«De mucho más honor merecedora»

Retomo estas píldoras históricas en mi blog para contarles brevemente sobre mi nuevo libro “De mucho más honor merecedora. Doña Aldonza Manrique, la gobernadora de la isla de las perlas”, publicado por SND editores.

Acaba de salir a la venta y ya se encuentra disponible en librerías, plataformas y en la web de la editorial www.sndeditores.com. Por cierto, hasta el domingo 2 de mayo tienen una oferta de lanzamiento con un 15% de descuento si lo compran en dicha web y ponen el código ARVLANZGOB21 en el proceso de compra.

Lo primero de todo es transmitirles la ilusión que le hace al autor el hecho de que vea la luz su nueva obra, producto de innumerables horas de trabajo, búsqueda de documentos de la época, consulta de bibliografía, redacción y revisión del texto. Tengo la fortuna de contar, además, con una prologuista de primera fila, María José Solano Franco, cofundadora de zendalibros.com y responsable de la editorial Zenda Aventuras.

No les voy a destripar aquí todo el libro, no tendría sentido, pero sí que quiero apuntarles algunas claves fundamentales.

No es una novela, lo que se van a encontrar en este libro es una historia real, de esas sobre las que más me gusta escribir, me refiero a aquellas que mucha gente desconoce y nadie o casi nadie ha llevado al papel hasta la fecha. La Historia de España es inabarcable y en ella abundan episodios y personajes por descubrir y por contar. Lo que yo les relato en el presente libro es uno de estos casos.

Doña Aldonza Manrique o doña Aldonza de Villalobos, como ustedes prefieran, existió, nació en Santo Domingo en 1520, fue gobernadora de la isla Margarita desde que era una niña en tiempos del emperador Carlos y tuvo el mando sobre ese pedacito del Caribe hasta su muerte en 1575, bajo el reinado de Felipe II. Fue, por tanto, la primera gobernadora criolla, española nacida en América, del Nuevo Mundo.

Además, gracias a su tesón, gestiones y peticiones, consiguió del segundo monarca mencionado legar su gobernación a su nieto, Juan Sarmiento de Villandrado, último gobernador de esta saga familiar en la isla y muerto trágicamente en 1593, defendiendo precisamente su ínsula.

Aquel escenario caribeño fue siempre especialmente agitado y complejo. A los indios caribes y otras belicosos que se toparon los españoles en las costas de Tierra Firme y en las islas de su entorno, se unieron muy pronto los amigos de lo ajeno extranjeros en busca de botín, piratas y corsarios franceses, ingleses y holandeses que depredaban por allí con frecuencia para robar y saquear todo cuanto pudieran. El principal imán que les atraía hacia aquellas latitudes era, lógicamente, el que ofrecían las riquezas del Nuevo Mundo, metales preciosos y, en concreto en esta zona, las perlas que se daban en abundancia.

Como no podía ser de otra manera, las perlas están muy presente en el libro, sus métodos de extracción, los esclavos empleados para ello, los “señores de canoas”, el control y valor de las piezas, la legislación de la Corona…, pues aquella fue la primera industria o negocio de aquellas latitudes y lo que motivó en buena media que los españoles, después del tercer periplo colombino, por allí volvieran y se asentaran.

Debo asimismo apuntarles que mi libro tampoco es una biografía sobre doña Aldonza, pues es más lo que aún desconocemos sobre ella que lo que, al menos un servidor, ha podido hallar en su investigación, pero sí que su presencia es preeminente en este libro y arrojo algo de luz sobre su vida y gobierno de la isla Margarita.

Una época de exploraciones y expansión española en el Nuevo Mundo, una mujer muy desconocida, perlas, caribes, esclavos, piratas y corsarios impregnan las páginas de “De mucho más honor merecedora. Doña Aldonza Manrique, la gobernadora de la isla de las perlas”.

Por último, decirles que, sin duda, el título hace justicia a su persona, pues doña Aldonza Manrique merece mucha más atención de la que hasta ahora le hemos prestado. Ya lo apuntó un gran cronista de Indias en aquellos tiempos…

Ahora sólo queda que se animen a leer esta historia.

¡Gracias por su interés y apoyo!

Justicia en las Indias: el español condenado a la horca por matar a una india

Ruinas de León Viejo (Nicaragua).

Quiero narrarles una interesante historia, un pleito judicial que tuvo lugar en la ciudad de León, Nicaragua, en 1541. Es un ejemplo de cómo operaba la justicia en primera instancia en las Indias, ejercida por el cabildo ante las alarmantes noticias llegadas sobre un crimen cometido en su área de jurisdicción. Lo llamativo del caso es que el acusado y finalmente condenado a la horca fue un español por haber quemado y matado a una india, tal y como declararon tres testigos principales de tales hechos, tres indios. El comportamiento del acusado terminó de decantar a las autoridades hacia su condena final.

La justicia, antes y ahora, dista mucho de ser aquella dama con una venda en los ojos y que trata a todos por igual sin tener en cuenta la posición social, económica o su relación con el poder de los demandantes o demandados. Eso es una entelequia ilusa. En el Nuevo Mundo, los indios fueron conociendo y asimilando las instituciones españolas y siendo conscientes de los derechos que les concedía el ser, ellos también, súbditos de la Corona. Esto se vio con especial incidencia en materia judicial, ya que pronto comenzaron a pleitear con insistencia para mejorar sus condiciones laborales, denunciar abusos y maltratos ayudados por clérigos y civiles, y, también, demandaron ante las autoridades a encomenderos por las penosas condiciones laborales que sufrían, la incautación de sus tierras o, posteriormente, para reducir su participación en la mita. Pese a las obvias dificultades que tuvieron para ganar dichos pleitos por el bajo lugar que ocupaban en la sociedad, obtuvieron no pocos éxitos en este sentido.

Pero, el tema es demasiado amplio para lo que me ocupa en este artículo, así que me centraré en contarles como transcurrió este proceso penal, sus inicios y desarrollo hasta llegar a su contundente sentencia final.

El 25 de febrero de 1541, en la ciudad de León (Nicaragua), el alcalde mayor y teniente de gobernador Luis de Guebara tenía noticia de que un tal Andrés Medrano “estanciero de Cristóbal García en Çiguina quemó una india hasta que murió e que el cacique porque le reprehendió le dio de açotes e le echó una soga al pescueço para le ahorcar”. Así, pues, ante la gravedad de dicha información, comienza a tomar declaración a los testigos, comenzando por el cacique agredido, llamado Çital.

Ynesica, india ladina -que domina perfectamente el español- ejercerá de intérprete en el cabildo para los testimonios de varios indios en el proceso. El cacique declara que la india se llamaba Soche y que el citado Medrano la ató y la quemó hasta morir y a él le dio una paliza al reprenderle por su acción.

