internacional”; y, “Un mundo por conocer. Cultura y Exploraciones científicas”.

En todos ellos, destaca la riqueza visual plasmada en algunos de los mejores cuadros que se conservan de Carlos III y sobre hechos significativos de sus reinados -primero en Nápoles (1735-1759) y después en España (1759-1788)-. Majestuosos e impresionantes son los cuadros de la visita de Carlos III como rey de Nápoles al Papa Benedicto XIV en 1746 o el que muestra la partida de la flota real desde la ciudad italiana para viajar a España y asumir la corona que había dejado vacante su hermanastro Fernando VI en 1759.

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Carlos III visita al Papa Benedicto XIV (1746). Palacio Real de Capodimonte (Nápoles). Foto del autor.

También guían al visitante las litografías, monedas, medallas, piezas de cerámica, mapas, objetos y lienzos sobre acontecimientos y personajes importantes en su reinado como Bernardo de Gálvez, el Conde de Aranda, el Marqués de Floridablanca, George Washington, etc.

Acompañan a todos los elementos visuales textos precisos y explicativos de cada uno de ellos, destacando la pormenorizada descripción de algunas alegorías del reinado de Carlos III, así como de los elementos que componen cada retrato, tema en el que se nota la mano experta del comisario de la exposición.

Como en casi toda exposición, se puede echar en falta algo más de espacio y de desarrollo de algunos contenidos que son solamente esbozados a lo largo de la muestra, pero su valor más importante es que condensa y refleja acertadamente el título de la misma “Carlos III: Proyección exterior y científica de un reinado ilustrado”.

Uno sale de ella con la impresión de que Carlos III fue un monarca global, con amplia experiencia de gobierno tras ser duque de Parma y, sobre todo, rey de Nápoles y Sicilia durante más de veinte años. La proyección exterior de España fue muy importante en su época, extendiendo su influencia en Italia y todo el mediterráneo y, por supuesto, en América.

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Carlos III, de Salvador Maella. Banco de España.(Fotografía del autor).

Bajo el reinado de Carlos III, la monarquía hispana se resistía a perder influencia y poder, reforzando así su poderío naval, tratando de tener un mayor control de sus vastos territorios americanos –económico, militar, administrativo- participando en la Guerra de los Siete años (1756-1763) en virtud de los Pactos de Familia con los franceses, recuperando Menorca aunque no Gibraltar, apoyando la independencia de los Estados Unidos para atacar los intereses británicos en el continente americanos, expulsando a los jesuitas, etc.

No todo le salió bien, ni mucho menos, aunque parece claro que no fue un monarca pasivo, un mero “rey cazador” como otros, y que intentó siempre defender y fortalecer la posición de España en aquél mundo cambiante del siglo XVIII, rodeándose para ello de hábiles y preparados consejeros. Por otra parte, contribuyó a forjar la identidad nacional con la adopción de una nueva bandera de España, la que hoy con ligeras variaciones nos representa.

También, por supuesto, fue un monarca ilustrado. Mecenas de las artes y de la arqueología –disciplina de la que muchos le consideran uno de sus fundadores- célebres fueron las excavaciones de Herculano y Pompeya en Italia o la de la ciudad maya de Palenque en la Nueva España. Llevadas cabo bajo el impulso de su reinado, influyeron en otras investigaciones como la del obispo de Trujillo Baltasar Jaime Martínez Compañón sobre las culturas moche y chimú del norte de Perú.

Las expediciones científicas se sucedieron también en este periodo, destacando entre ellas la de José Celestino Mutis que se extendió durante cerca de 30 años y que comenzó en 1783 para estudiar y recoger muestras de la flora americana tras la creación en 1781 del Real Jardín Botánico en Madrid. Hubo otras muchas a lo largo de todo el continente americano, llevando a los españoles hasta Tahití y la isla de Pascua, y hasta Alaska en el norte.

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Mapa que muestra las múltiples expediciones españolas durante el reinado de Carlos III. (Foto del autor).

También, en 1771 se creó el Real Gabinete de Historia Natural, precedente de los actuales Museo de Ciencias Naturales, Museo Arqueológico y del Museo de América, al dividirse posteriormente las colecciones.

En fin, tras un recorrido de lo más ameno por los cuatro bloques antes citados, la exposición concluye con “Carlos III y la posteridad” en la que, brevemente, se destaca la positiva imagen que dejó el reinado de este monarca en España y en toda Europa. Para ello, recurre al “Elogio de Carlos III” proclamado por Gaspar Melchor de Jovellanos en 1788: “Ciencias útiles, principios económicos, espíritu general de ilustración… ved aquí lo que España deberá al reinado de Carlos III”.

Con sus luces, muchas más que sus sombras, Carlos III dejó como legado su impronta de rey ilustrado, mecenas de las artes, arquitecto urbano, arqueólogo, científico, y artífice de una modernización sin precedentes en la administración y gobierno de España y sus territorios. No siempre acertó, como ocurrió especialmente en América con sus reformas centralizadoras borbónicas, pero fue mucho lo que aportó este monarca en sus 30 años de reinado…

Anímense y vayan a ver la exposición. Quedan pocos días, abre el sábado hasta las 20 horas y el domingo hasta las 15 horas… Y no se apuren, encima es gratis y sólo el cuidado folleto que se lleva uno ya merece la pena…

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El conspirador de México ejecutado en Flandes…

“Sea sacado encima de una mula, atado pies y manos, con pregón público que manifieste su delito y traído por las calles públicas donde se hiciere la ejecución desta sentencia hasta llegar a la horca y le sea cortada la cabeza y apartada de los hombros, la cual mandamos que se ponga en la horca, demás en perdimiento de todos sus bienes aplicados para la cámara y fisco de Su Majestad”.

(México, 12 de enero de 1568).

Las peripecias del infortunado Bernardino Maldonado son dignas de relatarse pues, tras ser condenado a muerte por participar en la conspiración de Martín Cortés en México (1566) –sobre la que escribí hace un tiempo, ver http://wp.me/p485gT-3J -, sobrevivió casi diez años gracias a su ingenio y a las lagunas de la justica de aquél tiempo, aunque finalmente fuera ejecutado en Flandes en el verano de 1575, en un ejemplo significativo de la eficaz maquinaria diplomática y del poder de la propia Monarquía Hispana…

Natural de Salamanca, Bernardino Maldonado pasó al Perú en la década de 1550 y tras probar allí fortuna un tiempo anduvo también por Guatemala para recabar finalmente en México en 1565. En estos lugares se juntó con personajes digamos que inquietos y sospechosos de andar en conspiraciones y rebeldías contra la autoridad real de oficiales y oidores, aunque su perdición final llegaría al estar “ocioso” en México y juntarse en las tabernas con algunos de los participantes en la conspiración de Martín Cortés además de asistir a diversas reuniones con algunos de los conjurados, incluido con su cabecilla el citado marqués del Valle.

Cuando en el verano de 1566 se destapó la conspiración, decenas fueron los arrestados y algunos los ejecutados sin demora en una Nueva España agitada y sin virrey en aquél momento. Sin embargo, Bernardino Maldonado prolongó su libertad al enrolarse en las fuerzas que luchaban en las campañas frecuentes contra los fieros indios chichimecas al norte del virreinato. Así pasó más de un año hasta que, camuflado entre la tropa, no pudo evitar ser arrestado en octubre de 1567.

Aunque al principio lo negó todo, confesó tras aplicársele el tormento oportuno y se convirtió de hecho en uno de los principales testigos contra Martín Cortés pues comunicó directamente sus intenciones a las autoridades, cosa que no hicieron otros arrestados…

“… que habían de matar a todos los oidores e oficiales del rey e a sus oficiales e alzarse con la tierra y hacerse rey”.

