El oro de Atahualpa…

celadacajamarca

La celada de Cajamarca según Felipe Guamán Poma de Ayala retrató en su «Primer nueva crónica y buen gobierno» (1615).

Ríos de tinta se han escrito sobre lo que aconteció aquél mes de noviembre de 1532 en el corazón del incario y varias son las certezas al respecto que conocemos hoy en día. Sí que está claro que Atahualpa cayó en una celada tendida por lo españoles al mando de Francisco Pizarro –la única manera de que los 170 españoles a las órdenes del extremeño se impusieran a los miles de guerreros incas era empleando la argucia y el arrojo de aquellos aventureros con el claro objetivo de descabezar y atrapar a aquél dios intocable para los incas, un dios al que ni siquiera sus súbditos podían mirar a los ojos-.

Así se hizo, por sorpresa y con diligencia, estableciéndose un rescate por su vida que provocó que el oro y la plata llegaran a raudales a aquella habitación de Cajamarca para provecho de los españoles y ninguno del cautivo, pues el ínclito y desventurado Atahualpa fue ejecutado después en una decisión no exenta de polémica ni del todo explicable.

Quiero precisamente centrarme en aquél fabuloso tesoro y en las ingentes cantidades de metales preciosos que los españoles se repartieron como botín, al menos de lo que oficialmente se dio cuenta entonces…

Pedro Sancho de la Hoz, escribano de la expedición, dio rúbrica oficial a dicho reparto y se mandaron las cuentas a la Corte, como era menester, apartando el quinto real. El oro y la plata fundida y convertida en barras o lingotes ascendieron a 1,3 millones de pesos y 50.000 marcos de plata. Lógicamente, las sospechas y algunas denuncias de ocultación de importantes cantidades a los ojos de la Corona fueron abundantes y se sospecha con verosimilitud que hubo otras cuentas paralelas o sin anotar, beneficiando no sólo, pero sí sobre todo, a los hermanos Pizarro.

¿Cuánto le tocó de aquél reparto a Francisco Pizarro? El capitán de la expedición, una vez alcanzado al fin el triunfo que le haría dominar el Perú y pasar a la posteridad tras dos expediciones fallidas anteriores y mil penalidades, se quedó, lógicamente, con la mejor parte del pastel.

 

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Retrato de Francisco Pizarro.

Si hablamos sólo del reparto del tesoro de Atahualpa y de lo que se consignó en el documento público por Sancho de la Hoz, al capitán extremeño le correspondieron unos 300 kilos de oro y 600 kilos de plata. ¿Cómo se quedan? Eso sólo en el oro y plata fundidos en aquella primavera de 1533, sin contar algunas piezas impresionantes que se apropió como un trono de oro macizo valorado en 25.000 pesos y mucho más que no fue consignado…

Esteban Mira Ceballos, doctor en Historia de América por la Universidad de Sevilla, es quien nos da esa cifra impresionante de los 300 kilos de oro y 600 de plata que correspondieron al capitán extremeño en su reciente e interesante libro sobre Francisco Pizarro. Para los lectores que siempre ven referencias a pesos de oro, maravedíes, castellanos, escudos,… de compleja homologación o equivalencia en la actualidad, Mira Ceballos facilita la traslación del valor de lo que entonces se repartió en aquellas fechas y es de agradecer.

Los hermanos de Pizarro –Hernando, Juan y Gonzalo– además de Hernando de Soto, socio de la expedición, se quedaron por su parte con el doble de lo correspondiente a los caballeros, aproximadamente 80 kilos de oro y 160 kilos de plata. Los infantes por su parte, la mayoría del grupo, recibieron en torno a 20 kilos de oro y 40 de plata. Recordemos que la composición de las huestes de Pizarro que llegaron a Cajamarca la componían unos 110 hombres a pie y 60 a caballo.

Estas ingentes sumas hicieron inmensamente ricos a aquellos aventureros en lo más profundo del incario, aunque ello no supuso gozar de un futuro acomodado y garantizado para todos. La abundancia de oro y plata en manos de los españoles desató un alza en los precios realmente brutal, sobre todo en los productos que ellos más demandaban (caballos, herramientas, textiles,…), lo que dio pie a que esas fortunas se dilapidaran con bastante celeridad en muchos ocasiones. Además, influyó el negativo efecto del “nuevo rico”; en bastantes casos se trataba de analfabetos o semianalfabetos que se veían de la noche a la mañana con una fortuna y poco seso con el que administrarla.

Pero también es cierto que, tras la caída de Atahualpa y el reparto del botín, Francisco Pizarro dio permiso a sus hombres para regresar a Panamá o a Castilla, en especial a aquellos enfermos, heridos o veteranos que deseaban retirarse. Unos 60 aceptaron el ofrecimiento y tomaron el camino de retorno, llegando a Castilla varios de ellos donde llevaron una vida de lujo y ostentación merced a sus ganancias en el Perú. Otros no tuvieron tanta suerte y la Corona incautó o bloqueó los metales que algunos de ellos trataron de introducir en su tierra por supuestas o veraces irregularidades con el fisco.

Como le escuché al escritor colombiano William Ospina –autor de una muy recomendable trilogía sobre la expedición de Pedro de Ursúa en busca del Dorado- el concepto y uso del oro y la plata entre ambos mundos era muy diferente, algo que conviene tener en cuenta y a menudo se olvida.

Mientras los indios decoraban su cuerpo con brazaletes, anillos, colgantes y hacían objetos ricamente trabajados, los españoles se incautaban de ellos para fundirlos y realizar barras o lingotes. Los naturales no comprendían como objetos tan bellos por ellos elaborados fueran destruidos y convertidos en algo tan feo y tosco como un lingote. Los españoles, por su parte, inmersos en la economía mercantil, acaparaban el oro y plata que les haría ricos, mientras los indios utilizaban en sus transacciones comerciales la lana, el cacao y otros productos en una economía donde el trueque era la base.

Dos mundos muy diferentes amigos, juzgar es muy fácil y ciertamente imprudente desde nuestra visión del siglo XXI. Póngase en aquellos tiempos y circunstancias para comprender más y mejor…

1 comentario en “El oro de Atahualpa…

  1. Si bien es cierto, fueron realidades diferentes pero hasta el día de hoy existe vestigios de una cultura indigena pobre, sin privilegios… Que básicamente se encuentran en la otra cara de la moneda de sus saqueadores…hubo mucha sangre, e injusticia.

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