Dos indios más -Guayanolo y Algad- declaran en este mismo sentido y uno de ellos también lo vio con sus propios ojos. Tres testimonios de indios, dos de ellos testigos y uno que lo sabe de oídas, son lo suficientemente claros y coincidentes para que don Luis de Guebara de orden al alguacil para que vaya a detener al acusado y se le incauten todos sus bienes de manera preventiva.

A los pocos días Andrés Medrano estaba ya preso y con cepo. Se le toma declaración y lo niega todo: “no ató la dicha yndia ni la quemó ni le hizo mal ninguno e que ay quedó en el pueblo cuando este confesante prendieron”. Tras su contundente y exculpatorio testimonio, aparece en escena Pedro Martín Zembrano. Vecino de la ciudad y posiblemente amigo del acusado, se presenta como su fiador, ofrece garantías y pide que se le saque del cepo, pues no va a escapar; él se hará cargo como “carcelero comentariense” de que eso no ocurra y también de ponerle a disposición de la justicia cuando así sea demandado.

Vista dicha garantía, Medrano fue liberado del cepo, pero, pocos días después, sucedió algo que podía ser previsible: huye de la cárcel y desaparece. El alcalde mayor comunica a Pedro Martín Zambrano este hecho y le da tres días, para que, como fiador suyo, le traiga ante la justicia. Al mismo tiempo, emite su primera “carta de crédito”, pregonada en plaza pública para que el fugado regrese en un máximo de nueve días para continuar el proceso.

Pasado dicho periodo, ante su “rebeldía y contumaçia”, pues no se ha presentado y sigue huido, se escribe y pregona una segunda notificación dándole otros nueve días de plazo para presentarse. Eso sí, sus incautados bienes -una yegua y algún otro- iban a ser ya vendidos en almoneda pública para sufragar los costes del proceso. El animal fue rematado a “Juan Griego, marinero calafate como mayor pujador en veinte pesos de oro”.

El alcalde y teniente de gobernador dio un tercer plazo para que el rebelde fugado se presentara ante las autoridades, pero nada cambió. El proceso, pues, debía continuar en ausencia del acusado, quien con su huida y desaparición había dejado ya su credibilidad e inocencia sin ningún crédito.

Así, se llamó de nuevo a los principales testigos, varios indios, para que se ratificaran en sus testimonios, cosa que hicieron todos ellos.

Finalmente, el 25 de junio de 1541, se dictó sentencia:

Fallo que debo de condenar e condeno al dicho Andrés Medrano por aver cometido el dicho delito de aver quemado la india Soche de que murió, que le devo de condenar y condeno en que sea traydo cavalgando en una bestia, sacado de la cárcel pública desta çibdad e traydo que sea a ella, sea traydo por las calles públicas acostumbradas desta çibdad de León por voz de pregonero que manifieste su delito e sea llevado a la horca desta çibdad e della sea hahorcado e colgado hasta tanto que naturalmente muera…”

Por supuesto, dicha sentencia fue pregonada en ausencia del condenado. No sé qué fue del infame Andrés Medrano, si fue capturado y ahorcado pasado un tiempo o si mudó su identidad y continuó su vida en otras partes de las Indias donde no se le pudiera identificar como el vil asesino que era.

La Justicia en la América hispana trató siempre de atender y proteger a sus ciudadanos, fueran estos españoles, indios o mestizos. Todos podían acudir a ella y, los indios, lo hicieron en numerosas ocasiones, como demandantes y testigos. En este caso, los testimonios de varios de ellos y la huida precipitada del acusado, fueron definitivos para la sentencia dictada.

Una mujer india fue la víctima y tres indios fueron los principales testigos, declarando ante la justicia para que, finalmente, el fugado español fuera condenado a la horca.  

El mapa del «mar de España»

Mapa de autor desconocido. (AGI//MP-BUENOS_AIRES).

Seguramente no es el mejor mapa realizado sobre el Nuevo Mundo. Tampoco el más bello ni adornado, pero sí que resulta muy curioso y atractivo por los detalles que en él se recogen y la nomenclatura que su desconocido autor incluyó sobre algunos accidentes o espacios geográficos. Por todo ello, merece la pena detenerse en él, ampliarlo por partes para que lo aprecien mejor y contarles algunos de esos jugosos pormenores de este dibujo en el que se muestran la mayoría de los dominios españoles en América.

Debo decirles que me topé con él por casualidad, como suelen ocurrir estas cosas. Bueno, por azar en parte, ya que me hallaba consultando en el AGI/PARES mapas de esa misma época, pero de otras latitudes, concretamente del Caribe. Las sucesivas búsquedas, a la par que mi curiosidad, hicieron que abriera la imagen cuya descripción era: “Mapa y derroteros del Océano Atlántico y costas aledañas”.

Tal y como indica el AGI, por la letra y otros detalles, parece hecho en el siglo XVI y lleva una rúbrica no identificada. Además, el autor incluía al dorso esta humilde disculpa por su “mala mano” al realizarlo, ya que él no era un profesional del arte de pintar o reproducir mapas con exactitud o acierto, pero su boceto sí que podría ser útil para que en España se rehiciera de mejor manera:

«Perdone vuestra señoría la mala mano que házelo como nunca me enseñaron el oficio de pintor, pero allá se podría por esa traza hazer pintar bien a quien lo supiese hazer«

En el capítulo de detalles a tener en cuenta, uno sobresale por encima de todos los demás: el océano Atlántico es denominado “mar de España” en varias ocasiones, y no le falta razón al autor. Como apunta acertadamente Tomás Mazón, autor del recomendable «Elcano, viaje a la historia», dicha expresión era empleada por los marinos cuando echaban la sonda para medir la profundidad de las aguas que surcaban y no daban con el fondo.

Pero la interpretación que más me cuadra en este caso es otra, por la fecha más avanzada de realización del citado mapa y el conocimiento que ya se tenía de aquellas aguas. Las flotas de galeones surcan sus aguas desde España a América y viceversa transportando personas y bienes y, pese a los ataques de piratas y corsarios -sobre todo en el Caribe- el inmenso océano era, sin duda, ese “mar de España” que él refiere. Al igual que todos recordamos aquello del “lago español” para identificar al océano Pacífico, el dibujante ocasional refleja el pleno dominio del otro océano por España.

Para aproximarnos a una datación más concreta, lo mejor es prestar atención a los lugares (ciudades, cabos, ríos…) que figuran mencionados en el mapa. Sobre todo, en los de la parte más meridional, pues la expansión y asentamiento castellano en aquella zona fue posterior al de las Antillas, Centroamérica y norte de Sudamérica. La Florida y el resto de Norteamérica apenas están esbozadas.