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El marqués de Falces, virrey de la Nueva España (1566-1568)

Condenado a muerte en México el 12 de enero de 1568, poco después, el 3 de febrero los jueces de la Audiencia decidieron aplazar su ejecución para tratar de sonsacar más información al reo y, el marqués de Falces, virrey de la Nueva España decidió trasladarlo a España junto a Martín Cortés, con el doble objetivo de quitarse un marrón de encima y aliviar las tensiones existentes en el virreinato con estos procesos…

Así pues, la odisea penal de Bernardino Maldonado continuó en España donde tras pasar seis años a la sombra en Madrid, el Consejo de Indias revisó su caso en 1574 y terminó por conmutarle la pena de muerte por otra de destierro y servicio de armas a su costa en el presidio de La Goleta, en Túnez.

So pena de ser ejecutada su primera sentencia y ser por tanto decapitado, Maldonado solicitó seis meses para llegar a La Goleta y dio garantías de cumplir con ello, dejando fianza de 10.000 ducados, merced al supuesto compromiso rubricado ante notario por varios familiares y amigos suyos de Salamanca. Así, Maldonado salió libre de la cárcel de Madrid en julio de 1574 para dirigirse hacia Cartagena y desde allí embarcarse hacia el presidio de La Goleta en el norte de África…

Todo, sin embargo, fue obra de un ardid de Maldonado que fue descubierto poco después. Para su desgracia, España perdió la posesión de la fortaleza de la Goleta y, por tanto, su destino final para cumplir su pena debía ser otro. Al tratar la Justicia de comunicárselo a sus fiadores para que fuera avisado el condenado, resultó que los fiadores no eran tales y ni siquiera el notario había rubricado el documento… Todo había sido objeto de una burda pero eficaz falsificación tramada por Bernardino con alguna ayuda externa y que había conseguido engañar al todopoderoso Consejo de Indias.

Del condenado nada se sabía y ningún rastro había dejado de su supuesto viaje a Cartagena… ¿Dónde estaba el prófugo Jerónimo Maldonado? Los acontecimientos dan ahora un giro inesperado, pues nuestro protagonista aparece en París en la primavera de 1575, casi un año después de su salida de la cárcel. Se presenta ante el embajador, Diego de Zúñiga, ocultando su condena y con la intención de que le ayude a llegar a Flandes para unirse a los tercios. Una vez más, al igual que hizo en México al buscar refugio en las tropas que combatían en el norte a los chichimecas, Maldonado opta por las armas para pasar desapercibido y servir así al rey, tratando de ocultar su pasado.

Maldonado confiaba en que el embajador de España en Francia no tuviera noticias de su oscuro historial, pero ese fue su mayor error. Tras la traición de un cura que le había confesado y que informó al embajador, éste le retuvo hasta la llegada desde Madrid de Juan de Arce para hacerse cargo de él. Con instrucciones desde España, el embajador pidió audiencia al monarca francés Enrique III y a su madre Catalina de Médicis, con el objetivo de que apresaran a Bernardino y le escoltaran hasta Cambrais, última fortaleza neutral antes de llegar a Flandes donde los españoles se harían cargo de él.

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Enrique III, rey de Francia

El embajador Zúñiga alegó ante el monarca francés el necesario apoyo que ambos reyes debían prestarse ante casos como aquél de delitos de “lesa majestad”. En su carta a Felipe II explica cómo argumentó en este sentido ante Enrique III:

“…este era uno de los casos en que los reyes estaban muy obligados a corresponderse y que yo tenía por cierto que si un caballero suyo hubiera cometido semejantes delitos e ido a esa Corte, V.M. era tan grande amigo suyo que se le mandara entregar…”

Así fue como, por interés mutuo o solidaridad entre ambos monarcas ante un traidor contra la autoridad real, “dos días después por la mañana, el Prevoste que es como el alcalde de Corte, con ocho archeros del Rey y el secretario de don Diego, prendieron al dicho Bernardino Maldonado en su cámara que tenía junto a la posada de don Diego…”.

A los pocos días una curiosa comitiva formada por diez soldados franceses y dos castellanos salía de París custodiando al rebelde Maldonado en su trayecto hasta Cambrais. Una vez allí, los españoles se hicieron cargo de él y lo trasladaron a una prisión de Flandes, donde tras un breve periodo de encierro, fue finalmente decapitado en Amberes la mañana del 23 de agosto de 1575 por “traición e insurrección contra el servicio del rey en Nueva España”.

Curioso el caso de Bernardino Maldonado, un infortunado castellano que emigró a las Indias a mediados del siglo XVI, un tiempo convulso tanto en el Perú como en la Nueva España por la aplicación de las Leyes Nuevas que restaban poder a los encomenderos y primeros conquistadores. Rebeliones y motines se sucedieron y pillaron a Bernardino allí, tratando de buscar fortuna  entre los descontentos con la autoridad real, tanto de los poderosos encomenderos como de los españoles como él que no tenían mucho más que hacer que apostar fuerte y unirse a una de aquellas conspiraciones para tratar de mejorar así su posición y futuro… Apresado y sentenciado a muerte, sobrevivió casi diez años más con suerte y astucia a partes iguales, aunque seguramente no contaba con ser de nuevo hecho preso por el rey francés y ser entregado a los españoles para que finalmente su cabeza fuera separada de su cuerpo… Los tentáculos y el poder de la Monarquía Hispana eran enormes en aquél tiempo y no iba a perdonar a un traidor contra la autoridad real que, además, se había burlado de la Justicia y del Consejo de Indias

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He conocido este caso concreto gracias al muy interesante libro de Gregorio Salinero, “Hombres de mala corte. Desobediencias, procesos políticos y gobierno de Indias en la segunda mitad del siglo XVI”, en el que repasa los múltiples casos de sublevaciones, conspiraciones o rebeldías que tuvieron lugar en la América hispana en aquellos tiempos…

Muy recomendable.

 

La jura de Felipe II como rey en la ciudad de México…

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Carlos V y Felipe II, de Antonio Arias Fernández (Museo del Prado)

“Castilla, Castilla, Nueva España, Nueva España, por el rey don Felipe nuestro señor”. (México, 6 de junio de 1557).

Ya les he comentado en alguna ocasión la importancia de las actas del Cabildo de la ciudad de México como fuente documental de la época virreinal. En sus tomos se encuentran las deliberaciones, asuntos y decisiones que tomaba el ayuntamiento de la capital de la Nueva España para regir y administrar la vida social, económica y judicial en el día a día, así como sus principales protagonistas. También, por supuesto, se encuentran numerosos detalles sobre la organización y celebración de los más variados festejos y ceremonias, entre ellas la que me dispongo a resumirles, la jura al monarca Felipe II que tuvo lugar durante los días 6 y 7 de junio de 1557.

Tras la abdicación del emperador Carlos en Bruselas en octubre de 1555, a su hijo Felipe le dejó “los reynos, señoríos y estados de la corona de Castilla y de León y lo anexo y dependiente a ellos en que se incluyen estos estados de las Indias…” como el propio y achacoso emperador relató en su carta de 16 de enero de 1556, misiva de la que no tuvo conocimiento el Cabildo de México hasta el 9 de abril de 1557.

En ese mismo documento, el emperador ya menciona lo que espera del Cabildo novohispano…

“…y siendo cierto que vosotros siguiendo vuestra lealtad y el amor que a mí y a él habeys tenido y teneys como lo habemos conocido por la obra, le servireys como confío y debéis a la voluntad que ambos os hemos tenido y tenemos y asy os encargamos y mandamos que alzando pendones y haciendo las otras solemnidades que se requieren y acostumbran para la execusion de lo susodicho de la misma manera que si Dios hubiera dispuesto de mi obedescays, sirbays y acceteys y respeteys al dicho serenísimo rey cumpliendo sus mandamientos por escrito y de palabra de aquí adelante como de verdadero señor y rey natural según y como abeys cumplido y debiades cumplir los míos propios y demás de hazer lo que soys obligado me torne por ello muy servido”.

