«Mira que sin vos no puedo yo vivir…»

Sigo cautivado con las 650 cartas que enviaron a España a finales del siglo XVI y principios del siglo XVII aquellos españoles instalados en distintas partes del Nuevo Mundo. Como ya comenté con anterioridad (Ver http://wp.me/p485gT-3T) la mayoría eran “cartas de llamada” para reclamar a sus esposas que emprendieran el viaje y se reunieran con ellos en aquellos territorios lejanos… Rescatadas del Archivo de Indias por el investigador Enrique Otte, fueron publicadas en la década de los 80 del pasado siglo XX y se las vuelvo a recomendar encarecidamente…

Muchas me han llamado la atención, pues cada una de ellas encierra pequeños y grandes relatos, vivencias personales y familiares de aquellos que nunca salen en los libros de Historia pero que son, en mi opinión, la verdadera Historia de aquellos tiempos no tan lejanos en los que Europa y América establecieron lazos por primera vez…

Me refiero aquí a una de esas 650 cartas que resume muy bien otras muchas, aporta numerosos detalles interesantes y además nos ofrece algo de peculiar que hace que aquí os la describa. La escribe Sebastián Pliego a su mujer Mari Díaz en Mecina de Buen Varón, en el reino de Granada, y lo hace desde Puebla de los Ángeles (México) en el mes de marzo de 1581…

Como tantos otros comienza su misiva comentando que está bien de salud y “…con mucho deseo de veros” para pasar a continuación a darla instrucciones para embarcarse. Comienza con lo obvio, ya que se trata de dejar una vida atrás en España para comenzar otra nueva en las Indias junto a él; “lo primero es que vendáis todo cuanto allá tenéis” y a continuación le dice que emplee el dinero que saque en comprar lino, romero y espliego, además de traer imágenes de la Verónica y de viajar “en compañía de mi hermano y con el vuestro”. (Normalmente las mujeres casadas no viajaban solas y se trataba de que fueran acompañadas por algún familiar o deudo, si eran varones mejor).

Luego avanza el relato en cuanto al cómo y dónde ir para conseguir licencia y recaudos para viajar. Así, primero deberá acudir a Madrid para presentasr papeles, probar que es su esposa y que acude a su llamada para reunirse con él en Puebla de los Ángeles. Le pide a sus hermanos que vendan también todo y que compren “bagajes para Sevilla y venid a posar a la casa de Juan Álvarez, en la puerta Larenas”, siguiente destino antes de embarcar.

museodeamerica

Vista de Sevilla, siglo XVI. Sánchez Coello (Museo de América)

Aquí en Sevilla encontramos multitud de detalles muy curiosos sobre el viaje que espera emprenda pronto su mujer; el acomodo en el barco, el agua, la comida, lo que debe llevar y cómo llevarlo, las precauciones que debe tomar… Mejor que nos lo cuente él:

Mira que no toméis cámara, ni camarote, sino un rancho, como los demás –aquí no se estira el tipo, ya que muchos otros preferían y pagaban para que su mujer tuviera su propia cámara o camarote, separada así un tanto del resto-. Mira que no ha de pagar flete la criatura que mama –algún hijo pequeño o quizás un sobrino-. A cada uno os darán por la mar media azumbre de agua –el azumbre era una medida que equivalía a unos dos litros-, dígole que metáis doce botijas de agua. De la del pan mete para cada uno un quintal de bizcocho, y para todos un quintal de pasas, tres jamones de tocino, almendras, azúcar, una arroba de pescado, otra de tollo –carne de ciervo según compruebo en el diccionario de la RAE-, especial un celemín de garbanzos –unos cuatro kilos y medio-, avellanas”.

No acaban aquí las múltiples instrucciones…“De casa trae una buena sartén y un asador, hataca –cucharón o cuchara grande de palo (RAE)- y una cuchara. En Sevilla compra una olla de alambre, y platos y escudillas, más un hervidor; de vino dos arrobas –unos 24 litros-, de vinagre otras dos, y una arroba de aceite, y más lo que vuestra voluntad fuere. Compra dos arcas para echar todo lo que habéis de comer, u os lo hurtarán todo, y para que os durmáis encima, y no durmáis sola, sino con mis hermanos, que para todos habrá”.

Tras esta retahíla de consejos para viajar, el esposo le dice que debe ir a la Casa de Contratacióna presentar vuestro recaudo y luego igualar el flete. Mira que por mi mano van contados los reales que os darán, que son cien pesos”, y le advierte que “Por eso por amor de Dios que vengáis luego, porque va buen recaudo. Y si no venís, os juro a Dios y esta cruz que no veréis más reales míos ni carta en mis días”. Aunque suenen duras y amenazantes estas palabras, se encuentran similares en otras cartas de hombres a sus esposas, tipos que añoran de veras a sus mujeres y quieren formar un hogar allá donde les ha ido bien. Muchos se quejan de no recibir cartas y, al haber mandado dinero a sus esposas y no encontrarse con ellas pasado el tiempo, arrecian las sospechas y la desesperación…

También incluye la carta alguna petición sobre la vestimenta… “que os compren una buena saya de palmilla de Baeza con sus guarniciones, y un subido, y chapines para estas niñas, lo cual compraréis para mí un jubón de Holanda, y unas medias de aguja…

Sebastián Pliego –y esto es lo peculiar- incluye además estos versos dedicados a su lejana mujer en la última parte de su carta…

En el nombre de Dios, mi vida,

Uno y Trino omnipotente, os

quiero trovar ahora, porque

os holguéis al presente

Vos os llamáis Mari Díaz.

Para mi no hay otra tal.

Daros tengo una sortija de

oro, que es buen metal.

 

Señora tan deseada,

mujer de mi corazón,

como uséis tal traición,

dejaros desamparada en

tierra sin promisión.

 

Noches y días me ocupo

sólo en pensamiento.

Bien entiendo que por

mí vendrás donde Dios

me trajo, porque yo lo ruego así.

 

En esta tierra do estoy, no falta

sustentamiento. En esto, mujer,

no miento, porque do quiera que

voy, luego allí a comer me asiento

Con algunas últimas indicaciones, pues nada quería dejar al azar con el objetivo de que su esposa al fin se embarcara, el marido se despide con nuevas lisonjas y palabras de afecto en ese castellano florido de 1581…

Mira que sin vos no puedo yo vivir. Por eso, por amor de Dios, que vengáis, pues que va buen recaudo. Envíame cartas en el navío de aviso… No digo más, sino que antes que yo me muera os vea con mis ojos. Que las lágrimas que yo he echado por vos todos los días principales no me pagaréis con cuanto hay. Mira que quería veros contar, para que sepáis que no digáis que son más treinta que cuarenta

A mi deseada y querida mujer Mari Díaz, en Mecina de Buen Varón, en el reino de Granada, mi señora”. (Puebla, marzo de 1581).

2 comentarios en “«Mira que sin vos no puedo yo vivir…»

  1. No tengo nada claro si la amaba y la quería a su lado o si necesitaba todo lo que le pedía que llevará. Sea como fuere las mujeres de aquella época, como casi siempre le echaban valor.

    • Ya, te entiendo… Quiero pensar que sí la amaba y respecto a las cosas que pedía, salvo algún detalle como el jubón de Holanda para él, son para la travesía de su esposa y para llevar a un México en el que dichos artículos no se encontraban con facilidad o eran muy caros… Es el único que he visto que incluye unos versos en su carta y, por supuesto, las mujeres de la época como las de todas las demás siempre le echaban valor. Gracias por tu comentario María Fernanda. Bs.

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