Mirando, pues, hacia el sur del continente y fijándonos en las ciudades o pueblos marcados y las fechas de sus fundaciones por los españoles, nos encontramos con el estrecho de Magallanes (1520), Santiago (1541), Santiago del Estero (1553), Tucumán (1565), Buenos Aires (1580, la segunda fundación por Juan de Garay, ya que la anterior de 1536 por Mendoza tuvo una vida efímera) y Salta (1582).

Detalle Sudamérica.

Las fechas anteriores, en especial las dos últimas referidas a Buenos Aires y Salta, hacen pensar en que el mapa fue hecho, seguramente, en los últimos años del siglo XVI o primeros del siglo XVII.

Otra cuestión muy interesante son los cinco derroteros marcados y que surcan ese “mar de España”: «de Nombre de Dios a España», «de España a Nombre de Dios», «de España al Campo y al Paraguay», «derrota al Río de la Plata» y, «derrota al Estrecho de Magallanes». Incluso marca una sexta que no menciona, al sur de la isla de Tierra del Fuego, bordeando el cabo de Hoces o de Hornos.

El “Campo” citado aparece dibujado en casi todas las tierras de Brasil y hasta Uruguay, donde figura “guaranís”, indios habitantes de aquellas latitudes. La línea equinoccial aparece claramente señalada y no demasiado lejana a su ubicación real. Por su parte, la costa pacífica aparece apenas definida pues su objetivo es marcar las rutas, ríos, islas y cabos de las costas del océano Atlántico. Llama también la atención que siga denominando mar del Sur al que ya la expedición de Magallanes y Elcano nombró como océano Pacífico.

Lo más conocido es lo que realmente aparece peor dibujado, me refiero a la propia España y a Europa. No interesaban tanto unos perfiles perfectos o muy realistas de aquellas tierras y el dibujante aficionado -que ya tenía sus propias limitaciones para ilustrar con mayor acierto- no se esmeró demasiado en ello. Otro interesante detalle es que, en en nuestro país, sólo señala dos ciudades: Sevilla y La Coruña. La primera no extrañará a nadie, ya que fue el gran puerto de entrada y salida hacia las Indias; la segunda, fue sede la Casa de la Especiería de 1522 a 1529 y tuvo una relación especial con el Nuevo Mundo.

Perdón, en España hay tres lugares señalados, no dos. El nombre de Gibraltar puede leerse, dando paso al estrecho y al mar Mediterráneo.

Detalle «mar de España».

En fin, un mapa que no me dejó indiferente pese a sus lógicas inexactitudes y donde el océano Atlántico es el “mar de España”, pues España, con sus navíos y marinos valientes fue la que navegó, exploró y cartografió medio mundo en aquel siglo XVI.

Les dejo su referencia en AGI/PARES para que lo amplíen a su antojo y disfruten de mil y un detalles más. AGI//MP-BUENOS_AIRES,5

Feliz 2021

1519, Cortés en México y la vuelta al mundo… ¿Cómo no conmemorarlo?

vueltaalmundoEl año 1519 es fundamental para la historia de España, de América y del mundo. Hace justo 500 años, dos empresas de envergadura comenzaban en el Nuevo Mundo descubierto menos de 30 años antes: Hernán Cortés llegaba al actual territorio mexicano y, con pocos meses de diferencia, partía desde España la expedición hacia el Maluco que daría con el anhelado paso entre los océanos Atlántico y Pacífico, llegaría a las islas de las Especias y acabaría dando la vuelta al mundo tres años después con El Cano y dieciocho de sus integrantes originales.

Ambos hechos cambiaron y ampliaron la percepción, dimensiones y conocimiento del mundo hasta entonces tenido por cierto. La monarquía hispana, ya global y poderosa entonces, se hizo aún más inmensa y preponderante gracias a hombres como Cortés y El Cano.

En el año 2019, ¿cómo no vamos a conmemorarlo? ¿Cómo desde las instituciones públicas no van a apoyarse y recordarse firmemente estas dos efemérides? Ay amigos, en un caso sí, en otro no… ya saben ustedes los complejos y prejuicios que tenemos con nuestra propia historia.

Respecto a la primera circunnavegación del mundo, empresa española con relevante participación portuguesa (Magallanes era el comandante hasta que falleció y llevó a importantes pilotos portugueses consigo además de allegados), los actos previstos son ya más de un centenar de todo tipo. Dejando al margen las absurdas polémicas entre Portugal y España, parece que todo se va encauzando para conmemorar esta gesta como se merece.

En cuanto a la llegada de los españoles a México al mando de Cortés, la cosa cambia tristemente bastante. El ministro de Cultura español, preguntado por la ausencia de conmemoración de estos hechos en la agenda pública, manifestó que “en México este tema es complicado”, teniendo que echarle un cable Borrell al afirmar que algo se haría, pero sin concretar ni qué ni cómo ni cuándo.

Entran aquí todos los prejuicios, leyendas negras asumidas como verdades, el miedo a molestar, la piel de fumar, las desmedidas vergüenzas propias por lo que sucedió hace 500 años, el temor a poner en valor lo mucho de bueno que supuso la conquista de México, etc.

Hernán Cortés

Retrato de Hernán Cortés

Miren ustedes, precisamente por ser complicado este tema en México como adujo el todavía ministro de Cultura, más empeño debería poner aún el gobierno de España para estrechar lazos con aquél país hermano con el que comparte cultura, idioma y 300 años de una historia común en el que su territorio formó parte España.

A ambos lados del océano hay multitud de historiadores e investigadores serios sobre la enorme figura y empresa que protagonizó Hernán Cortés. Simplemente, es cuestión de voluntad conmemorar esta efeméride -500 años no se cumplen todos los días- para recordar, alejados de prejuicios y versiones maniqueas e impregnadas de ideologías actuales, lo que fue y supuso el encuentro entre aquellos dos mundos tan diferentes entre sí. ¿Con sus luces y sus sombras? Por supuesto, claro que sí, como no podía ser de otra manera.

Valdría mucho la pena hacer un esfuerzo importante para arrojar algo de luz sobre un episodio siempre tan manipulado y a la vez desconocido por la mayoría. Si se hiciera, se podrían comenzar a superar viejas rencillas, rencores absurdos y versiones interesadas sin rigor de lo que ocurrió hace 500 años.

La lástima es que no hay voluntad real, nos da miedo, vergüenza, no queremos molestar,… En fin, llegados a este punto me pregunto cómo harían ingleses o franceses si Hernán Cortés hubiera nacido en Inglaterra o el país galo. Es fácil suponer que todo sería muy diferente.

