Gonzalo Guerrero: la pasión maya de un castellano…

Era un tipo normal, de lo más común en la Castilla convulsa de finales del siglo XV y principios del siglo XVI, un territorio duro pero pujante que completaba la Reconquista y que ampliaba sus miras hacia el mediterráneo y, sobre todo, hacia el atlántico. Soldado curtido y bravo, participó en la conquista de Nápoles bajo el mando del Gran Capitán y sólo era cuestión de tiempo que se aventurara, como tantos otros, a cruzar el ancho océano y recalar en las nuevas tierras descubiertas por Colón para buscar fama, riqueza y posición.

Tras los viajes del genovés, el rey Fernando abrió la mano a otros muchos que querían participar en tamaña empresa y continuar así descubriendo nuevos territorios y quizás encontrar el tan anhelado paso hacia las Indias. Llega el turno de los Nicuesa, Ojeda, Balboa, Ovando… y Guerrero se unió a una de aquellas expediciones.

Ya en las Indias, fue uno de los hombres que sobrevivieron a un terrible naufragio en 1511, dando son sus maltrechos huesos en las bellas playas del Yucatán. Tras un primer encuentro hostil con los indios de la zona, sólo ocho de ellos sobrevivieron y fueron apresados, comenzando una etapa dura de cautiverio, torturas y trabajos de sol a sol bajo el dominio maya.

Mal alimentados y sometidos a arduos trabajos (caza, pesca, plantación, limpieza y recolección de los maizales,…), los españoles fueron cayendo uno a uno, quedando sólo con vida nuestro protagonista y el clérigo Aguilar. También, eran obligados a participar en las continuas batallas y escaramuzas contra tribus rivales, en especial contra los Comores, y ahí el soldado Guerrero se destacó por su valía, su arrojo y por incorporar tácticas castellanas de combate, mucho más avanzadas que el ataque alocado que los indios practicaban.

Así fue como, poco a poco, se fue haciendo un hueco en aquella sociedad maya, tan extraña, tan mágica, tan pasional, tan diferente… Llegó a salvar en una refriega al jefe de la tribu de los Cheles y eso le permitió abandonar su vida de esclavo e integrarse de lleno entre los indios. Se dejó oradar las orejas como ellos, comenzó a adorar a sus dioses renunciando al suyo, tomó a la bella hija del jefe como esposa, tuvo varios hijos con ella e incluso llegó a consentir el sacrificio de su primogénita en la pirámide de Chichen Itzá.

Guerrero había encontrado una nueva vida entre los mayas, muy diferente a la que él había imaginado cuando partió de España años atrás pero, al fin, tenía un lugar en el mundo, una esposa, una familia y unas tierras fértiles al borde de playas paradisiacas donde moría el océano… Era extrañamente feliz.

Playa

Playa de Akumán, en la Riviera Maya

Mientras, en 1519 Cortés desembarcaba en Cozumel y tenía noticia de que en el Yucatán se encontraban dos castellanos presos desde hacía años por los indios. Mandó rescate por ser cristianos y también porque le podían venir muy bien como intérpretes en sus futuras expediciones a la tierra firme de México. Aguilar no lo dudó y regresó con los españoles, Guerrero se negó en redondo, su alma era ya maya y su familia y hogar estaban allí, entre los indios…

Los españoles jamás comprendieron que un castellano prefiriera continuar su vida entre unos salvajes que sacrificaban a sus propios hijos y que deformaban el cráneo de los bebés al nacer en lugar de regresar con los suyos, con los de su raza y religión.

Gonzalo pasó sus últimos años guerreando al invasor español cuando éste amenazó los dominios de su tribu, encontrando la muerte bajo el fuego de un arcabuz en una de aquellas refriegas, liderando y defendiendo a los que desde hacía más de 20 años eran los suyos…

Corría el año 1536 y, como afirma acertadamente Mateo-Sagasta en su recomendable obra Caminarás con el sol, “…desde entonces, a uno y otro lado del mar se repite la pregunta de si Gonzalo Guerrero fue un héroe o un traidor. Tal vez fuera ambas cosas, o quizá sólo un hombre capaz de mirar con otros ojos el convulso mundo que lo rodeaba”.

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Un servidor junto a Gonzalo Guerrero

En el acceso a la bellísima playa de Akumán, a la que acuden numerosos turistas a bañarse con las tortugas, se alza la estatua de un extraño e imponente barbudo con su prole para recordarnos a este tipo olvidado por los españoles y que para Méjico es el “padre del mestizaje” en aquellas tierras…

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