México 1572, la celebración de la batalla de Lepanto…

tiziano

«Felipe II ofreciendo al cielo al infante don Fernando». Tiziano (Museo del Prado)

El 7 de octubre de 2016 se cumplieron 445 años desde la célebre y decisiva batalla de Lepanto de 1571, “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros” como dejó escrito el gran Miguel de Cervantes Saavedra, rememorando su participación como joven soldado en aquellos hechos.

Enfrentadas dos potentes armadas en el mediterráneo, la del imperio otomano y la de la Santa Alianza, la victoria de la flota católica fue incontestable, frenando la expansión turca en una Europa amenazada por la expansión turca. Don Juan de Austria, aquél niño Jeromín hijo del emperador Carlos sobre el que escribí hace un tiempo (Ver http://wp.me/p485gT-3b) alcanzó fama inmortal al comandar tamaña victoria…

Lepanto supuso un antes y un después, un éxito formidable para la monarquía católica de Felipe II, y los ecos de dicho triunfo quedaron plasmados en cuadros, poemas, obras de teatro, medallas,… en todo un compendio de representaciones culturales, religiosas y políticas de la época, como muestra del poder y en un claro ejercicio de propaganda.

Los dos virreinatos hispanos en la América del siglo XVI, el de la Nueva España y el del Perú, no fueron ajenos a este gran acontecimiento y también lo celebraron cuando allá llegaron, meses después de aquel 7 de octubre de 1571, los ecos del triunfo en Lepanto. Los detalles y originalidad que conocemos de las representaciones y festejos populares que se hicieron en la ciudad de México harán que me centre en ellas…

El 9 de junio de 1572, ocho meses después de la batalla de Lepanto, el Cabildo de la ciudad de México recoge las buenas nuevas y detalles de la fiesta que se disponen a preparar para las próximas fechas…

 “… las fiestas que se an de hacer en esta ciudad por las felices nuevas que han tenido de España tiene tratado de que en esta ciudad, en la plaza mayor, se haga un castillo muy solemne conforme a la traza que de él tienen y además dos fuertes para plantar la artillería, todo muy suntuoso, y seis galeras con dos patafes…”

Lo que se nos describe es toda una representación alegórica de aquella batalla, de aquél gran triunfo de la monarquía católica de Felipe II contra los otomanos, contra el infiel… Así, se va a plasmar en la plaza mayor de México una batalla figurada, con su castillo, fuertes, artillería, galeras y otras embarcaciones de guerra… “todas ellas sobre sus ruedas de manera que puedan andar la plaza”. Toda un despliegue de medios para mostrar cómo fue dicha batalla, incluyendo el movimiento de las embarcaciones sobre una plaza inundada con una lámina de agua para hacerlo más realista…

No escatiman en detalles para representar la batalla de Lepanto, ni tampoco en gastos… Sabemos a quién se le encarga la construcción de estos artefactos de madera y tela, Miguel Martínez “alarife”, y la cuantía que se compromete el Cabildo a pagarle “mil e cincuenta pesos de oro común”. Y asimismo conocemos que sesenta caballeros con sus libreas y toldillos “pintados de morado y amarillo” serían los cristianos al mando de Hernán Gutiérrez de Altamirano y que cuarenta caballeros, con sus marmotas y toldillos “pintados de blanco y azul” representarían a los turcos al mando de Antonio de la Mota.

¿Imaginan semejante espectáculo en el México de 1572? Su plaza mayor configurada como el escenario de esta tremenda alegoría de la batalla de Lepanto, una demostración del poder de aquella España imperial en las Indias, una representación teatral con construcciones efímeras realizadas para la ocasión, fuertes, barcos con ruedas para representar los combates navales en movimiento, artillería, soldados a caballo, colores, música, … La sociedad novohispana, compuesta por una minoría de españoles y una mayoría de mestizos, indios y negros asistía con regocijo a este y otros festejos que se celebraban en aquellos lares… con regocijo y entiendo también que con curiosidad y perplejidad por parte de la mayoría no blanca…

Al fin y al cabo, en aquellos tiempos, el poder se reafirmaba mediante alegorías y representaciones de ese tipo en las que se mostraba la grandeza de España y sus gobernantes, además de la santa fe católica que todo lo iluminaba. Era una forma de “educar” a esa mayoría de indios y mestizos, a esa compleja sociedad novohispana, además de suponer espacios de integración de esa misma sociedad, una válvula de escape a la dura realidad cotidiana de muchos, ya que con ocasión de dichos eventos el pueblo llano se beneficiaba de distintas gracias como las colaciones que se repartían, vino, limosnas, juegos de cañas, toros, luminarias,… tal y como ocurría con las entradas de los virreyes, las celebraciones de buenas noticias llegadas desde España –como es el caso- o las innumerables festividades religiosas que se sucedían en la Nueva España.