Escribo estas líneas cuando se acaban de convocar Elecciones Generales en España. No sé quien las ganará y quien o quienes gobernarán finalmente este país –como para hacer quinielas está el patio- Mi única esperanza es que el gobierno que se constituya le dé una vuelta a su política cultural y de acción exterior para incluir a Hernán Cortés en su planes. En 1519 Cortés llegó a México por primera vez y hasta 1521 no conquistó definitivamente Tenochtitlán, la capital mexica. Hay tiempo para recordarlo todavía.

Confío en ello, aunque, para serles sinceros, no mucho… esto es España.

Diez claves sobre «Conquistadores olvidados»

portadaComo algunos de ustedes ya conocen, acaba de ver la luz mi nuevo libro “Conquistadores olvidados. Personajes y hechos de la epopeya de las Indias”. Sin alargarme en exceso ni destripar en demasía lo que en sus páginas contiene sí que me gustaría darles diez claves sobre lo que van a encontrar en él, esperando con ello despertar sus ganas de leerlo…

1.- Este blog, “Historias de América”, está en el origen del libro, ya que he retomado algunas de las historias aquí esbozadas con anterioridad para ampliarlas y plasmarlas en el libro, documentándolas con un mínimo de rigor exigible. Además, incluyo otras inéditas.

2.- “Conquistadores olvidados. Personajes y hechos de la epopeya de las Indias” es un libro de Historia o, si lo prefieren, de historias. Independientes entre sí, los 22 capítulos reflejan la realidad de lo que vivieron conquistadores y otros personajes que hoy casi nadie recuerda. Además, también rescato algunos acontecimientos que he conocido y que han llamado especialmente mi atención. Todo ello de una manera espero que amena y también breve (cada capítulo merecería un libro).

3.- Documento estos capítulos con fuentes primarias cuando es posible –textos que nos dejaron escritos sus protagonistas o quienes les conocieron- y secundarias -documentos y bibliografía-.

4.- Hay miles de historias sobre el Descubrimiento y Conquista de América. Mi libro recoge algunos de esos episodios y personajes que hoy yacen en el olvido y que vivieron hechos extraordinarios en aquél Nuevo Mundo tan lejano, fascinante y también lleno de peligros.

5.- Lógicamente, mi pasión por la Historia y, en concreto, por el encuentro entre dos mundos tan diferentes y su realidad a lo largo de los tres siglos en los que buena parte de América formó parte de España me han incitado a leer, investigar, escribir y plasmarlo en este libro.

6.- Si aquellos hechos hubieran sido protagonizados por ingleses o franceses los tendríamos hasta en la sopa y se contarían de manera muy diferente a lo que se hace ahora. Aquí, o los obviamos directamente o los demonizamos sin rigor, esa es la triste realidad.

7.- Es un libro sin prejuicios ni vergüenzas. Invito al lector inteligente a acercarse a él de la misma manera. Todo es mucho más complejo de lo que nos han contado y, en muchos casos, hemos asumido como verdad absoluta.

8.- Con sus luces y sus sombras, como no podía ser de otra manera, aquellos hombres y mujeres vivieron infinidad de aventuras y desventuras, protagonizando auténticas hazañas y también hechos abyectos. Sólo aspiro a recordarlos.

9.- Escribo sobre Gonzalo Pizarro, Bernal Díaz del Castillo, Alonso de Ercilla, la monja alférez, Lope de Aguirre, Luis de Velasco,… pero también sobre cómo se celebró en el México virreinal el triunfo en la batalla de Lepanto o cómo escribían a sus esposas y familiares aquellos primeros indianos del siglo XVI.

10.- Les recomiendo leer con atención el prólogo, lo último que se escribe de un libro y, a menudo, lo que nunca se lee. Háganlo, en esas páginas hago algunas reflexiones sobre lo que supuso algo que sin duda cambió la Historia de la Humanidad.

autor

Hoy, por diferentes motivos, apenas se recuerda este episodio clave en la Historia de España, de América y del Mundo. Y cuando se menciona, suele hacerse para denigrarlo, dominado como sigue por una poderosa leyenda negra que todo lo envuelve por razones ideológicas ajenas al más mínimo rigor con el que deberíamos todos aproximarnos a lo que comenzó hace ya más de 500 años, tratando de comprender y sin juzgar con nuestra mentalidad del siglo XXI…

“Conquistadores olvidados. Personajes y hechos de la epopeya de las Indias” está ya a la venta y lo pueden encontrar o pedir en las principales librerías. Ahora que se acercan las fiestas navideñas, no se me ocurre un mejor regalo para sus familiares y amigos… jajaja, pero qué les voy a decir yo…

Gracias a todos y un abrazo.

Andrés de Valderrábano, el escribano de la mar del Sur

Me costó dar con él en San Martín de Valdeiglesias, su patria chica ubicada en una esquinita al oeste de la actual Comunidad de Madrid. Sabía que allí estaba pero imaginé que lo encontraría presidiendo la plaza principal, junto al Ayuntamiento y la iglesia. No era así pero decidí no preguntar y seguir caminando por las calles del pueblo, convencido de toparme con él en la siguiente plaza, parque o lugar señalado del municipio. Al comprobar que no lo encontraba fácilmente tras recorrer casi todo San Martín, decidí preguntar a un lugareño, quien me dio un par de pistas definitivas: “enfrente de la casa cuartel de la Guardia Civil, en la salida hacia Ávila…”.

Efectivamente, casi saliendo del pueblo por la carretera dirección Ávila se encontraba el recuerdo que San Martín de Valdeiglesias tributa a su hijo Andrés de Valderrábano, amigo y compañero de Vasco Núñez de Balboa y, lo que es más importante, escribano real, el hombre que dio fe y testimonio por escrito del descubrimiento de la mar del Sur –luego océano Pacífico- incluyendo los detalles de aquél acontecimiento y sus protagonistas.

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Avenida Andrés de Valderrábano. Foto del autor.

Al fondo de una generosa “Avenida Andrés de Valderrábanos” -no es más que un bulevar arbolado y casi escondido a la salida del pueblo- vi al fin la estatua del escribano de la expedición al mando de Balboa. Valderrábano fue uno de los primeros sesenta y siete europeos que divisaron el Pacífico y uno de los primeros veinte y siete que se mojaron y probaron sus aguas.

