Los siete crímenes de Santiago de la Nueva Extremadura

Este trágico suceso que conmocionó largos años aquél rincón lejano de América fue uno de los muchos relatos que recabó el soldado y cronista español Mariño de Lobera durante sus largos años en Chile como soldado, capitán, encomendero y corregidor de la ciudad de Valdivia y que constituyeron su “Crónica del Reino de Chile”, editada por el jesuita Bartolomé de Escobar y no publicada hasta el siglo XIX.

Santiago de la Nueva Extremadura, capital del reino de Chile, era una simbiosis entre campamento militar y embrión de ciudad en un territorio duro y lejano del mucho más próspero El Perú, capital del virreinato. En ella, en torno a 1.570 vivirían unos centenares de españoles y varios miles de indios a su servicio.

Pedro de Miranda, soldado veterano de los primeros tiempos de Pedro de Valdivia treinta años atrás, gozaba de una buena posición ganada por sus servicios y valentía demostrada en todos aquellos años. Él fue quien, con Alonso de Monrroy, partió hacia El Perú para pedir socorro tras quedar Santiago incendiada y arrasada a los pocos meses de su fundación, sobreviviendo a una penosa expedición, al cautiverio por los indios del valle de Copiapó y mil desventuras más.

Miranda fue obteniendo mercedes y reconocimientos, siendo alférez real, regidor y alcalde de Santiago de la Nueva Extremadura en varias ocasiones. Casado con Esperanza de Rueda (sobrina o viuda del adelantado Jerónimo de Alderete), tenía una bella hija mestiza, Catalina de Miranda, de esas pocas mujeres que ponen de acuerdo a hombres y mujeres y a la que todos miran al pasar con ojos muy distintos pero llenos de admiración por su regia figura.

Bernabé Mejía era su yerno, casado con la bella india, un soldado más de aquellos tiempos que partía hacia el sur periódicamente cuando se reanudaban las campañas militares y cabalgadas en primavera contra los siempre aguerridos araucanos. Mejía, tosco y valiente, era también un celoso enfermizo y mantenía casi encerrada a su esposa en casa de sus suegros para que ningún hombre pudiera desearla…

Cuando él estaba en casa, reposando de sus heridas o batallas, las discusiones eran frecuentes entre ellos y, sobre todo, con su suegra Doña Esperanza de Rueda, quien tenía que suplicarle y enfrentarse a él para que las dejara salir a ambas a cuestiones tan inocentes como ir a la iglesia o al mercado…

Bernabé Mejía yacía con la mujer más regia de todo Chile pero su mente enferma, sus locos celos le hicieron cometer el más atroz crimen de aquellos primeros tiempos de Santiago de la Nueva Extremadura…

Una mañana en la que ni estaba ni se le esperaba, Esperanza de Rueda y Catalina de Miranda habían ido a la iglesia cuando al regresar a la casa se encontraron con el soldado fuera de sí y aguardando con ira. Todo fue muy rápido y los gritos y reproches hacia su inocente esposa hicieron saltar a su suegra, quien le afeó su conducta, defendió a la india, pues ningún mal había hecho, y se intercambiaron insultos y afrentas en alta voz…

Mejía no aguantó más, desenvainó su espada y se abalanzó sobre aquella suegra gritona y odiosa que le sacaba de quicio. Al verlo su mujer, ésta se interpuso entre ellos y fue la que recibió la fatal estocada, enloqueciéndolo aún más y atacando a continuación con más saña y furia aún a Esperanza. Sangre, celos, odio y locura hicieron que dos mujeres yacieran muertas en aquella casa de Santiago de la Nueva Extremadura… Pero no quedó ahí el trágico suceso…

Pedro de Miranda y Francisco de Soto, comerciante de caballos con el que estaba cerrando un trato, entraron al poco en la casa y se encontraron con las dos mujeres muertas, sangre en una estancia revuelta y un Bernabé Mejía sentado, con la espada ensangrentada sobre la mesa, la mirada perdida y una jarra de vino en su mano izquierda. Ambos reaccionaron de inmediato y se pusieron en guardia pero la mayor destreza, juventud y agilidad del asesino logró desbaratar a ambos ancianos y dar con ellos, consumándose así pues dos crímenes más.

La refriega, los gritos y el choque de espadas alertaron a todo el vecindario, llegando justo cuando Mejía daba la final estocada a Soto. Aterrorizados ante el cuadro que se encontraron, sacaron al loco Bernabé de la casa y le molieron a palos y cuchilladas. El quinto crimen, aunque fuera más que justificado en aquellos tiempos, se había consumado.

El sagaz lector se habrá dado cuenta que faltan dos más para hacer justificar el título que encabeza estas líneas… En efecto, resulta que no era suficiente el horror y la tragedia acaecida, así que ambas mujeres llevaban en sus vientres a sus futuros hijos, criaturas que no llegaron a ver este mundo por los celos, locura e ira de un soldado más de aquellos tiempos duros, inundados de sangre, en aquél remoto rincón de América…

Así concluye Mariño de Lobera… “Apenas acabó la matanza, cuando murió él, siendo arrastrado por la ciudad, y después hecho cuartos a la puerta de la mesma casa cumpliéndose siete muertes con la suya.”

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