La conspiración del marqués del Valle, hijo de Hernán Cortés…

Sobre este misterioso suceso, acontecido entre los años 1564 y 1566, existe numerosa documentación en los archivos además del rastro dejado por cronistas de la época y la publicación de libros y trabajos más recientes. Sin embargo, sigue siendo un tema bastante desconocido a la par que interesante, ya que esta famosa “conspiración” como ha pasado a la historia, más parece que estuviera basada en rumores, delaciones, gestos y sospechas en el marco de las luchas de poder desatadas en la Nueva España de aquellos años.

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Martín Cortés, hijo de Hernán Cortés y II marqués del Valle de Oaxaca

Lo primero que debe apuntarse es que Martín Cortés (1533-1589) era hijo legítimo de Hernán Cortés y Juana de Zúñiga y no debemos confundirle con su homónimo y hermanastro -hijo anterior de Hernán Cortés y la Malinche– quien también sin embargo se vio implicado en estos acontecimientos.

Martín viajó junto a su padre a España en 1540 y sirvió en las armas al emperador y después a su hijo, el rey Felipe II. Se constata su presencia en la célebre batalla de San Quintín y en Flandes. A la muerte de Hernán Cortés (1547), Martín había heredado el marquesado del Valle de Oaxaca concedido por el emperador en 1529 al conquistador de México y en 1563 regresó a la tierra que le había visto nacer.

El II marqués del Valle de Oaxaca volvió a la Nueva España con gran boato y recibimiento por parte de muchos, sobre todo por los hijos de los conquistadores, encomenderos y primeros pobladores de aquellas tierras que veían en él a uno de los suyos, un líder que podía presionar y encauzar sus reclamaciones ante la Corte por la aplicación de las Leyes Nuevas que les restaban gran parte de su poder y forma de vida al suprimirse la perpetuidad de las encomiendas y frenarse los abusos en la tributación de los naturales, entre otras medidas.

En la segunda mitad del siglo XVI la América hispana vivía cambios profundos por la aplicación de dicha normativa que suponía un perjuicio para los conquistadores, primeros pobladores y descendientes de aquellos, que hasta entonces disfrutaban de una vida garantizada para ellos y sus descendientes gracias a los méritos obtenidos en tiempos de la Conquista. La rebelión de Gonzalo Pizarro en el Perú, la abortada por el virrey Mendoza en la Nueva España y la conocida como “conspiración del marqués del Valle” también en México, fueron algunos de sus intentos más destacados para conservar su modo de vida y sus privilegios.

Detrás de las Leyes Nuevas, además de tratar de mejorar las condiciones de vida de los naturales al imponerse las tesis de Bartolomé de las Casas sobre las de Sepúlveda tras amplio debate, estaba la clara intención del emperador por hacerse con un control político y económico más efectivo de aquellos territorios, frenando así la posible consolidación de una poderosa aristocracia o nobleza paralela en aquellas tierras tan lejanas y formada por parte de quienes, precisamente, la habían conquistado y poblado en su nombre.

Así, los encomenderos y pobladores más veteranos no dejaron de ver como una amenaza a los servidores y oficiales reales llegados desde España en una segunda oleada -sobre todo a partir de la década de 1540- con ideas y legislación renovadoras para administrar tan vasto territorio. Trataron de entorpecer la puesta en práctica de dichas medidas y se rebelaron abiertamente contra ellas en varias ocasiones, como se ha reflejado con anterioridad. En este contexto cabe situar  los sucesos que se desencadenarían en los siguientes meses en México tras la llegada del hijo de Hernán Cortés en 1563.

El virrey Antonio de Mendoza ya había tenido que lidiar con un conato de rebelión por parte de algunos descontentos con las Leyes Nuevas a finales de la década de 1540. Animados por la gravísima rebelión de Gonzalo Pizarro en el Perú -que acabó incluso con la decapitación del virrey Blasco Núñez de Vela en 1546-, algunos de ellos se reunían y conspiraban contra el virrey Mendoza, quien informado de ello y temiendo que la llama de la rebelión prendiese del Perú a la Nueva España, abortó la posible conjura con contundencia antes de que se pudiera llevar a cabo, ejecutando a tres de sus principales supuestos cabecillas.