Así lo reflejó el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo en su “Historia General y Natural de las Indias” años después. Oviedo nos refiere que conoció a Andrés de Valderrábano, vio y leyó sus escritos y se los quedó cuando éste murió, transcribiendo en su obra citada la toma de posesión del mar del Sur que tuvo lugar el 29 de septiembre de 1513, día de San Miguel…

“… Y como el agua llegó, el capitán Vasco Núñez, en nombre del Serenísimo e muy Chatólico Rey don Fernando, quinto de tal nombre, e de la Reyna Serenísima e Cathólica doña Juana, su hija, e por la corona e cetro real de Castilla, tomó en la mano una bandera y pendón real de Sus Alteças, en que estaba pintada una imagen de la Virgen Santa María, Nuestra Señora, con su presçioso Hijo, Nuestro Redemptor Jesu-Chripsto, en braços, y al pie de la imagen estaban las armas reales de Castilla e de León pintadas; y con una espada desnuda y una rodela en las manos entró en el agua de la mar salada hasta que le dio a las rodillas…”.

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Detalle estatua de Andrés de Valderrábano. Foto del autor.

Gracias también a Andrés de Valderrábano sabemos quienes fueron esos primeros veintisiete europeos que mojaron sus pies, manos y caras en el océano Pacífico. Permítanme que los mencione a modo de homenaje, ya que casi nadie los recuerda hoy en día…

“El capitán Vasco Núñez de Balboa, Andrés de Vera, clérigo, Francisco Piçarro –sí, el luego famoso Pizarro-, Bernardino de Morales, Diego Albitez, Rodrigo Velázquez, Fabián Pérez, Francisco de Valdenebro, Francisco González de Guadalcama, Sebastián de Girjalva, Hernando Muñoz, Hernando Hidalgo, Álvaro de Bolaños, Ortuño de Baracaldo, vizcayno, Francisco de Luçena, Bernardino de Cinfuegos, esturiano, Martin Ruiz, Diego de Texerina, Christóbal Daça, Johan de Espinosa, Pasqual Rubio de Malpartida, Johan de Portillo, Johan Gutierrez de Toledo, Francisco Martín, Johan de Beas. Estos veynte e seis y el escribano Andrés de Valderrábano, fueron los primeros chripstianos que los pies pusieron en la mar del Sur, y con sus manos todos ellos probaron el agua e la metieron en sus bocas, como cosa nueva, por ver si era salada como la destrota mar del Norte; e viendo que era salada, e considerando e teniendo respecto a donde estaban, dieron infinitas gracias a Dios por ello”.

De su vida no conocemos muchos detalles. Pero sí sabemos que permaneció junto a Balboa hasta el fin de sus días, participando en las diferentes misiones de exploración capitaneadas por el extremeño y tomando notas sobre ellas. Apenas cinco años después del descubrimiento de la mar del Sur, las conspiraciones del gobernador Pedrarias Ávila contra Núñez de Balboa por celos, luchas de poder e inquinas personales, le acabaron deparando el mismo triste y cruel destino. Balboa fue decapitado en la plaza mayor de Acla (Panamá) en enero de 1519 al igual que sus fieles compañeros Fernando de Argüello, Luis Botello, Hernán Muñoz y Andrés de Valderrábano, “como carneros, uno a par de otro”.

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Castillo de la Coracera, San Martín de Valdeiglesias. Foto del autor.

Si pasan por San Martín de Valdeiglesias aprovechen para ir a verlo, ya saben, enfrente de la casa cuartel de la Guardia Civil, en la salida del pueblo hacia Ávila. De paso podrán ver también el magnífico castillo de la Coracera, cuyo origen se estima en el siglo XV, vinculado a don Álvaro de Luna, el poderoso condestable de Castilla.

Espero que en San Martín de Valdeiglesias los profesores aprovechen la figura de Andrés de Valderrábano para recordar a los escolares la gesta de Núñez de Balboa y el descubrimiento del océano Pacífico hace más de 500 años. Aunque no sé yo si es ilusa mi esperanza…

El oro de Atahualpa…

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La celada de Cajamarca según Felipe Guamán Poma de Ayala retrató en su «Primer nueva crónica y buen gobierno» (1615).

Ríos de tinta se han escrito sobre lo que aconteció aquél mes de noviembre de 1532 en el corazón del incario y varias son las certezas al respecto que conocemos hoy en día. Sí que está claro que Atahualpa cayó en una celada tendida por lo españoles al mando de Francisco Pizarro –la única manera de que los 170 españoles a las órdenes del extremeño se impusieran a los miles de guerreros incas era empleando la argucia y el arrojo de aquellos aventureros con el claro objetivo de descabezar y atrapar a aquél dios intocable para los incas, un dios al que ni siquiera sus súbditos podían mirar a los ojos-.

Así se hizo, por sorpresa y con diligencia, estableciéndose un rescate por su vida que provocó que el oro y la plata llegaran a raudales a aquella habitación de Cajamarca para provecho de los españoles y ninguno del cautivo, pues el ínclito y desventurado Atahualpa fue ejecutado después en una decisión no exenta de polémica ni del todo explicable.

Quiero precisamente centrarme en aquél fabuloso tesoro y en las ingentes cantidades de metales preciosos que los españoles se repartieron como botín, al menos de lo que oficialmente se dio cuenta entonces…

Pedro Sancho de la Hoz, escribano de la expedición, dio rúbrica oficial a dicho reparto y se mandaron las cuentas a la Corte, como era menester, apartando el quinto real. El oro y la plata fundida y convertida en barras o lingotes ascendieron a 1,3 millones de pesos y 50.000 marcos de plata. Lógicamente, las sospechas y algunas denuncias de ocultación de importantes cantidades a los ojos de la Corona fueron abundantes y se sospecha con verosimilitud que hubo otras cuentas paralelas o sin anotar, beneficiando no sólo, pero sí sobre todo, a los hermanos Pizarro.

¿Cuánto le tocó de aquél reparto a Francisco Pizarro? El capitán de la expedición, una vez alcanzado al fin el triunfo que le haría dominar el Perú y pasar a la posteridad tras dos expediciones fallidas anteriores y mil penalidades, se quedó, lógicamente, con la mejor parte del pastel.

 

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Retrato de Francisco Pizarro.

Si hablamos sólo del reparto del tesoro de Atahualpa y de lo que se consignó en el documento público por Sancho de la Hoz, al capitán extremeño le correspondieron unos 300 kilos de oro y 600 kilos de plata. ¿Cómo se quedan? Eso sólo en el oro y plata fundidos en aquella primavera de 1533, sin contar algunas piezas impresionantes que se apropió como un trono de oro macizo valorado en 25.000 pesos y mucho más que no fue consignado…

Esteban Mira Ceballos, doctor en Historia de América por la Universidad de Sevilla, es quien nos da esa cifra impresionante de los 300 kilos de oro y 600 de plata que correspondieron al capitán extremeño en su reciente e interesante libro sobre Francisco Pizarro. Para los lectores que siempre ven referencias a pesos de oro, maravedíes, castellanos, escudos,… de compleja homologación o equivalencia en la actualidad, Mira Ceballos facilita la traslación del valor de lo que entonces se repartió en aquellas fechas y es de agradecer.