Aquél mismo día, el 9 de abril de 1557, el Cabildo leía la carta que el rey Felipe II les mandaba…

“… lo he acetado confiando en Dios nuestro señor me dará fuerzas para administrar bien lo que su majestad me ha encargado, aliviándole de tantos trabajos y cuidados para que más libremente atienda al descargo de su conciencia que es su principal fin y a la conservación de su salud que se la deseo como la propia mía… no me queda que decir si no certificaros que acordándome de vuestra fidelidad y lealtad y del amor y afición especial que entre vos he conocido, mandaré mirar por lo que general y particularmente os tocare, haciéndoos merced y favor en lo que justo sea como lo merecéis y asy confío que en lo que ocurriere me servireys y ayudareys como lo habeys mostrado por la obra en lo que se ha ofrecido y sobre todo que seays bien gobernados y mantenidos en paz y justicia”.

Como podemos apreciar, al menos formalmente, el emperador pide y manda que se obedezca a su hijo y se alcen pendones por él, mientras que el rey, su hijo Felipe, confía en que le sirvan y solicita la ayuda de sus súbditos de México para cumplir con éxito tan alta misión. Pero vayamos al grano, a las celebraciones que tuvieron lugar tras recibir el cabildo estas nuevas…

Los actos, ya de por sí demorados más de un año por la tardanza con que llegaron las dos cartas antes mencionadas, tuvo que aplazarse todavía tres meses más, ya que por entonces el virrey don Luis de Velasco no se encontraba en la ciudad. Finalmente tuvieron lugar el fin de semana del 6 y 7 de junio de aquél año de 1557…

Todo comenzó a las siete de la mañana del día 6 cuando el pendón real fue llevado de las casas del Cabildo a la iglesia mayor para ser bendecido por el arzobispo de México don Alonso de Montúfar. El pendón llegó acompañado por las más altas autoridades civiles y demás caballeros principales, “… con sus mazas y entre los dos maceros un rey de armas con la cota y armas del rey don Felipe nuestro señor”, en una clara representación del monarca ausente.

A continuación, tras la bendición y misa, el pendón real se situó en el tablado o cadalso construido a tal efecto junto a la iglesia para que allí, “en un libro misal, sobre los Evangelios y una Cruz en que pusieron sus manos derechas juraron que de aquí en adelante tendrán por su señor y rey natural al rey don Felipe nuestro señor que Dios Nuestro Señor dexe vivir y reynar por largos y felices tiempos en su santo servicio…”. Así procedieron el virrey de la Nueva España, don Luis de Velasco, el presidente de la Audiencia, don Alonso de Zurita y demás oidores, el arzobispo antes mencionado, los alcaldes ordinarios de la ciudad Antonio de la Cadena y Alonso de Aguilar, el tesorero Hernando de Portugal y demás autoridades y caballeros principales.

Tras concluir el juramento de las más importantes personalidades de aquella sociedad novohispana, la máxima autoridad, el virrey don Luis de Velasco alzó el pendón real y gritó a la multitud Castilla, Castilla, Nueva España, Nueva España, por el rey don Felipe nuestro señor, palabras que repitió a continuación el rey de armas y que fueron seguidas por gran salva de artillería, música de trompetas y otro instrumentos. También, las armas del rey se colocaron en la residencia del virrey y en las casas del Cabildo en forma de banderas y pendones.

Aquí termina la narración de aquellos hechos por parte del escribano Melchor de Legazpi, hijo de Miguel López de Legazpi, el famoso navegante que pocos años después viajaría a las islas Filipinas y que junto a Fray Andrés de Urdaneta inauguraron el “tornaviaje” para regresar a América desde el Oriente. Melchor de Legazpi se acababa de estrenar como escribano de la ciudad de México en sustitución de su padre y nos dejó estas últimas palabras sobre la jura del rey Felipe II…

Y la misma solemnidad e juramento arriba contenidos fue tomado y recibido de don Cristóbal, yndio gobernador de México y don Hernando Pimentel, yndio gobernador del pueblo de Tescuco e don Antonio, yndio gobernador del pueblo de Tacuba e don Diego de Mendoza, yndio gobernador de Tlaltlelulco y Santiago, que son las cuatro cabezas desta provincia los cuales siendo presentes por lengua de Juan, frayle intérprete, lo hicieron en forma…”.

Vemos como los indios principales, a los que los castellanos premiaron con privilegios para así tener más control sobre el resto de la comunidad india, juraron obediencia y fidelidad al monarca a través de un fraile intérprete. Me pregunto si sabían realmente de qué trataba todo aquello aunque imagino que ya estarían bien aleccionados… Cuesta imaginar sus caras y expresiones en aquél momento tan solemne…

Aunque el escribano concluya aquí su narración, sabemos por las propias actas del Cabildo que tras la ceremonia de jura descrita hubo otras celebraciones durante la tarde y noche de aquél día 6 de junio y al día siguiente. Así, hubo “regocijo y mitote de los indios naturales de la ciudad en la plaza pública” además de pregonarse la noticia por toda la ciudad, luminarias y fuegos por la noche “en señal de verdadera alegría” y, al día siguiente, juego de cañas y toros, habitual manera de celebrar cualquier buena nueva en aquellos tiempos…

Como ocurrió con ocasión de natalicios, matrimonios y exequias fúnebres de la Corona, así como con motivo de sonadas victorias en Europa y en las muchas festividades religiosas que se celebraban entonces, el Cabildo de la ciudad de México deliberaba y organizaba con detalle las celebraciones oportunas, ocasiones para reafirmar el poder del rey, virrey y demás autoridades civiles y religiosas ante la sociedad y para que esta compleja y diversa sociedad novohispana tomara parte en dichas fiestas. Eran claramente un ejercicio de propaganda del poder, pero también eventos vertebradores y aglutinadores de tan variopinta y mestiza sociedad.

La jura de Felipe II en la ciudad de México en junio de 1557 fue la primera de un monarca hispano en territorio americano… Por eso la he querido recordar.

«Mira que sin vos no puedo yo vivir…»

Sigo cautivado con las 650 cartas que enviaron a España a finales del siglo XVI y principios del siglo XVII aquellos españoles instalados en distintas partes del Nuevo Mundo. Como ya comenté con anterioridad (Ver http://wp.me/p485gT-3T) la mayoría eran “cartas de llamada” para reclamar a sus esposas que emprendieran el viaje y se reunieran con ellos en aquellos territorios lejanos… Rescatadas del Archivo de Indias por el investigador Enrique Otte, fueron publicadas en la década de los 80 del pasado siglo XX y se las vuelvo a recomendar encarecidamente…

Muchas me han llamado la atención, pues cada una de ellas encierra pequeños y grandes relatos, vivencias personales y familiares de aquellos que nunca salen en los libros de Historia pero que son, en mi opinión, la verdadera Historia de aquellos tiempos no tan lejanos en los que Europa y América establecieron lazos por primera vez…

Me refiero aquí a una de esas 650 cartas que resume muy bien otras muchas, aporta numerosos detalles interesantes y además nos ofrece algo de peculiar que hace que aquí os la describa. La escribe Sebastián Pliego a su mujer Mari Díaz en Mecina de Buen Varón, en el reino de Granada, y lo hace desde Puebla de los Ángeles (México) en el mes de marzo de 1581…

Como tantos otros comienza su misiva comentando que está bien de salud y “…con mucho deseo de veros” para pasar a continuación a darla instrucciones para embarcarse. Comienza con lo obvio, ya que se trata de dejar una vida atrás en España para comenzar otra nueva en las Indias junto a él; “lo primero es que vendáis todo cuanto allá tenéis” y a continuación le dice que emplee el dinero que saque en comprar lino, romero y espliego, además de traer imágenes de la Verónica y de viajar “en compañía de mi hermano y con el vuestro”. (Normalmente las mujeres casadas no viajaban solas y se trataba de que fueran acompañadas por algún familiar o deudo, si eran varones mejor).

