Gonzalo Pizarro y el país de la Canela…

Hablar de los Pizarro es hacerlo de la conquista del Perú, de sangre, oro, traiciones y muerte… De hecho, de los cuatro hermanos o medio hermanos, Francisco, Hernando, Gonzalo y Juan, tres de ellos murieron de manera trágica en aquellas tierras (Francisco asesinado en venganza por la previa ejecución de Diego de Almagro; Gonzalo ajusticiado por su rebelión contra el virrey del Perú; y Juan muerto en una de las cruentas batallas contra los incas). Sólo Hernando, quien trajo el oro del Perú, falleció de causas naturales en España tras haber estado preso varios años. A él se debe el célebre Palacio de la Conquista que hoy podemos admirar en Trujillo. Pero centrémonos en Gonzalo y en su expedición en busca de la Canela

Conviene recordar que cuando Colón parte hacia las Indias lo hace buscando una nueva ruta hacia el Oriente para acceder de una manera más sencilla a aquellos territorios donde abundaban las especias, tan codiciadas e importantes en aquellos tiempos. Él y todos los que le siguieron encontraron un nuevo continente y muchas otras cosas, pero la inicial búsqueda de las ricas especias permaneció en el imaginario de muchos conquistadores, entre ellos nuestro protagonista de hoy…

Conquistado el Perú a golpe de sangre y fuego por los célebres hermanos extremeños, Francisco nombró a Gonzalo gobernador de Quito y pronto emprendería la búsqueda de su particular El Dorado, el país de la Canela. Estamos en 1.540 y cómo describe maravillosamente William Ospina…

“Fue en las terrazas del Quzco donde Gonzalo Pizarro oyó por primer vez hablar del País de la Canela. Él tenía como todos la esperanza de que hubiera canela en el Nuevo Mundo, y cuando pudo dio a probar a los indios bebidas con canela, para ver si la reconocían… Sé que los indios no pudieron haberle descrito todo con exactitud, porque las dificultades de comunicación eran muchas, pero Pizarro adivinó las arboledas rojas de árboles leñosos y perfumados, un país entero con toda la canela del mundo, la comarca más rica que alguien pudiera imaginar”.

La expedición fue grandiosa, con doscientos cincuenta españoles a caballo y a pie, cuatro mil indios, dos mil perros de presa –el arma más feroz que portaban-, dos mil llamas y dos mil cerdos para sustentarse en la larga travesía que transcurrió por la cordillera andina, páramos helados, bosques y selvas impenetrables y ríos caudalosos como nunca habían visto. Al poco de partir se les unió su pariente Francisco de Orellana con unas decenas de hombres más, personaje importante en el devenir de esta loca aventura.

Tras penurias y fatigas intensas, alcanzaron la región donde los indios le habían dicho que se hallaba la canela pero sólo dieron con algunos árboles que daban una canela nativa, pero eran pocos, no podía sacarse provecho alguno de ellos y para nada justificaba semejante búsqueda y esfuerzos. Pizarro montó en cólera y se sintió engañado por los indios pese a que estos le habían llevado al lugar que ellos conocían y no eran responsables de sus sueños y delirios que le habían hecho creer en un país entero de Canela, una región de la que sería el amo y señor y que le haría rico y célebre como a sus hermanos Francisco y Hernando.

La locura y el desengaño crecieron en Gonzalo y comenzó a torturar y masacrar a los indios con los perros de presa para sonsacarles el verdadero lugar inundado de canela en aquellas lejanas tierras… Los indios, por decenas y centenares fueron cayendo víctimas de la enajenación del extremeño e incluso algún español también murió por oponerse a tan bárbara masacre. Ospina vuelve a retratar esa barbarie sin igual…

“… Pizarro no comenzó a matar a los perros para alimentar a los indios sino que empezó a matar a los indios para alimentar a los perros. La confusa crueldad de tomar diez hombres y destrozarlos con hacha y machetes para entregarlos a la voracidad de los mastines causó terror entre la multitud indígena, pero no produjo cambio alguno en sus respuestas. Todos siguieron jurando que habían actuado bien, que habían cumplido sus promesas”.

Agotados casi todos los víveres y con la desilusión entre la tropa, dieron con el río Coca y construyeron un bergantín para que Orellana con sus hombres siguiera su curso en busca de comida y regresara en socorro del grueso de la partida. Sin embargo, Orellana no regresó jamás, descendió el río Coca y después el río Napo hasta llagar al Río Grande, después llamado Amazonas por los ataques con flechas con ponzoña que sufrían desde sus orillas e islotes por parte de mujeres guerreras, aunque fueran en realidad indios con cabello largo de aquella zona.

Mientras, Gonzalo Pizarro, harto y desesperado al no tener noticias de Orellana en largas semanas decidió regresar a Quito sin canela, sin apenas hombres ni caballos y sin gloria, adonde llegó harapiento y agotado dos años de comenzar su loco sueño.

La historia de Gonzalo Pizarro no acabó ni mucho menos aquí ya que al entrar en vigor las Leyes Nuevas en 1.544 inspiradas por Fray Bartolomé de las Casas para acabar con las encomiendas y abusos de los indios entre los conquistadores, encabezó la “Gran rebelión” contra el poder real, derrotando y ajusticiando al virrey Nuñez de Vela, gobernando el Perú con mano firme y cayendo finalmente ante el enviado del emperador, Pedro de la Gasca unos años después.

El que estuvo a punto de coronarse Rey del Perú en abierta desobediencia a la autoridad real acabó sus días como no podía ser de otra manera, decapitado… Quien a hierro mata, a hierro muere, refrán que en aquellos tiempos se cumplía con harta frecuencia…

2 comentarios en “Gonzalo Pizarro y el país de la Canela…

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s