Los hermanos de Pizarro –Hernando, Juan y Gonzalo– además de Hernando de Soto, socio de la expedición, se quedaron por su parte con el doble de lo correspondiente a los caballeros, aproximadamente 80 kilos de oro y 160 kilos de plata. Los infantes por su parte, la mayoría del grupo, recibieron en torno a 20 kilos de oro y 40 de plata. Recordemos que la composición de las huestes de Pizarro que llegaron a Cajamarca la componían unos 110 hombres a pie y 60 a caballo.

Estas ingentes sumas hicieron inmensamente ricos a aquellos aventureros en lo más profundo del incario, aunque ello no supuso gozar de un futuro acomodado y garantizado para todos. La abundancia de oro y plata en manos de los españoles desató un alza en los precios realmente brutal, sobre todo en los productos que ellos más demandaban (caballos, herramientas, textiles,…), lo que dio pie a que esas fortunas se dilapidaran con bastante celeridad en muchos ocasiones. Además, influyó el negativo efecto del “nuevo rico”; en bastantes casos se trataba de analfabetos o semianalfabetos que se veían de la noche a la mañana con una fortuna y poco seso con el que administrarla.

Pero también es cierto que, tras la caída de Atahualpa y el reparto del botín, Francisco Pizarro dio permiso a sus hombres para regresar a Panamá o a Castilla, en especial a aquellos enfermos, heridos o veteranos que deseaban retirarse. Unos 60 aceptaron el ofrecimiento y tomaron el camino de retorno, llegando a Castilla varios de ellos donde llevaron una vida de lujo y ostentación merced a sus ganancias en el Perú. Otros no tuvieron tanta suerte y la Corona incautó o bloqueó los metales que algunos de ellos trataron de introducir en su tierra por supuestas o veraces irregularidades con el fisco.

Como le escuché al escritor colombiano William Ospina –autor de una muy recomendable trilogía sobre la expedición de Pedro de Ursúa en busca del Dorado- el concepto y uso del oro y la plata entre ambos mundos era muy diferente, algo que conviene tener en cuenta y a menudo se olvida.

Mientras los indios decoraban su cuerpo con brazaletes, anillos, colgantes y hacían objetos ricamente trabajados, los españoles se incautaban de ellos para fundirlos y realizar barras o lingotes. Los naturales no comprendían como objetos tan bellos por ellos elaborados fueran destruidos y convertidos en algo tan feo y tosco como un lingote. Los españoles, por su parte, inmersos en la economía mercantil, acaparaban el oro y plata que les haría ricos, mientras los indios utilizaban en sus transacciones comerciales la lana, el cacao y otros productos en una economía donde el trueque era la base.

Dos mundos muy diferentes amigos, juzgar es muy fácil y ciertamente imprudente desde nuestra visión del siglo XXI. Póngase en aquellos tiempos y circunstancias para comprender más y mejor…

Mateo Alemán, el «bestseller» que murió pobre en la Nueva España…

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Mateo Alemán (Sevilla, 1547 – México, 1614).

Mateo Alemán (Sevilla, 1547 – México, 1614) es un personaje sumamente atractivo que hoy casi nadie recuerda. Este sevillano judeoconverso escribió el primer gran “bestseller” de la literatura del siglo de Oro, alcanzando un éxito brutal con su “Guzmán de Alfarache”, novela picaresca que se difundió muy pronto masivamente por España y por Europa. Sin embargo, su origen, las envidias, sus negocios turbios, las deudas y otros factores hicieron que se embarcara hacia las Indias y que muriera pocos años después, pobre y olvidado, en la capital de la Nueva España

Con Miguel de Cervantes le unen varias coincidencias y muchos ven en el “Guzmán de Alfarache” una influencia decisiva en la inmortal novela que dio vida al ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. Ambos autores nacieron el mismo año, 1547, los dos estuvieron presos en Sevilla por las mismas fechas –puede que hasta se conocieran en su cautiverio-, publicaron sus novelas en dos partes (Mateo Alemán en 1599 y 1604; Cervantes en 1605 y 1615) y ambos vieron con enojo como veían la luz versiones apócrifas de sus novelas entre ambas entregas.

Un último factor que les une es que los dos pidieron licencia para pasar a las Indias. Cervantes lo intentó en dos ocasiones sin conseguirlo. Alemán también, una primera en 1582 y la segunda, en 1607, cuando finalmente la obtuvo aunque para ello tuviera que ceder sus propiedades a Pedro Ledesma, secretario del Consejo de Indias, y también sus derechos sobre el “Guzmán de Alfarache” en Castilla y Portugal. Su falta de limpieza de sangre pesó mucho en estas decisiones para que no se le impidiera viajar a las Indias…

La licencia consta en la Casa de Contratación del Archivo de Indias para pasar junto “con sus hijos Francisca, Margarita y Antonio Alaeman, y con su sobrina Catalina Alemán, hija de Juan Agustín de Alemán, todos naturales y vecinos de Sevilla, a Nueva España”. También le acompañaron dos criados. Hoy se sabe que la tal Francisca no era su hija sino su amante Francisca Calderón, con quien llevaba años de relaciones, pues su matrimonio previo con Catalina de Espinosa había sido un mero trámite de extrema necesidad para saldar unas deudas y evitar la cárcel.

Pese al fulgurante éxito de su novela, Mateo Alemán no se benefició más que de una ínfima parte debido a su origen, sus pleitos, deudas y negocios poco claros, llevándose la mayor parte del caudal los impresores, tanto españoles como europeos que tradujeron su obra con celeridad y sin su permiso a los principales idiomas (italiano, francés, alemán, inglés,…). El tema del respeto a la autoría no se seguía mucho en aquellos tiempos…

Su decisión de trasladarse a la Nueva España junto a su amante e hijos quizás se debió a su hartazgo de Sevilla y las sombras que siempre se cernían sobre él por su origen y condición, la usurpación de su principal obra y, finalmente, el deseo de vivir tranquilo junto a sus seres queridos en aquél Nuevo Mundo, huyendo de un pasado muy agitado y de un matrimonio de conveniencia.

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Fray García Guerra, arzobispo (1608-1612) y virrey (1611-1612) de la Nueva España

En la flota que finalmente le llevó a América en 1608 coincidió con Fray García Guerra, quien viajaba como nuevo arzobispo de México y con él que trabó una fluida relación de amistad.

De hecho, Fray García Guerra se convirtió en su protector, primero como arzobispo y luego como virrey, aunque fuera por poco tiempo. En 1611 asumió el cargo de virrey tras la marcha a Madrid del veterano Luis de Velasco, pero la mala fortuna hizo que una fatídica caída del carruaje complicara su salud y acabara con su vida apenas un año después.