Luego avanza el relato en cuanto al cómo y dónde ir para conseguir licencia y recaudos para viajar. Así, primero deberá acudir a Madrid para presentasr papeles, probar que es su esposa y que acude a su llamada para reunirse con él en Puebla de los Ángeles. Le pide a sus hermanos que vendan también todo y que compren “bagajes para Sevilla y venid a posar a la casa de Juan Álvarez, en la puerta Larenas”, siguiente destino antes de embarcar.

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Vista de Sevilla, siglo XVI. Sánchez Coello (Museo de América)

Aquí en Sevilla encontramos multitud de detalles muy curiosos sobre el viaje que espera emprenda pronto su mujer; el acomodo en el barco, el agua, la comida, lo que debe llevar y cómo llevarlo, las precauciones que debe tomar… Mejor que nos lo cuente él:

Mira que no toméis cámara, ni camarote, sino un rancho, como los demás –aquí no se estira el tipo, ya que muchos otros preferían y pagaban para que su mujer tuviera su propia cámara o camarote, separada así un tanto del resto-. Mira que no ha de pagar flete la criatura que mama –algún hijo pequeño o quizás un sobrino-. A cada uno os darán por la mar media azumbre de agua –el azumbre era una medida que equivalía a unos dos litros-, dígole que metáis doce botijas de agua. De la del pan mete para cada uno un quintal de bizcocho, y para todos un quintal de pasas, tres jamones de tocino, almendras, azúcar, una arroba de pescado, otra de tollo –carne de ciervo según compruebo en el diccionario de la RAE-, especial un celemín de garbanzos –unos cuatro kilos y medio-, avellanas”.

No acaban aquí las múltiples instrucciones…“De casa trae una buena sartén y un asador, hataca –cucharón o cuchara grande de palo (RAE)- y una cuchara. En Sevilla compra una olla de alambre, y platos y escudillas, más un hervidor; de vino dos arrobas –unos 24 litros-, de vinagre otras dos, y una arroba de aceite, y más lo que vuestra voluntad fuere. Compra dos arcas para echar todo lo que habéis de comer, u os lo hurtarán todo, y para que os durmáis encima, y no durmáis sola, sino con mis hermanos, que para todos habrá”.

Tras esta retahíla de consejos para viajar, el esposo le dice que debe ir a la Casa de Contratacióna presentar vuestro recaudo y luego igualar el flete. Mira que por mi mano van contados los reales que os darán, que son cien pesos”, y le advierte que “Por eso por amor de Dios que vengáis luego, porque va buen recaudo. Y si no venís, os juro a Dios y esta cruz que no veréis más reales míos ni carta en mis días”. Aunque suenen duras y amenazantes estas palabras, se encuentran similares en otras cartas de hombres a sus esposas, tipos que añoran de veras a sus mujeres y quieren formar un hogar allá donde les ha ido bien. Muchos se quejan de no recibir cartas y, al haber mandado dinero a sus esposas y no encontrarse con ellas pasado el tiempo, arrecian las sospechas y la desesperación…

También incluye la carta alguna petición sobre la vestimenta… “que os compren una buena saya de palmilla de Baeza con sus guarniciones, y un subido, y chapines para estas niñas, lo cual compraréis para mí un jubón de Holanda, y unas medias de aguja…

Sebastián Pliego –y esto es lo peculiar- incluye además estos versos dedicados a su lejana mujer en la última parte de su carta…

En el nombre de Dios, mi vida,

Uno y Trino omnipotente, os

quiero trovar ahora, porque

os holguéis al presente

Vos os llamáis Mari Díaz.

Para mi no hay otra tal.

Daros tengo una sortija de

oro, que es buen metal.

 

Señora tan deseada,

mujer de mi corazón,

como uséis tal traición,

dejaros desamparada en

tierra sin promisión.

 

Noches y días me ocupo

sólo en pensamiento.

Bien entiendo que por

mí vendrás donde Dios

me trajo, porque yo lo ruego así.

 

En esta tierra do estoy, no falta

sustentamiento. En esto, mujer,

no miento, porque do quiera que

voy, luego allí a comer me asiento

Con algunas últimas indicaciones, pues nada quería dejar al azar con el objetivo de que su esposa al fin se embarcara, el marido se despide con nuevas lisonjas y palabras de afecto en ese castellano florido de 1581…

Mira que sin vos no puedo yo vivir. Por eso, por amor de Dios, que vengáis, pues que va buen recaudo. Envíame cartas en el navío de aviso… No digo más, sino que antes que yo me muera os vea con mis ojos. Que las lágrimas que yo he echado por vos todos los días principales no me pagaréis con cuanto hay. Mira que quería veros contar, para que sepáis que no digáis que son más treinta que cuarenta

A mi deseada y querida mujer Mari Díaz, en Mecina de Buen Varón, en el reino de Granada, mi señora”. (Puebla, marzo de 1581).

México 1572, la celebración de la batalla de Lepanto…

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«Felipe II ofreciendo al cielo al infante don Fernando». Tiziano (Museo del Prado)

El 7 de octubre de 2016 se cumplieron 445 años desde la célebre y decisiva batalla de Lepanto de 1571, “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros” como dejó escrito el gran Miguel de Cervantes Saavedra, rememorando su participación como joven soldado en aquellos hechos.

Enfrentadas dos potentes armadas en el mediterráneo, la del imperio otomano y la de la Santa Alianza, la victoria de la flota católica fue incontestable, frenando la expansión turca en una Europa amenazada por la expansión turca. Don Juan de Austria, aquél niño Jeromín hijo del emperador Carlos sobre el que escribí hace un tiempo (Ver http://wp.me/p485gT-3b) alcanzó fama inmortal al comandar tamaña victoria…

Lepanto supuso un antes y un después, un éxito formidable para la monarquía católica de Felipe II, y los ecos de dicho triunfo quedaron plasmados en cuadros, poemas, obras de teatro, medallas,… en todo un compendio de representaciones culturales, religiosas y políticas de la época, como muestra del poder y en un claro ejercicio de propaganda.

Los dos virreinatos hispanos en la América del siglo XVI, el de la Nueva España y el del Perú, no fueron ajenos a este gran acontecimiento y también lo celebraron cuando allá llegaron, meses después de aquel 7 de octubre de 1571, los ecos del triunfo en Lepanto. Los detalles y originalidad que conocemos de las representaciones y festejos populares que se hicieron en la ciudad de México harán que me centre en ellas…

El 9 de junio de 1572, ocho meses después de la batalla de Lepanto, el Cabildo de la ciudad de México recoge las buenas nuevas y detalles de la fiesta que se disponen a preparar para las próximas fechas…

 “… las fiestas que se an de hacer en esta ciudad por las felices nuevas que han tenido de España tiene tratado de que en esta ciudad, en la plaza mayor, se haga un castillo muy solemne conforme a la traza que de él tienen y además dos fuertes para plantar la artillería, todo muy suntuoso, y seis galeras con dos patafes…”

Lo que se nos describe es toda una representación alegórica de aquella batalla, de aquél gran triunfo de la monarquía católica de Felipe II contra los otomanos, contra el infiel… Así, se va a plasmar en la plaza mayor de México una batalla figurada, con su castillo, fuertes, artillería, galeras y otras embarcaciones de guerra… “todas ellas sobre sus ruedas de manera que puedan andar la plaza”. Toda un despliegue de medios para mostrar cómo fue dicha batalla, incluyendo el movimiento de las embarcaciones sobre una plaza inundada con una lámina de agua para hacerlo más realista…

No escatiman en detalles para representar la batalla de Lepanto, ni tampoco en gastos… Sabemos a quién se le encarga la construcción de estos artefactos de madera y tela, Miguel Martínez “alarife”, y la cuantía que se compromete el Cabildo a pagarle “mil e cincuenta pesos de oro común”. Y asimismo conocemos que sesenta caballeros con sus libreas y toldillos “pintados de morado y amarillo” serían los cristianos al mando de Hernán Gutiérrez de Altamirano y que cuarenta caballeros, con sus marmotas y toldillos “pintados de blanco y azul” representarían a los turcos al mando de Antonio de la Mota.