Sin embargo, los detractores continuaron en la sombra, esperando una nueva oportunidad y acrecentándose su descontento por la aplicación de dicha normativa por parte del siguiente virrey, Luis de Velasco “el viejo”. No es de extrañar, por tanto, que a la llegada del II marqués del Valle a la Nueva España muchos de ellos vieran en él a un líder, caudillo o dirigente que les guiara en sus demandas, dado su poder, ascendencia y riqueza.

El virrey Velasco, ya debilitado en su salud, le recibió con cordialidad aunque muy pronto las diferencias comenzaron entre ambos personajes, pues se encontraban en dos bandos enfrentados: la máxima autoridad real que aplicaba las nuevas disposiciones en la Nueva España y el más poderoso de los encomenderos y, por tanto máximo, perjudicado por la aplicación de dichas Leyes Nuevas. Además, su pompa y aires de grandeza en el México de aquellos tiempos entraban en conflicto con la propia autoridad del virrey, al que hizo ciertos desaires. Quien así lo narra con más detalle es Fray Juan de Torquemada, cronista de aquellos años, señalando las varias ocasiones en las que el marqués y sus partidarios hicieron ostentación de su imagen y poder en fiestas y celebraciones, poniendo de relieve la preeminencia de este personaje en aquellas tierras.

La muerte de Velasco en julio de 1564 no hizo sino acrecentar el importante papel de Martin Cortés en una Nueva España sin virrey y al mando interino de los oidores de la Audiencia. Fueron muchos los que vieron al marqués como futuro virrey y otros tantos los que temían que se convirtiera incluso en un posible “rey de la Nueva España”, separándose de la autoridad de Felipe II.

El propio Cabildo de México, en el que figuraban como regidores importantes partidarios de Cortés, llegó a escribir al rey el 31 de agosto de 1564 sugiriéndole lo siguiente:

Que no se mande virrey a la Nueva España; que el Presidente de la Real Audiencia sea el gobernador, el licenciado Valderrama; que por capitán general se nombre al marqués del Valle”.

Finalmente, tras dos años de tensiones, rumores, conspiraciones reales y también ficticias en un México a la espera de un nuevo virrey que llegara desde España, la Audiencia prendió en julio de 1566 al marqués y a sus principales partidarios para evitar que se hicieran con el poder en el marco de la tradicional fiesta de San Hipólito, como así parecía que era su intención.

Como en otras muchas ocasiones, delatores y grupos rivales jugaron un importante papel para desbaratar la conspiración que parecía cernirse contra la autoridad real aquellos territorios. Uno de ellos fue el hijo del fallecido virrey, Don Luis de Velasco “el joven”, quien logró ganarse la confianza de Cortés y los suyos, conocer sus planes y comunicarlos a la Audiencia para que ésta finalmente actuara contra ellos.

Así, en julio de 1566 fueron detenidos los principales conspiradores, entre ellos el propio Martín Cortés, marqués del Valle, y sus hermanos Luis y Martín “el mestizo”. Condenados todos a muerte en un primer momento, los hermanos Cortés contaron a su favor con la simpatía del nuevo virrey Gastón de Peralta, quien decidió finalmente llevarlos a España para ser juzgados, mientras que los hermanos Gil de Ávila no corrieron tanta suerte y habían sido ya decapitados con celeridad en la ciudad de México tal y como narra el cronista Torquemada:

“… Fueron llevados sus cuerpos truncos, y sin cabezas, a la Iglesia de San Agustín, y con ellos el Capitán General Don Francisco Velasco, Hermano del Virrei Don Luis de Velasco, y su sobrino Don Luis (que ahora es Virrei de esta Nueva España), que fue uno de los Descubridores de esta Liga; porque alcanço a saberlo de algunos, que eran comprehendidos en ella…”.

A Martín Cortés, quien siempre negó su participación en conspiración alguna poniendo como ejemplo los numerosos servicios prestados al emperador por su padre Hernán Cortés y por él mismo al servicio del rey Felipe II, se le desterró a Orán unos años y se le incautaron todos sus bienes. Años más tarde se le levantó el destierro y regresó a España, aunque por si las moscas, se le negó la posibilidad de regresar a su tierra natal, a la Nueva España. Murió finalmente en Madrid en 1589.

Conspiración real, simples rumores malintencionados entre grupos diferentes de poder en el México virreinal de la segunda mitad del siglo XVI, hay quien ve en estos hechos incluso la lucha o el intento de un criollo como Martín por regir los destinos de su tierra frente a la autoridad real de España…

Lo cierto es que no está escrita la última palabra, sólo he pretendido presentarles este tema de una manera muy resumida…

 

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