No mucho se sabe con certeza de los poco más de cinco años que un sexagenario Mateo Alemán vivió en la Nueva España. Sí que allí publicó su “Ortografía castellana” en 1609 y un par de obras para narrar la trayectoria vital del citado Fray García Guerra y su lastimera muerte.

En 1614, el autor del primer gran “bestseller” de la literatura en castellano moría pobre la ciudad de México. Con una vida agitada y no exenta de claroscuros, el autor del “Guzmán de Alfarache” no fue un héroe por sus hechos de armas pero sí lo fue de las letras en los albores del siglo de Oro.

Termino con una de sus citas más célebres. “Deben buscarse los amigos como los buenos libros. No está la felicidad en que sean muchos ni muy curiosos; sino pocos, buenos y bien conocidos”.

Seguramente ya han adivinado cuál será una de mis próximas lecturas…

Pedro de Candía, el artillero de «los trece de la Fama»

Pedro de Candía es sin duda uno de los personajes más emblemáticos de los “trece de la Fama” por todo lo que vivió y especialmente por su papel clave en la conquista del Perú y sucesos posteriores. Junto a otros doce hombres decidió apostar todo por Francisco Pizarro cuando lo más prudente hubiera sido volver a Panamá desde aquella minúscula isla del Gallo en la que se habían refugiado tras padecer tremendas calamidades.

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Fragmento de las capitulaciones entre Francisco Pizarro y la reina Isabel, esposa del emperador Carlos. 26-07-1529. Aparecen los nombres de los «trece de la Fama». Fuente: PARES, Archivo General de Indias.

¿Era griego? Así lo asegura la historiografía, situando su origen en la isla de Creta, aunque algunos autores lo pongan en duda, pues se casó en Extremadura donde dejó a su mujer tras viajar a las Indias. Lo que sí parece más evidente es que era un experimentado soldado, artillero para más señas, y que se había fogueado convenientemente en el norte de África (Orán, Trípoli) e incluso en la batalla de Pavía (1525).

De fortaleza imponente y alta talla, era de esos soldados que impresionaban al verle con su celada, cota de malla, espada, rodela y arcabuz. Cuando el piloto Bartolomé Ruiz regresó de Panamá con socorro y refuerzos para los “trece de la Fama”, la expedición continuó hacia el sur y dieron con Tumbes, primer asentamiento que les mostró las primeras señales claras de la riqueza y magnitud del imperio inca. Pedro de Candía fue de los primeros en desembarcar e hizo una demostración de fuego con su arcabuz, quedando los naturales impresionados ante el estruendo y poder de aquél artefacto.

Luego acompañó en su viaje a España a Francisco Pizarro en 1529 y narró con elocuencia lo visto en Tumbes y las riquezas que prometía el Perú, contribuyendo así a recabar el apoyo de la Corte y del Consejo de Indias a la definitiva empresa de conquista del capitán extremeño.

Su presencia en Toledo la aprovechó para conseguir algunos nombramientos y ventajas por encima de las recibidas por sus compañeros de fatigas de la isla del Gallo. Así, se le nombró artillero mayor del Perú con salario de 60.000 maravedíes anuales y también regidor de Tumbes. El archivo de Indias también nos dice que obtuvo exención de almojarifazgo –impuesto sobre las mercancías- para él y su mujer además de permiso para llevar dos esclavos negros y un caballo.

Pedro de Candía regresó a Panamá junto a Pizarro y tuvo una destacada participación en la conquista definitiva de los dominios incas. Estuvo presente en Cajamarca junto a unos 170 castellanos que realizaron la celada a las huestes de Atahualpa. Los cronistas de aquellos hechos coinciden en que el estruendo provocado por los disparos de dos falconetes y algunos arcabuces dispuestos por él en la techumbre de un templo de la plaza principal provocó el caos y el pánico entre los incas, factor clave para atrapar al aturdido mandatario.

De hecho, su importante papel entre la tropa y la confianza que en él tenía Pizarro hicieron que en el reparto del botín del célebre rescate de Atahualpa Pedro de Candía fuera uno de los que recibió un mayor lote de oro y plata, sólo por detrás de lo asignado a Francisco Pizarro, Hernando Pizarro, Hernando de Soto y Juan Pizarro. Consta en el reparto oficial consignado por Pedro Sancho de la Hoz en junio de 1533 que al artillero se le pagaron 407,2 marcos de plata y 9909 pesos de oro, una considerable suma.

Candía participó luego en la refundación de Cuzco y fue uno de sus dos primeros alcaldes ordinarios en 1534. En 1536 también combatió en la defensa de dicha ciudad ante al cerco y ataque de Manco Inca. Tras encabezar sin éxito una exploración de conquista de otros territorios del inmenso incario y gastar en ella buena parte de su fortuna, el artillero se vio envuelto como casi todos en las guerras intestinas que se desataron entre almagristas y pizarristas.

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Así representó el asesinato de Francisco Pizarro por parte de Diego de Almagro «el mozo» el cronista indígena Felipe Guamán Poma de Ayala a comienzos del siglo XVII.

Fiel a los hermanos Pizarro, estuvo en su bando frente al de Diego de Almagro pero todo cambió tras el posterior asesinato  de Francisco Pizarro por Diego de Almagro “el mozo” en junio de 1541. Candía, obligado en parte seguro por las circunstancias, se enroló en la tropa de éste quien, ya en abierta rebelión, se oponía a la autoridad de Vaca de Castro, enviado del emperador para poner orden en el Perú.

Al mando de la artillería de Diego de Almagro “el mozo”, dada su valía y experiencia acreditadas, fundió muchos cañones, falconetes y arcabuces para constituir una poderosa arma de artillería y vencer a las tropas de Vaca de Castro.

Así se llegó a la decisiva y sangrienta batalla de Chupas entre ambas fuerzas que tuvo lugar en septiembre de 1542. ¿Qué ocurrió? La poderosa artillería al mando de Pedro de Candía falló estrepitosamente, errando el tiro la mayoría de sus cañones. Todo apunta a que las dudas de última hora sobre su papel en la contienda hicieron que deliberadamente inutilizara un arma tan poderosa a su cargo capaz de desnivelar la contienda en un último intento por congraciarse con la autoridad del enviado del emperador. También puede que simplemente fuera una equivocación en la orientación o ángulo de disparo de los cañones, aunque dado su dominio sobre aquellas armas no parece muy verosímil que cometiera dichos fallos de una manera involuntaria.

El caso es que en plena batalla, al ver Almagro lo que acontecía y la nula efectividad de su poderosa artillería, arremetió al galope y hecho una furia contra su capitán Candía matándole de varias lanzadas al considerar que le estaba traicionando en aquellos momentos decisivos de la lucha.