¿Imaginan semejante espectáculo en el México de 1572? Su plaza mayor configurada como el escenario de esta tremenda alegoría de la batalla de Lepanto, una demostración del poder de aquella España imperial en las Indias, una representación teatral con construcciones efímeras realizadas para la ocasión, fuertes, barcos con ruedas para representar los combates navales en movimiento, artillería, soldados a caballo, colores, música, … La sociedad novohispana, compuesta por una minoría de españoles y una mayoría de mestizos, indios y negros asistía con regocijo a este y otros festejos que se celebraban en aquellos lares… con regocijo y entiendo también que con curiosidad y perplejidad por parte de la mayoría no blanca…

Al fin y al cabo, en aquellos tiempos, el poder se reafirmaba mediante alegorías y representaciones de ese tipo en las que se mostraba la grandeza de España y sus gobernantes, además de la santa fe católica que todo lo iluminaba. Era una forma de “educar” a esa mayoría de indios y mestizos, a esa compleja sociedad novohispana, además de suponer espacios de integración de esa misma sociedad, una válvula de escape a la dura realidad cotidiana de muchos, ya que con ocasión de dichos eventos el pueblo llano se beneficiaba de distintas gracias como las colaciones que se repartían, vino, limosnas, juegos de cañas, toros, luminarias,… tal y como ocurría con las entradas de los virreyes, las celebraciones de buenas noticias llegadas desde España –como es el caso- o las innumerables festividades religiosas que se sucedían en la Nueva España.

Pero permítanme retomar el hilo de la celebración que nos ocupa, la de la batalla de Lepanto en la ciudad de México en aquél verano de 1572; quedan algunos detalles muy interesantes por relatarles…

Los preparativos continuaron a partir de aquél 9 de junio reseñado y en el que se concretaron muchos de los actos a celebrarse. El 30 de junio el Cabildo dio instrucciones al alarife para que se apuntalaran las casas del Cabildo y sus corredores o galerías desde donde iban a presenciar dicho espectáculo las máximas autoridades civiles y religiosas: “… han de venir a las casas del cabildo su excelencia –el virrey- y real audiencia e otros caballeros e porque las bigas están mal acondicionadas e conviene que todo se apuntale…”.

Este hecho no es puntual de este festejo, ya que en numerosas entradas de los sucesivos virreyes de la Nueva España en la ciudad de México y en otras festividades importantes encontramos instrucciones sobre reparaciones semejantes. La no muy sólida construcción de las casas del Cabildo además de los periódicos temblores de tierra que sufría ya entonces México hacía recomendable apuntalar y reforzar dicho inmueble que iba a recibir a mucha gente en ese día tan especial y, en especial, al virrey, arzobispo, oidores de la Audiencia, regidores, caballeros y damas principales, etc.

Lo mismo puede decirse de la limpieza de las calles principales de la ciudad, por donde iba a pasar la comitiva o se iban a celebrar los actos principales. Se reforzaba la limpieza y se decoraban las calles y viviendas con banderolas, toldillos, estandartes… reforzándose también las luminarias. En definitiva, el escenario de la celebración, la propia ciudad de México o por lo menos el corazón de la ciudad, trataba de lucir su máximo esplendor para la ocasión.

Todavía encontramos en el acta del Cabildo del 11 de julio de 1572 como tras instalarse el castillo encomendado en la plaza mayor, el virrey y los regidores de la ciudad indican que debe ser cambiado de lugar dentro de la misma plaza, para lo que se otorga un nuevo pago de “ciento diez pesos de oro” al citado alarife. Nuevamente, apreciamos como se cuidan todos los detalles de la celebración…

El acta del 18 de julio nos ofrece una novedad interesante, ya que por primera vez se menciona el nacimiento del príncipe Fernando, hijo de Felipe II y su cuarta esposa, Ana de Austria. Asimismo, encontramos por primera vez mencionado a Don Juan de Austria

Las dos buenas nuevas, ocurridas al otro lado del océano atlántico en el otoño de 1571 –octubre y diciembre- se van a fusionar para celebrarse de manera conjunta y por todo lo alto en el México del verano de 1572, como así ocurre en el célebre cuadro de Tiziano que encabeza este artículo y en el que Felipe II ofrece al cielo a su hijo Fernando, mientras al fondo de la escena se representa la batalla de Lepanto y a los pies del cuadro yace el turco cautivo:

… para las fiestas e regocijos questa ciudad haze por las felices nuebas que an venido de españa del nacimiento del príncipe nuestro señor e victoria del excelentísimo señor don Juan de Austria an convidado su excelencia a las damas principales que an de venir a ver los corredores del cabildo…”

Ese mismo día se especifican las cabalgadas que iban a realizar los jinetes de ambos bandos, la necesaria construcción de tablados para los espectadores, “setenta pesos por su trabajo” a los artilleros que iban a estar en el castillo y fuertes y que “…en el castillo fecho en la plaza se hagan ciertos bastiones para que con cierto efecto se quemen desde los corredores del cabildo…”

Aquí acaban las referencias, lo que hace pensar que los festejos tuvieron lugar pocos días después con su naumaquia, cabalgadas, fuegos y luminarias, clarines y trompetas, tambores, colación, quema final del castillo… todo ello ante la presidencia de las máximas autoridades de la Nueva España, el virrey, el arzobispo, los oidores de la Audiencia Real, regidores del Cabildo, damas y caballeros principales… y el conjunto atónito de la sociedad novohispana.

Aquí lo dejo, México vivió una jornada festiva que fue recordada por los artificios y jolgorios preparados para la ocasión… En cuanto al príncipe Fernando, nacido el 4 de diciembre de 1571, sepan ustedes que falleció siendo un niño con apenas seis años de edad –otra víctima de la endogamia de los Austrias- y, respecto a la batalla de Lepanto, qué quieren que les diga, no seré yo quien contradiga a Don Miguel de Cervantes Saavedra… ““la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”.

Pues eso…

Cartas del Nuevo Mundo…

La historia e historias que tienen como protagonistas a los conquistadores, gobernadores, virreyes, órdenes religiosas, Audiencias, Cabildos,… en la América hispana se pueden seguir a través de los múltiples textos que fueron dejando de su paso por el Nuevo Mundo desde finales del siglo XVI hasta comienzos del siglo XIX.

Crónicas, diarios, actas de los escribanos, juicios de residencia, pleitos, relaciones de méritos, probanzas,… componen un fabuloso depósito que todavía hoy es estudiado y analizado dada la ingente cantidad de documentos disponibles, incluidos muchos de ellos todavía sin clasificar o descubrir.

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Una de dichas fuentes escritas, fundamentales para el estudio y análisis de aquella época, lo componen las múltiples cartas que se enviaban y recibían desde España, la correspondencia oficial entre los círculos de las élites políticas, sociales y religiosas, innumerable y repleta de información para entender las relaciones del poder y su desempeño en América para administrar y gobernar tan inmenso territorio por parte de los diversos agentes reales.

Si nos referimos a la Historia de la vida cotidiana, la de la gente corriente que vivía en América, la cuestión se complica bastante, ya que la correspondencia que se conserva o conocemos -con ser importante- es mucho menor que la anterior y presenta sus propias limitaciones: destrucción y dispersión de las cartas; la cultura popular era fundamentalmente oral en aquellos tiempos y aunque había amanuenses que escribían misivas por encargo, la mayoría de los que escriben son de la clase social y económica medio-alta; y, por último, no hay cartas de indígenas.

Pese a estas apreciaciones previas, la correspondencia privada de quienes vivían en América y habían dejado a sus mujeres y/o parte de sus familias en España es muy interesante para comprender mejor las dinámicas sociales de la vida en aquellos tiempos y circunstancias. En ella están presentes el amor, el dolor, la ironía del destino, las preocupaciones económicas, los conflictos políticos y sociales, las enfermedades y sus remedios, las relaciones conyugales, la religiosidad, etc.