Pero permítanme retomar el hilo de la celebración que nos ocupa, la de la batalla de Lepanto en la ciudad de México en aquél verano de 1572; quedan algunos detalles muy interesantes por relatarles…

Los preparativos continuaron a partir de aquél 9 de junio reseñado y en el que se concretaron muchos de los actos a celebrarse. El 30 de junio el Cabildo dio instrucciones al alarife para que se apuntalaran las casas del Cabildo y sus corredores o galerías desde donde iban a presenciar dicho espectáculo las máximas autoridades civiles y religiosas: “… han de venir a las casas del cabildo su excelencia –el virrey- y real audiencia e otros caballeros e porque las bigas están mal acondicionadas e conviene que todo se apuntale…”.

Este hecho no es puntual de este festejo, ya que en numerosas entradas de los sucesivos virreyes de la Nueva España en la ciudad de México y en otras festividades importantes encontramos instrucciones sobre reparaciones semejantes. La no muy sólida construcción de las casas del Cabildo además de los periódicos temblores de tierra que sufría ya entonces México hacía recomendable apuntalar y reforzar dicho inmueble que iba a recibir a mucha gente en ese día tan especial y, en especial, al virrey, arzobispo, oidores de la Audiencia, regidores, caballeros y damas principales, etc.

Lo mismo puede decirse de la limpieza de las calles principales de la ciudad, por donde iba a pasar la comitiva o se iban a celebrar los actos principales. Se reforzaba la limpieza y se decoraban las calles y viviendas con banderolas, toldillos, estandartes… reforzándose también las luminarias. En definitiva, el escenario de la celebración, la propia ciudad de México o por lo menos el corazón de la ciudad, trataba de lucir su máximo esplendor para la ocasión.

Todavía encontramos en el acta del Cabildo del 11 de julio de 1572 como tras instalarse el castillo encomendado en la plaza mayor, el virrey y los regidores de la ciudad indican que debe ser cambiado de lugar dentro de la misma plaza, para lo que se otorga un nuevo pago de “ciento diez pesos de oro” al citado alarife. Nuevamente, apreciamos como se cuidan todos los detalles de la celebración…

El acta del 18 de julio nos ofrece una novedad interesante, ya que por primera vez se menciona el nacimiento del príncipe Fernando, hijo de Felipe II y su cuarta esposa, Ana de Austria. Asimismo, encontramos por primera vez mencionado a Don Juan de Austria

Las dos buenas nuevas, ocurridas al otro lado del océano atlántico en el otoño de 1571 –octubre y diciembre- se van a fusionar para celebrarse de manera conjunta y por todo lo alto en el México del verano de 1572, como así ocurre en el célebre cuadro de Tiziano que encabeza este artículo y en el que Felipe II ofrece al cielo a su hijo Fernando, mientras al fondo de la escena se representa la batalla de Lepanto y a los pies del cuadro yace el turco cautivo:

… para las fiestas e regocijos questa ciudad haze por las felices nuebas que an venido de españa del nacimiento del príncipe nuestro señor e victoria del excelentísimo señor don Juan de Austria an convidado su excelencia a las damas principales que an de venir a ver los corredores del cabildo…”

Ese mismo día se especifican las cabalgadas que iban a realizar los jinetes de ambos bandos, la necesaria construcción de tablados para los espectadores, “setenta pesos por su trabajo” a los artilleros que iban a estar en el castillo y fuertes y que “…en el castillo fecho en la plaza se hagan ciertos bastiones para que con cierto efecto se quemen desde los corredores del cabildo…”

Aquí acaban las referencias, lo que hace pensar que los festejos tuvieron lugar pocos días después con su naumaquia, cabalgadas, fuegos y luminarias, clarines y trompetas, tambores, colación, quema final del castillo… todo ello ante la presidencia de las máximas autoridades de la Nueva España, el virrey, el arzobispo, los oidores de la Audiencia Real, regidores del Cabildo, damas y caballeros principales… y el conjunto atónito de la sociedad novohispana.

Aquí lo dejo, México vivió una jornada festiva que fue recordada por los artificios y jolgorios preparados para la ocasión… En cuanto al príncipe Fernando, nacido el 4 de diciembre de 1571, sepan ustedes que falleció siendo un niño con apenas seis años de edad –otra víctima de la endogamia de los Austrias- y, respecto a la batalla de Lepanto, qué quieren que les diga, no seré yo quien contradiga a Don Miguel de Cervantes Saavedra… ““la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”.

Pues eso…

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s