En esto coinciden todas las crónicas de aquellos hechos y tal parece que fue el trágico fin de uno de los mayores protagonistas de los “trece de la Fama” en la conquista del Perú… Por supuesto, la batalla de Chupas la perdió el bando de Diego de Almagro “el mozo”, siendo ajusticiado con celeridad.

 

Antón de Carrión, uno de «los trece de la Fama»

Hoy me centraré en contarles lo que sé y he encontrado sobre Antón de Carrión, uno de “los trece de la Fama” que siguieron a Francisco Pizarro cuando peor pintaba su empeño en continuar hacia el Perú. Este hidalgo fue uno de los pocos que permanecieron fieles al extremeño, apostando por el sueño de alcanzar el mítico y rico dominio de los incas.

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Como muchos de ustedes, conocía grosso modo el episodio histórico en cuestión pues es uno de los más célebres de la Conquista del Perú. Un agradable paseo por la bella Carrión de los Condes, localidad palentina cargada de historia, me hizo reparar en la placa de cerámica con la que se recuerda a este hijo suyo que vivió una aventura sin igual y fue uno de “los trece de la fama”. Hoy, como sus otros doce compañeros, yace en el baúl del olvido…

En 1527, en la segunda expedición comandada por el extremeño hacia el Perú, las fuerzas flaqueaban, el hambre abundada, las flechas de los naturales habían hecho estragos diezmando la expedición y las riquezas prometidas brillaban por su ausencia. Tan sólo unas pocas decenas de hombres sobrevivían como podían junto a Pizarro en la isla del Gallo –entre ellos nuestro Antón de Carrión– muchos querían volverse a Panamá y el capitán, tenaz y orgulloso, se negaba a abandonar su empresa pese a las calamidades sufridas hasta la fecha.

Es entonces, en una situación límite ante las adversidades y el descontento de muchos de sus hombres, cuando Pizarro traza una raya en el suelo con su acero toledano y pronuncia aquella mítica frase:

“Por aquí se va a Panamá a ser pobres, por este otro al Perú a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más le estuviere”

Así al menos es la versión más extendida que ha llegado hasta nuestros días por mor de los cronistas e historiadores, apoyándose en múltiples documentos de la época que confirman los hechos. Ahora bien, entre los detalles que nos cuentan los investigadores hay ciertas variaciones, tanto en el número de los que pasaron la raya con Pizarro (doce, trece, catorce o dieciséis según la fuente que se consulte) como en la propia identidad de alguno de aquellos aventureros.

En cuanto a la escenografía concreta de aquél instante del verano de 1527 –la raya en el suelo trazada con la espada y las palabras de Pizarro– es imposible saber si fue exactamente así, aunque suena más bien a una recreación idealizada de aquél momento realizada por cronistas posteriores.

Si han pasado a la historia como “los trece de la Fama” ha sido sobre todo por la capitulación hecha por Francisco Pizarro con la reina Isabel en julio de 1529 y en la que se reconoce el esfuerzo y padecimientos de 13 de sus hombres, para los que Pizarro pide mercedes. A continuación, en el mismo documento, se citan sus nombres: Bartolomé Ruiz (piloto), Cristóbal de Peralta, Pedro de Candia, Domingo de Soraluce, Nicolás de Ribera, Francisco de Cuéllar, Alonso de Molina, Pedro Alcon, García de Jérez, Antón de Carrión, Alonso Briceño, Martín de Paz y Juan de la Torre.

La reina les concede la hidalguía a aquellos hombres o, en el caso de que la tengan, el título de caballero de espuelas doradas…

“… porque vos me lo suplicasteis e pedistes por merced, en nuestra voluntad de les hacer merced, como por la presente vos la hacemos a los que de ellos no son idalgos, que sean idalgos notorios de solar conocido en aquellas partes, e que en ellas y en todas las nuestras Indias, islas y tierra firme del mar Océano, gocen de las preeminencias e libertades, e otras cosas de que gozan, y deben ser guardadas a los hijosdalgo notorios de solar conocido dentro nuestros reinos, e a los que de susodicho son idalgos, que sean caballeros de espuelas doradas, dando primero la información que en tal caso se requiere”.

Antón de Carrión, hidalgo natural de Carrión de los Condes, era uno de aquellos que se enroló en las expediciones del extremeño que partieron de Panamá a partir de 1524. Poco se sabe de él pero algunos documentos del archivo de Indias nos dan algunas pistas…

Declaró como testigo en las probanzas de sus compañeros García Jarén, Cristóbal de Peralta y Pedro de Candía en 1528, declarando que era el alférez real de la expedición y resaltando los muchos padecimientos de los “trece de la fama”.

Por otros documentos que a continuación citaré, no parece que Antón de Carrión se enrolara de nuevo en la tercera y definitiva expedición de Francisco Pizarro a partir de 1531, la que concluyó con la conquista del Perú.

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En 1532 se le cita como “vecino de Panamá” al otorgarle el emperador escudo de armas: “un escudo colorado con vna torre blanca sobre vnas hondas de mar e quatro ruedas de carros de oro e vna orla verde con ocho g[r]anos de oro”. (Muy parecido al que se representa en la placa de cerámica de su pueblo y que aquí les muestro con mayor detalle).

También de ese año, 1532, la reina Juana de Castilla a Francisco Pizarro “le recomienda a Antón de Carrión y le manda que le favorezca y dé repartimiento de tierras y solares, como a los demás vecinos de la provincia del Perú”. Documento que viene a respaldar al anterior y la hipótesis de que no formó parte de la tercera expedición del extremeño.

Por último, una real cédula sobre su persona datada en septiembre de 1538 nos viene a dar la razón más poderosa para que Antón de Carrión no continuara enrolado en la conquista del Perú…

“Real Cédula de D. Carlos a Francisco Pizarro, gobernador del Perú, por la que le manda tenga por muy encomendado en los repartimientos a Antón de Carrión, descubridor de Tierra Firme y del Perú, donde fue uno de los 10 que desembarcaron con Pizarro en Túmbez, en cuyo descubrimiento quedó ciego.”

Así es amigos, resulta que Antón de Carrión quedó ciego cuando, tras el episodio de la isla del Gallo, Bartolomé Ruiz llegó con un barco, víveres y refuerzos para socorrer a aquellos “trece de la fama”. Continuaron hacia el sur y dieron con la ciudad de Tumbes, primer lugar donde tuvieron vestigios claros de la riqueza de los dominios incas. Él fue uno de los que desembarcaron a explorar y, en algún incidente o contienda, perdió la visión…

He querido rescatarlo del olvido y me alegro de que Carrión de los Condes por lo menos dedique y conserve esa placa en su recuerdo…