Enrique Otte publicó en 1988 “Cartas privadas de emigrantes a Indias 1540-1616”, en la que rescataba del Archivo de Indias 650 cartas enviadas por españoles residentes en América a sus familiares en España. Muchas de ellas son conocidas también como “cartas de llamada”, ya que tenían como objetivo animar a sus familiares, en especial a las mujeres, a reunirse con ellos en el Nuevo Mundo, aunque también hay cartas entre particulares, de negocios, escritas a la madre, etc.

Sobre las más abundantes, las “cartas de llamada”, el emperador Carlos ya estipuló en su tiempo que los españoles casados y presentes en las Indias debían mandar a buscar a sus mujeres para que viajaran y se reunieran con ellos en las nuevas tierras. De lo contrario, deberían regresar a España. Con Felipe II, dicha instrucción se repite una y otra vez en sus misivas a virreyes y gobernadores, ya que se trataba de frenar la bigamia -muy frecuente en aquellos tiempos- y de que los españoles formaran hogares cristianos con su legítima mujer a los ojos de Dios en aquellas tierras, frenando el mal ejemplo de muchos que se amancebaban con indias u otras españolas teniendo su esposa en España.

Otra de las limitaciones de estas cartas es que ignoramos las que a buen seguro llegaban de respuesta desde España aunque lo hicieran con mucho retraso. De hecho, se aprecia en bastantes de ellas la angustia de no recibir noticias de los suyos en mucho tiempo una vez mandada su carta, con lo que vuelven a reescribirlas y enviarlas de nuevo… Las comunicaciones no eran fáciles ni rápidas en aquél tiempo, eso se lo aseguro.

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Varias constantes se aprecian en esta correspondencia: no hay cartas de fracasados aunque los hubiera, exagerándose la fertilidad de la tierra y la vida fácil que les espera en el Nuevo Mundo; también se resalta como contraste la vida mísera que se va a dejar en España y las posibilidades seguras de progreso social y económico en América; la honra es el modelo de ascenso social y está basada en el trabajo, recelándose del “pobre español”, un vago que no ha sabido aprovechar las oportunidades que brindan las Indias.

Además, en muchas de ellas, el remitente muestra preocupación por el viaje de su esposa o familiares, está muy presente el miedo al mar y sus peligros en la travesía, sugiriendo remedios para el mareo, sobre los mejores espacios a ocupar a bordo siempre limitados, la alimentación o bebida que debían llevar, etc. Dan consejos también sobre la necesaria e inevitable estancia en la peligrosa Sevilla, lugar de partida desde España.

La religiosidad de aquellos tiempos está también impregnada en los textos, así como cierta actitud despectiva o patriarcal sobre indios, negros y mestizos. Junto a las cartas, en muchas ocasiones se manda dinero para los pasajes y para dotar a las mujeres que han quedado en España (hijas). Se envía a través de paisanos, personas de confianza que se van a embarcar hacia España y son oriundas del mismo lugar o cerca de donde viven los familiares del remitente, pudiendo así entregárselas con mayor facilidad y fiabilidad. También se mandan oro, plata, joyas, tintes, papagayos, periquitos, etc.

Pero no sólo se mandan objetos de valor, exóticos y dinero a España, también se reclaman herramientas de trabajo –en América se prohibió producir hierro, que tenía que venir del País Vasco-; caprichos como turrón, sombreros, imágenes de la Virgen, medias,…; semillas; y asimismo, se reclaman documentos familiares.

El envío era inseguro y las misivas tardaban en llegar a su destino entre seis meses y varios años. Esto hacía que para asegurarse de que llegarían, las escribieran por duplicado o triplicado, mandándose por medio de varias personas de confianza en distintas fechas.

Como hemos visto, los casados con mujer en España escriben para que sus esposas se embarquen y se reúnan con ellos en América, tierra de oportunidades en la que prosperar y dejar atrás la miseria de Castilla. El objetivo es convencerla, así que se exageran bastante las bondades del Nuevo Mundo, en un claro ejercicio de propaganda. (¡Vente a Alemania, Pepe!).

Aunque es cierto que muchos castellanos prosperaron y mejoraron su vida en América de manera notable, no lo es menos que abundaron los vagabundos y pobres españoles que deambulaban sin oficio ni beneficio por aquellas tierras y que constituyeron un motivo de preocupación constante por parte de las autoridades.

Aunque en menor proporción que los casados, los solteros también escriben a sus familiares en España. Lo hacen sobre todo cuando son ya viejos, ricos y se ven enfermos, ante el deseo de compartir con sus lejanos parientes lo conseguido durante tantos años.

Aunque es difícil de calcular, se piensa hoy en día que en torno a un 2% del oro y la plata que venía de América lo constituían los “bienes de difuntos”, el patrimonio que dejaban los españoles que morían allí o en las travesías y que las arcas reales custodiaban y convertían en dinero para entregárselo a sus familiares en España. Hubo innumerables abusos sobre este tema y rara vez los familiares recibían una importante cuantía de la herencia de sus difuntos en las Indias, como mucho juros y promesas de pagos futuros…

También los solteros viejos expresan su deseo de regresar a España para vivir allí sus últimos días, aunque hay otros que renuncian expresamente a volver. El éxito o la riqueza obtenida en las Indias tienen mucho que ver en esto. Se supone que el castellano llegado a América debería haber triunfado y dejado atrás un pasado de penurias… Cuando esto no es del todo así, influye de manera importante para no regresar y evitar así mostrar la cruda realidad a sus familiares y vecinos.

La conspiración del marqués del Valle, hijo de Hernán Cortés…

Sobre este misterioso suceso, acontecido entre los años 1564 y 1566, existe numerosa documentación en los archivos además del rastro dejado por cronistas de la época y la publicación de libros y trabajos más recientes. Sin embargo, sigue siendo un tema bastante desconocido a la par que interesante, ya que esta famosa “conspiración” como ha pasado a la historia, más parece que estuviera basada en rumores, delaciones, gestos y sospechas en el marco de las luchas de poder desatadas en la Nueva España de aquellos años.

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Martín Cortés, hijo de Hernán Cortés y II marqués del Valle de Oaxaca

Lo primero que debe apuntarse es que Martín Cortés (1533-1589) era hijo legítimo de Hernán Cortés y Juana de Zúñiga y no debemos confundirle con su homónimo y hermanastro -hijo anterior de Hernán Cortés y la Malinche– quien también sin embargo se vio implicado en estos acontecimientos.

Martín viajó junto a su padre a España en 1540 y sirvió en las armas al emperador y después a su hijo, el rey Felipe II. Se constata su presencia en la célebre batalla de San Quintín y en Flandes. A la muerte de Hernán Cortés (1547), Martín había heredado el marquesado del Valle de Oaxaca concedido por el emperador en 1529 al conquistador de México y en 1563 regresó a la tierra que le había visto nacer.

El II marqués del Valle de Oaxaca volvió a la Nueva España con gran boato y recibimiento por parte de muchos, sobre todo por los hijos de los conquistadores, encomenderos y primeros pobladores de aquellas tierras que veían en él a uno de los suyos, un líder que podía presionar y encauzar sus reclamaciones ante la Corte por la aplicación de las Leyes Nuevas que les restaban gran parte de su poder y forma de vida al suprimirse la perpetuidad de las encomiendas y frenarse los abusos en la tributación de los naturales, entre otras medidas.

En la segunda mitad del siglo XVI la América hispana vivía cambios profundos por la aplicación de dicha normativa que suponía un perjuicio para los conquistadores, primeros pobladores y descendientes de aquellos, que hasta entonces disfrutaban de una vida garantizada para ellos y sus descendientes gracias a los méritos obtenidos en tiempos de la Conquista. La rebelión de Gonzalo Pizarro en el Perú, la abortada por el virrey Mendoza en la Nueva España y la conocida como “conspiración del marqués del Valle” también en México, fueron algunos de sus intentos más destacados para conservar su modo de vida y sus privilegios.

Detrás de las Leyes Nuevas, además de tratar de mejorar las condiciones de vida de los naturales al imponerse las tesis de Bartolomé de las Casas sobre las de Sepúlveda tras amplio debate, estaba la clara intención del emperador por hacerse con un control político y económico más efectivo de aquellos territorios, frenando así la posible consolidación de una poderosa aristocracia o nobleza paralela en aquellas tierras tan lejanas y formada por parte de quienes, precisamente, la habían conquistado y poblado en su nombre.

Así, los encomenderos y pobladores más veteranos no dejaron de ver como una amenaza a los servidores y oficiales reales llegados desde España en una segunda oleada -sobre todo a partir de la década de 1540- con ideas y legislación renovadoras para administrar tan vasto territorio. Trataron de entorpecer la puesta en práctica de dichas medidas y se rebelaron abiertamente contra ellas en varias ocasiones, como se ha reflejado con anterioridad. En este contexto cabe situar  los sucesos que se desencadenarían en los siguientes meses en México tras la llegada del hijo de Hernán Cortés en 1563.

El virrey Antonio de Mendoza ya había tenido que lidiar con un conato de rebelión por parte de algunos descontentos con las Leyes Nuevas a finales de la década de 1540. Animados por la gravísima rebelión de Gonzalo Pizarro en el Perú -que acabó incluso con la decapitación del virrey Blasco Núñez de Vela en 1546-, algunos de ellos se reunían y conspiraban contra el virrey Mendoza, quien informado de ello y temiendo que la llama de la rebelión prendiese del Perú a la Nueva España, abortó la posible conjura con contundencia antes de que se pudiera llevar a cabo, ejecutando a tres de sus principales supuestos cabecillas.

Sin embargo, los detractores continuaron en la sombra, esperando una nueva oportunidad y acrecentándose su descontento por la aplicación de dicha normativa por parte del siguiente virrey, Luis de Velasco “el viejo”. No es de extrañar, por tanto, que a la llegada del II marqués del Valle a la Nueva España muchos de ellos vieran en él a un líder, caudillo o dirigente que les guiara en sus demandas, dado su poder, ascendencia y riqueza.

El virrey Velasco, ya debilitado en su salud, le recibió con cordialidad aunque muy pronto las diferencias comenzaron entre ambos personajes, pues se encontraban en dos bandos enfrentados: la máxima autoridad real que aplicaba las nuevas disposiciones en la Nueva España y el más poderoso de los encomenderos y, por tanto máximo, perjudicado por la aplicación de dichas Leyes Nuevas. Además, su pompa y aires de grandeza en el México de aquellos tiempos entraban en conflicto con la propia autoridad del virrey, al que hizo ciertos desaires. Quien así lo narra con más detalle es Fray Juan de Torquemada, cronista de aquellos años, señalando las varias ocasiones en las que el marqués y sus partidarios hicieron ostentación de su imagen y poder en fiestas y celebraciones, poniendo de relieve la preeminencia de este personaje en aquellas tierras.

La muerte de Velasco en julio de 1564 no hizo sino acrecentar el importante papel de Martin Cortés en una Nueva España sin virrey y al mando interino de los oidores de la Audiencia. Fueron muchos los que vieron al marqués como futuro virrey y otros tantos los que temían que se convirtiera incluso en un posible “rey de la Nueva España”, separándose de la autoridad de Felipe II.

El propio Cabildo de México, en el que figuraban como regidores importantes partidarios de Cortés, llegó a escribir al rey el 31 de agosto de 1564 sugiriéndole lo siguiente:

Que no se mande virrey a la Nueva España; que el Presidente de la Real Audiencia sea el gobernador, el licenciado Valderrama; que por capitán general se nombre al marqués del Valle”.

Finalmente, tras dos años de tensiones, rumores, conspiraciones reales y también ficticias en un México a la espera de un nuevo virrey que llegara desde España, la Audiencia prendió en julio de 1566 al marqués y a sus principales partidarios para evitar que se hicieran con el poder en el marco de la tradicional fiesta de San Hipólito, como así parecía que era su intención.

Como en otras muchas ocasiones, delatores y grupos rivales jugaron un importante papel para desbaratar la conspiración que parecía cernirse contra la autoridad real aquellos territorios. Uno de ellos fue el hijo del fallecido virrey, Don Luis de Velasco “el joven”, quien logró ganarse la confianza de Cortés y los suyos, conocer sus planes y comunicarlos a la Audiencia para que ésta finalmente actuara contra ellos.

Así, en julio de 1566 fueron detenidos los principales conspiradores, entre ellos el propio Martín Cortés, marqués del Valle, y sus hermanos Luis y Martín “el mestizo”. Condenados todos a muerte en un primer momento, los hermanos Cortés contaron a su favor con la simpatía del nuevo virrey Gastón de Peralta, quien decidió finalmente llevarlos a España para ser juzgados, mientras que los hermanos Gil de Ávila no corrieron tanta suerte y habían sido ya decapitados con celeridad en la ciudad de México tal y como narra el cronista Torquemada:

“… Fueron llevados sus cuerpos truncos, y sin cabezas, a la Iglesia de San Agustín, y con ellos el Capitán General Don Francisco Velasco, Hermano del Virrei Don Luis de Velasco, y su sobrino Don Luis (que ahora es Virrei de esta Nueva España), que fue uno de los Descubridores de esta Liga; porque alcanço a saberlo de algunos, que eran comprehendidos en ella…”.

A Martín Cortés, quien siempre negó su participación en conspiración alguna poniendo como ejemplo los numerosos servicios prestados al emperador por su padre Hernán Cortés y por él mismo al servicio del rey Felipe II, se le desterró a Orán unos años y se le incautaron todos sus bienes. Años más tarde se le levantó el destierro y regresó a España, aunque por si las moscas, se le negó la posibilidad de regresar a su tierra natal, a la Nueva España. Murió finalmente en Madrid en 1589.

Conspiración real, simples rumores malintencionados entre grupos diferentes de poder en el México virreinal de la segunda mitad del siglo XVI, hay quien ve en estos hechos incluso la lucha o el intento de un criollo como Martín por regir los destinos de su tierra frente a la autoridad real de España…

Lo cierto es que no está escrita la última palabra, sólo he pretendido presentarles este tema de una manera muy resumida…

 

El criado oriental de Don Luis de Velasco «el joven»

“… Luis de Velasco, yndio natural de la provincia de Corea, convecina al Japón y a la China, me ha servido mucho años y aunque le he socorrido y dado lo necesario para su vestido, y por ser extranjero y haberme servido muy bien y con mucha fidelidad, mando que de mis bienes se le den 500 ducados de Castilla, y encargo a mis hijos le amparen y favorezcan en todo lo que se le ofreciere y porque ha tenido a su cargo cosas de mi recámara, quiero y es mi voluntad, que habiendo dado cuenta de las joyas y cosas de plata y oro, de lo demás, no se le pida cuenta más de aquella que Alonso de Lafuente dijere que debe dar”.

Esta curiosa cláusula aparece en el testamento dado en Madrid el 29 de abril de 1617 por Don Luis de Velasco y Castilla o Don Luis de Velasco “el joven” como se le conoce en historiografía para diferenciarlo de su padre Don Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón, Don Luis de Velasco “el viejo”.

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Si su padre fue virrey en la Nueva España entre 1550 y 1564, él le superó con creces en el desempeño de elevados puestos de gobierno y administración en las Indias. Así, fue virrey de la Nueva España entre 1590 y 1595, virrey del Perú 1595-1603, nuevamente virrey de la Nueva España 1607-1611 y, como colofón a tan exitosa carrera política bajo los reinados de Felipe II y Felipe III, presidente del Consejo de Indias de 1611 a 1617, año de su fallecimiento.

Presentado mínimamente tan elevado personaje, volvamos a la enigmática cláusula de su testamento. Sabemos y debernos fiarnos de lo que un enfermo Don Luis de Velasco nos dice sobre su amado criado: su origen oriental, “de la provincia de Corea”; que le ha servido muchos años –lo que nos hace dar por seguro que entró a su casa y servicio durante sus largos años en América (en México o en el Perú)-; le deja la nada despreciable suma de quinientos ducados de la época; pide a sus hijos que “le amparen y favorezcan”; y, encargado de sus joyas, pide que no se le pida cuenta “más de aquella que Alonso de Lafuente dijere que debe dar” (Alonso de Lafuente era su mayordomo o jefe de su casa).

Vemos en el anciano presidente del Consejo de Indias y tres veces virrey un agradecimiento sincero a este criado oriental y también una máxima confianza en él. Su nombre no nos da muchas pistas –era frecuente que los criados indios o, en este caso orientales, adoptaran el nombre de su señor- y, en un primer vistazo no he encontrado más referencias sobre él…

Bueno, a decir verdad sí que he encontrado otra referencia en el segundo codicilo incorporado al testamento por Don Luis de Velasco y Castilla apenas un mes antes de morir, el 10 de agosto de 1617 “… A Luis de Velasco mi criado, demás de lo que tengo mandado en mi testamento, le mando agora trescientos ducados más por una vez”.

Ya tenemos 800 ducados para aquél criado Luis de Velasco “yndio natural de la provincia de Corea, convecina al Japón y a la China” y quien seguramente llegó a la Nueva España en el galeón de Manila, aquella singladura establecida con regularidad en 1573 y que unía América y Asia, Acapulco y Manila, para llevar sobre todo plata de la Nueva España a las islas Filipinas y traer productor orientales (especias, cerámica, sedas, marfil,…), bienes exóticos muy apreciados en España y también en la propia América, donde buena parte de ellos se quedaban.

En dicho galeón de Manila iban bienes y también personas, comerciantes que iban y venían, mercaderes, marineros, frailes, tripulación y también criados o sirvientes orientales. Chinos, filipinos, malayos, indios, coreanos… llegaban al puerto de Acapulco donde algunos de ellos eran vendidos como esclavos, otros trabajaban como carpinteros, barberos,… unos se convertían en artesanos o comerciantes, y algunos entraban al servicio doméstico de personajes notables de la vida novohispana. Si los bienes orientales eran un lujo exótico y símbolo de poder en la América hispana, también algo había de eso en tener a su servicio algún criado oriental…

Como seguiré investigando en los próximos meses sobre Don Luis de Velasco “el joven”, tres veces virrey y presidente del Consejo de Indias, no pierdo la esperanza de encontrar y desenmarañar algo más de la vida de este enigmático criado oriental tan favorecido por su señor a la hora de testar y repartir sus bienes y que se encontró sin casa ni dueño en la Sevilla del año 1617…

¿Quién era? ¿Cuándo entró a servir al virrey? ¿Cuándo y cómo llegó a América? ¿Qué fue de su vida tras la muerte de su señor? ¿Cobró los 800 ducados que éste  le dejó? ¿Sus hijos le favorecieron o se ocuparon de él? ¿Se casó? ¿Tuvo descendencia?

En fin, infinidad de preguntas vienen a mi cabeza… espero dar con alguna respuesta en el futuro.

El Cabildo de México contra los excesos de los curas

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El tercer Concilio de la Nueva España tuvo lugar en México durante casi todo el año 1585. La evangelización de los indios, una mejor organización y distribución de los clérigos y, sobre todo, la urgencia de reformar la disciplina clerical, terminando con los abusos de algunos ministros de la Iglesia, además de modificar en parte el comportamiento de los feligreses fueron los temas estrella de aquellas sesiones.

Estaba claro a ojos de casi todos que no todo el clero enviado a la Nueva España era “trigo limpio” y que sus prácticas no demasiado ortodoxas o directamente abusivas y explotadoras de los indígenas eran el pan nuestro de cada día, nunca mejor dicho…

Inmerso en un trabajo de investigación del que les hablaré seguro más adelante, me he topado en el libro de Actas del Cabildo de la Ciudad de México del siglo XVI con una relación muy interesante sobre el contenido anunciado en mis dos párrafos anteriores.

El 31 de mayo de 1585, con el Concilio ya reunido desde el mes de febrero, el Cabildo se pronuncia de la siguiente y contundente manera…

  • Petición del Ayuntamiento al Tercer Concilio Mexicano para que se ponga coto a los excesos de que son objeto los indios en manos de algunos curas, pidiendo a Su Majestad autorice a los Obispos para que los puedan remover de sus cargos, ya que no son perpetuos, sin tener que acudir para esto a las autoridades civiles.
  • Idem para que los Obispos investiguen en sus diócesis si los curas de los pueblos de indios están realmente preparados para dicho puesto, y en caso de no estarlo sean sustituidos por aquellos que conozcan las lenguas indígenas y tengan los méritos morales suficientes.
  • Idem para que los curas no tengan propiedades territoriales ni ganado a 10 leguas a la redonda de sus curatos, ya que generalmente usan del trabajo de los indios para sus servicios, sin paga alguna.
  • Idem para que los curas eviten mandar tamemes (cargadores) fuera de su jurisdicción ya que estos en ocasiones mueren por las extremas cargas, y además, porque no se les paga ni siquiera la alimentación para el camino.
  • Idem para que se prohíba a los curas recibir de los indios presentes y besa-manos en las visitas que hacen; pues tienen suficiente con las obvenciones y ofrendas ordinarias.
  • Idem para que se ordene a los curas que cualquier fiesta de santo o pascua la hagan sólo en un pueblo y no en todas sus visitas, como lo sueles hacer, ya que siempre son pagadas por los indios.
  • Idem para que se prohíba a los curas el vender artículos a los indios, ya que generalmente los obligan a comprarles y les venden dos o tres veces más caro.
  • Idem para que bajo ningún pretexto, en los pueblos donde haya frailes, se permita a estos tener propiedades a 10 leguas a la redonda, por las vejaciones y excesos de que son objeto los indios en el trabajo de las mismas.

¿Cómo se han quedado? No les debe extrañar demasiado, aunque el hecho de que fuera el Cabildo, formado en aquél entonces por algunos de los personajes más influyentes del México virreinal, en buena parte hijos o familiares de aquellos primeros conquistadores, tiene su punto de interés para un servidor.

Las autoridades eclesiásticas eran muy conscientes de aquella situación y de la “relajación de costumbres” de muchos de los religiosos esparcidos por aquél inmenso territorio. Trataron de formar sacerdotes verdaderamente limpios y alejados de las malas prácticas aunque el mismísimo rey Felipe II en sus instrucciones al virrey Luis de Velasco y Castilla insistía en 1595 en el buen trato que se debía dar a los naturales, pagándoles justamente por sus trabajos, impidiendo cualquier abuso por parte de los españoles e incidiendo en evitar toda explotación por parte de los curas…

“… dichos indios reciben muchos agravios de los religiosos y clérigos que los adoctrinan, y particularmente en que los prenden y castigan por cualquier caso liviano, y algunas veces porque no acuden a sus granjerías y servicios personales como ellos querrían. Y como quiera que esto les está prohibido pero no se cumple como debía, os mando no permitáis ni deis lugar a que los curas, clérigos ni frailes a cuyo cargo fuere la doctrina tengan cárceles, alguaciles, ni fiscales, ni hagan cosa que sea en perjuicio de dichos indios”.

“También ordenaréis que los curas no lleven cama, comidas, yerba, leña, ni otra cosa semejante de los indios, sino solamente el salario que les estuviere tasado y señalado”.

En fin, de todo hubo entre aquellos religiosos: Montesinos, de Las Casas, Motolinia… y también auténticos depredadores que se aprovechaban de aquellos a quienes iban a evangelizar en el nombre de un Dios justo y defensor de los pobres entre los pobres, un Dios a quien no dejaban en buen lugar precisamente…